Oaxaca, Orlando, Combray

A raíz de los conflictos en Oaxaca han surgido diversas publicaciones en las que se cuestiona la poca difusión sobre la situación en dicho estado así como la falta de empatía con los maestros a diferencia de la gran cantidad de expresiones de solidaridad con las victimas del tiroteo de hace un par de semanas en Orlando.

El fenómeno de consternación por las tragedias lejanas no es nuevo y tampoco exclusivo de los mexicanos. En 1913 Marcel Proust publicaba el primer tomo de su magna obra “En busca del tiempo perdido", en este primer tomo Proust hace remembranza de su niñez en Francia y como parte de sus recuerdos describe el particular comportamiento de la criada Francisca ante las tragedias. Comparto el extracto para su disfrute no sin antes exhortar a la lectura completa. (Aquí algunos intentos por resumir los siete tomos en 15 segundos, ¿Alguien dijo twitter?)

Me di cuenta de que, exceptuando a sus parientes, los humanos excitaban tanto más su compasión con sus infortunios cuanto más lejos estaban de ella. Los torrentes de lágrimas que lloraba al leer el periódico sobre las desgracias de gente desconocida, se secaban prestamente si podía representarse a la víctima de manera un poco concreta. Una de las noches siguientes al parto de la moza, viose ésta aquejada por un fuerte cólico; mamá la oyó quejarse, se levantó y despertó a Francisca, que declaró, con gran insensibilidad, que todos aquellos gritos eran una comedia, y que quería .hacerse la señorita.. El médico, que ya temiera esos dolores, nos había puesto una señal en un libro de medicina que teníamos, en la página en que se describen esos dolores, y nos indicó que acudiéramos al libro para saber lo quo debía hacerse en los primeros momentos. Mi madre mandó a Francisca por el libro, recomendándole que no dejara caer el cordoncito que servía de señal. Pasó una hora, y Francisca sin volver; mi madre, indignada, creyó que había vuelto a acostarse, y me mandó a mí a la biblioteca. Allí estaba Francisca, que quiso mirar lo que indicaba la señal, y al leer la descripción clínica de los dolores, sollozaba, ahora que se trataba de un enfermo-tipo, desconocido para ella. A cada síntoma doloroso citado por el autor del libro, exclamaba:
-Por Dios, Virgen Santa, es posible que Dios quiera hacer sufrir tanto a una desgraciada criatura? ¡Pobrecilla, pobrecilla!..
Pero en cuanto la llamé y volvió junto a la cama de la Caridad de Giotto, sus lágrimas cesaron, ya no pudo sentir ni aquella agradable compasión y ternura que le era desconocida, y que muchas veces le proporcionaba la lectura de los periódicos, ni ningún placer de ese linaje, y molesta e irritada por haberse levantado a medianoche por la moza, al ver los sufrimientos mismos cuya descripción la hacía llorar, no se le ocurrieron más que gruñidos de mal humor, y hasta horribles sarcasmos, diciendo, cuando se creyó que nos habíamos ido y que ya no la oíamos: .No tenía más que haber hecho lo que se necesita para eso; y bien que le gustó; ahora que no se venga con mimos.