Hacer-la.

Si me animo, algún día, a reunir todos los pedazos de servilleta virtual en los que he escrito algo, de seguro sentiré una depresión infinita por lo poco interesante que podría ser. A ojos propios, me sorprendo con cada giro que da mi vida y sus proyecciones, pero ¿qué importará una serie de eventos aleatorios, otros medio planeados y uno que otro calculados hasta lo más ínfimo?

Acabo de terminar de leer ‘Girl in a Band’. Me trastorné.

Voy a contradecirme: me encantan las autobiografías, el ejercicio fascinante de recapitular la existencia completa de una sola persona, y ver que al final hay un hilo, por muy delgado o plagado de vidrios que éste sea. No porque haya leído varias memoirs voy a sentir que las peripecias de tal o cual persona son rutinarias y carentes de emoción. En simple: me gusta ser testigo de la vida de un otro. Más simple aún: soy curiosa y no hay remedio para el querer saber.

Escribo porque me divierte y me hace creer que estoy en un escenario, pero también lo hago por trabajo. En mis antiguos puestos — ofreciendo sonrisas a quien pagaba por estadías en algún sucucho, vendiendo pan y pasteles a veraneantes trasandinos o intentando que alguien muy arraigado a la lengua en la que escribo ahora pudiese pronunciar “island” sin que confundirse con Islandia — tenía que aprender a querer lo que hacía; a buscar la historia de vida interesante, la vuelta de tuerca. En lo que hago ahora es distinto. Hoy, aunque todos los días mis bolsas bajo los ojos parezcan inflarse como el precio del pan, siempre tengo ganas de ir. Siempre quiero que la gente quiera contarme su historia.

Retrato bastante preciso de mi despertar en las últimas semanas.

Tengo ansias de implantarme un transcriptor automático de las preguntas que hago; proveer de fuentes infinitas de información sobre temas que otros escribieron en difícil. En fin, se entiende: me hallo en mi labor. No siento la explotación; no existe. Vivo en una burbuja falsa de igualdad de salarios y de libertad editorial siempre que la calidad no sea moneda de cambio. Afuera no pasa eso, afuera hay que morderse la lengua. Y, créanme, lo que menos quiero hacer es callarme.