Tocar fondo

A la mañana siguiente te preguntas cómo llegaste a ese punto. Qué te hizo soltar ese grito desgarrador en plena madrugada tras deambular durante horas entre sollozos por calles desconocidas de Madrid.

Ha estallado el vacío opresor que se ha formado dentro de ti durante semanas, meses, quizá años. Esa soledad acompañada. Ese querer ser invitado para no querer ir cuando te invitan. Esa falta de razones para levantarse cada día. Y para acostarse. ¿Por qué? ¿para qué?

Un día te ves caminando sobre una cuerda floja sin atinar a divisar dónde acaba. Ni dónde empieza. ¿Cómo has llegado hasta allí? ni idea. Miras hacia atrás. Tropiezas. Consigues agarrarte con las manos. Vuelves a subir. Vuelves a tropezar. Y se te ocurre que quizá soltarte no es tan mala idea.

Todos hemos tenido malos momentos. Y hemos salido adelante”. Pero tú ya has cruzado ese umbral donde la felicidad ajena sólo es sal en la herida de tu propio fracaso. Donde los abrazos se sienten fríos. Donde todos los consejos suenan a manual de instrucciones del mando a distancia.

¡Pero cómo te vas a soltar? Eres inteligente. Tienes un buen trabajo. Tienes amigos. Tienes gente que te quiere. ¡Tienes gente que te envidia!” Y todo eso da igual. Te empiezan a sudar las manos. Te empiezan a flaquear los brazos. Y el abismo que tienes debajo empieza a ejercer una fuerza magnética sobre ti.

Y cuando estás a punto de caer miras hacia atrás y te ves a ti mismo en ese balcón de la ciudad vieja de tu amada Tesalónica. El sol en tu cara. El puerto. El monte Olimpo al fondo. Y las palabras de Zorba viajan de las páginas de Kazantzakis a tus oídos. “La vida es un problema. Sólo la muerte no lo es. Estar vivo es desabrocharse el cinto y buscar problemas”.

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