Entre suspiros y estragos

Qué desagradable es ese sentimiento de extrañar a alguien. Qué horrible es sentir esa ansiedad de querer saber de ese alguien a quien no se deja de pensar. Qué impotencia se siente el estar mirando el celular una y otra vez y ver que ni una señal de humo atraviesa el cielo o el ciberespacio.

Es odioso estar esperando ese instante en el cual vuelvan los besos, los abrazos, el contacto, el deseo, las miradas, la entrega, las conversaciones, las risas, las confidencias y ese agridulce sentimiento de plenitud y bienestar al dormir en los brazos del otro aunque de antemano las cartas en la mesa hayan sido puestas.

Es horrible ver las luces resplandeciendo y tener que apagar todo lo que sucedió cuando la puerta se ha cerrado; el aire frío en la cara se estrella y en un espacio suspendido despierta la realidad. Después, es más horrible tener la cabeza dando vueltas y vueltas como un torbellino de pétalos y espinas para encontrar un pretexto creíble para escribir, para llamar o para volver a aparecer, y es ahí cuando la idea de querer fugarse con otro sol aparece en el horizonte de la mente; pero aunque otro sol estreche el cuerpo con sus rayos y calme momentáneamente las ganas con su eclipsante y cruel fulgor, volvería a quemar hasta por debajo de la piel.

No es bueno cada vez que te llamo con el pensamiento quedar con la mente en el limbo y rumbo al purgatorio; no es ideal sentir la pesadez de los segundos en los labios, en los párpados, en los poros…sin duda, es amargo como el café negro y quemado, ver cómo pasa el día entre suspiros y estragos…