Un latido en el camino.
Somos todos y nadie al mismo tiempo, habitamos en cuerpos que algún día dejarán de latir, y a veces hasta contamos los pasos que nos quedan para llegar al final de un camino.
Pero si nunca nadie te ha dicho que los árboles tienen ramas, que las ramas tienen brotes, que dan lugar a hojas, las que a veces dan flor, que entre flores hay semillas, y que estas pueden viajar miles de kilómetros…, si nunca nadie te lo ha dicho entonces para un segundo de andar.
Coge una piedra, la primera que veas o la última, la que esté cerca de la orilla o justo la del centro. Ahora lánzala, sin miedo, no vas a dar a nadie en ese camino, no ahora, ¡vamos, lanza! ¿Ves dónde ha caído? ¿Podrías describir exactamente el lugar en el que está ahora la piedra? No, no puedes. Porque ves un camino de polvo que no se levanta, no sabrías diferenciar los tramos porque los ves todos iguales, no distingues algo, nada te llama la atención. Por eso puedes contar los pasos que te quedan hasta alcanzar el pomo de esa puerta, donde en un letrero pone escrito ‘tu final’. Pero eso es imposible, porque una vida acaba sin avisar, no te llama ni te da cita previa, no te dice los días exactos, por muy precisos que se quieran poner los médicos.
Sin embargo, el mensaje de la puerta es real, no miente cuando dice que no pasarás más de ahí, no juega contigo; es tan solo un reflejo de tu propio camino, de tus pasos que cuentas con cronómetro, de tus botas limpias, pero sucias al mismo tiempo al andar por la mierda del mundo. No necesitas una goma de borrar, ni típex, ni aguarrás para cambiar el mensaje. Empieza por ramificar tu mente, deja que las ideas broten y saca nuevas hojas de vez en cuando, no escribas siempre en la misma, riega tu árbol y cuida de él cuando esté en flor (y cuando no, también). Procura que las semillas crezcan con ganas, esperanza y una pizca de locura y deja que contagien otras ideas en otras cabezas distintas. Hazlas volar.
Y solo en ese momento te olvidarás del reloj, de la precisión, distinguirás etapas incluso cuando llueva, te gustará el barro porque con él podrás construirte memorias que se convertirán poco a poco en piedras. Esas piedras distintas formarán tu camino, y nunca sabrás cuando llegará el final que tanto temes porque no tendrás tiempo de mirar la puerta. Ni siquiera el día en que tu cuerpo deje de latir te darás cuenta de que has llegado a ella, ni podrás alzar la vista al letrero.
Somos todos y nadie al mismo tiempo, pero podemos habitar cuerpos que tengan el alma latiendo eternamente.