Una galleta y un hospital.

La única vez que me he sentido bien en un hospital era quizás demasiado pequeña para saber que después lo recordaría tanto.

Nunca me han gustado los hospitales. Por supuesto, no tiene nada que ver con el trabajo que allí hacen, que más que trabajo es humanidad. Simplemente son los recuerdos que yo he tenido estando en algunos de ellos. Enfermedades, curas imposibles, ver a los que más quieres pasar por malos momentos, sabiendo que verles así les producía una peor sensación a ellos que a mí…me aterroriza ver la cara de miedo del ‘no sé qué pasará, ni siquiera sé que hago aquí’ o del ‘¿cuándo podré moverme?’.

Sin embargo, por encima de todo eso se impone el recuerdo más bonito que tengo de un hospital. Era de noche y yo iba sentada atrás, en el coche. Mi padre conducía y yo cantaba. Me gustaba cantar las canciones de los cassettes. Algunas me las sabía de memoria. En una mochila pequeña llevaba unas galletas envueltas. Y de vez en cuando me comía alguna, pero intentaba que no se me acabasen. Una curva, luego otra, desvíos, carreteras distintas. Y de repente más luces, empezaban a verse las calles más nítidas, incluso recuerdo ver andando personas. Claro que, subida en la silla, veía todo lo que pasaba fuera, aunque no me enterase de muchas cosas.

No es un recuerdo detallado, hay pequeños saltos en el tiempo, pero después de tantos años sigue estando en mi cabeza, y de vez en cuando le doy al play, rebobino y vuelvo a empezar. Porque quiero verlo otra vez. Quiero ver otra vez cómo algo tan pequeño puede llenar tanto.

Bajamos del coche rápido, subimos unas escaleras y entramos en el edificio. Yo intentaba acompasar mis pasos diminutos a las zancadas de mi padre, que me cogía de la mano mientras avanzábamos hacia una señora con un gorro blanco. Nos señaló en una dirección, ya no sé si izquierda o derecha (os aseguro que sabría llegar otra vez sin importar la dirección que tomamos). Llegamos a una habitación y mi padre abrió la puerta, en la cama estaba mi madre y a un metro escaso descansaba aquel dormilón que me llamó la atención en cuanto entré. Mi padre me había dicho que había nacido mi hermano y que aquel día por fin podría verle, pero nadie estaba preparado para mi reacción. Ni siquiera yo. Corrí hacia él y me quedé observándole mucho tiempo, no sabía si podía llamarle o se despertaría. Me quedé callada, contemplando cómo respiraba tranquilo, como si el mundo y sus prisas no fuesen con él, como si hubiese llegado de un largo viaje para dormir al fin.

La siguiente imagen que se me pasa por la cabeza es la de una niña de tres años intentando darle una galleta a su hermano recién nacido. Una galleta, sí. ¿Por qué? Bueno, esa es la parte que más me encanta: no lo sé. Quizás porque tenía la necesidad de ver cómo se despertaba y cómo me miraría entonces. Quizás porque creía que tenía hambre y no podía dejarle sin comer. Quizás porque la inocencia infantil despierta ternuras tan bonitas que hacen pensar cosas que para un adulto no tienen sentido y que, en cambio, son esas cosas las que le dan sentido a la vida, las que mueven el mundo. Si nos rigiésemos por la lógica de los mayores, estaríamos perdidos. Menos mal que yo y esa niña seguimos teniendo tanto en común que ninguna de las dos quiere bajarse del columpio aún. Que siempre hay un ‘una vez más por favor’. Y que siempre la vida lo permite cuando la que lo pide es la ternura.

Aún hoy, a veces, le hablo de aquello. Se ríe de mí y me quita las galletas y yo a él las suyas. Pero cuando me da un abrazo después de tiempo sin vernos sé todo lo que me echa de menos. Pero cuando no para de contarme cosas con ímpetu, con emoción, sé todo lo que necesito saber sobre mi hermano. Que le voy a seguir llevando galletas aunque no tenga hambre, que le seguiré despertando por si necesita cumplir sus sueños y que es lo mejor que he visto en un hospital. Ah, y que le quiero.

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