Un estudio revela que el uso de la flamenca del whatsapp aumenta la felicidad

El dinero no da la felicidad, pero la curiosa flamenca de vestido rojo sí.

Un día Torcuato se levantó con el pie izquierdo y desde entonces su día fue de mal en peor. No quería saber nada de nadie, ni entrar a las redes sociales que tanto le gustaba utilizar. Apagó el móvil y se desentendió de todo el mundo. En primer lugar, Torcuato se hizo un café, que desgraciadamente se le cayó en la única ropa limpia y decente que tenía, la que llevaba puesta. Era su primer día de trabajo y esta vez quería ir arreglado como un buen señor, pero no, no tenía ropa limpia.

Lo poco que quedó de café lo bebió con prisa, sin acordarse o percatarse de que quemaba, por lo que se quemó la lengua. “Empezamos mal”, se dijo. Y con razón. Se puso su peor camisa, su peor pantalón y cuando se fue a poner los zapatos, se fue la luz. Aún era de madrugada por lo que el sol ni tan siquiera hacía el intento de iluminar aquel cuarto tan oscuro. “Vaya por Dios”, masculló el pobre hombre.

Total, que cuando salió a la calle con el tiempo justo, no se fijó en que cada zapato era de un par y cada calcetín de una madre. Si solo tuviera un problema, yo narrador, me quedaría tranquilo, pero no. Porque el día amenazaba con acabar con este hombre. De un sol en todo su esplendor, comenzó a llover, justo y cuando Torcuato perdió el autobús. Ahora tendrá que ir andando hasta su trabajo, y así fue. Antes de entrar por la puerta, a tan solo un paso, una paloma decidió defecar en su hombro derecho. El animalillo pasaba por allí, como un transeúnte cualquiera. Torcuato, el del día torcido, cada vez tenía la cara de más cansancio.

Acabó su jornada laboral con los ánimos más bajos que las estadísticas de ofertas de trabajo decentes en España. Caminó por las calles con tan mala suerte de que un ciclista no miró, justo cuando pasaba Torcuato, que estaba mirando justamente hacia donde no estaba el ciclista. El choque fue de película. Pero Torcuato se levantó y ayudó al pobre ciclista que no estaba herido. Medio cojo siguió caminando, ya sin ánimos, sin ganas y sin nada. “Cuánta desgracia por un día, ¿qué más me puede pasar?

Estaba en la puerta de casa cuando echó mano de su bolsillo para coger las llaves de casa, que estaban dentro de casa. Pegó una patada a la puerta y echó mano de su Smartphone. Habló a su amigo el cerrajero, Tomasín. “Tomasín necesito que me abras la puerta”, no sabía con qué icono complementarlo para que el mensaje no quedara tan vacío e interesado. Buscó y buscó cuando de repente, apareció ahí, en iconos recientes. La flamenca del whatsapp, tan alegre como si todo el día estuviera de feria. Entonces Torcuato sonrió, sonrió y sonrió. Olvidó su nefasto día y desde ese momento en que la muñeca de vestido rojo apareció, fue feliz pero no comió perdices aunque si se dio con la puerta en las narices.