nuestro himno Baloncesto

En junio de 2014 conseguí mi primer trabajo. El primero real, con contrato, con nómina. Un contrato y una nómina que no se ajustaban para nada a la realidad del empleo, pero que estaban ahí, negro sobre blanco, cimentando mi vida laboral tras terminar la carrera y el máster y buscar penosamente ocupación durante meses. Cuando un mes después recibí mi primer sueldo, destiné una parte –proporcionalmente sustanciosa– a financiar el crowfunding del, por entonces, etéreo proyecto del nuevo disco de La Prohibida.

Un gesto acogido entre algunos de mis amigos como una nueva excentricidad sobre la que hacer chistes durante meses, pero importante desde mi punto de vista de, digamos, fan militante. La Prohibida me había proporcionado hasta ese momento una cantidad ingente de felicidad a través de su trabajo: era completamente lógico compensarlo no solo yendo a sus conciertos, sino invirtiendo en su carrera. Nada por entonces sabíamos de los acabaría siendo 100k años de luz, un elepé determinante para tanta gente desde su lanzamiento.

Recuerdo el día, más o menos un año después de la campaña de financiación, en que Amapola nos envió a los colaboradores el disco para descargar. Era verano y hacía mucho calor. Me descubrí reeditando un gesto que, con mi cuenta de Spotify mediante, casi había olvidado: descargué las canciones y las pasé al teléfono. Durante mucho tiempo, el disco de La Prohibida ha sido el único que ha habitado de manera permanente las entrañas binarias de mi móvil. Aquel era no solo un trabajo discográfico esperado por mucho de nosotros, era casi una declaración de principios. La muestra de que estamos viviendo –o estamos creando– unos tiempos en los que el mecenazgo cultural puede ser colectivo, horizontal, libre. Creo que todos los que decidimos invertir en el trabajo de Amapola lo hacíamos de manera política, conscientes de intervenir imperceptible pero valiosamente en una parte de la cultura que, trascienda o no, nos moldea como personas cada día. También puede ser que yo esté loca.

Recuerdo, como digo, aquel paseo en el que escuché 100k años de luz por primera vez. Ver materializado lo que ya sentía como un proyecto, si no personal, sí íntimo, fue emocionante. Además las canciones era muy buenas, y la producción las hacía brillar como nunca en la carrera de La Prohibida. No me duelen prendas en reconocer que Baloncesto, nuestro A quién le importa, no me llamó la atención desde el primer momento. En el disco había varias canciones excepcionales. Fenómenos astrales y Ganas de matar, si no recuerdo mal y si no me engaño, fueron mis primeras favoritas.

Los maricones que vivimos en Madrid somos una comunidad pequeña y, para ciertas cuestiones, bastante endogámica. Poco representativos de lo que deben de ser las preocupaciones, alegrías y problemas generales de ese ente informe que es la población española. Para algunas cosas hemos construido una burbuja en la que estamos muy a gusto. Cuando nos da por una cosa, además, tenemos la capacidad de ser pesadísimos. El disco de La Prohibida nos dio fuerte, y durante semanas fue una cuestión de estado maricón cuál era la mejor canción, cuál el verso más inspirado, cuándo lo presentaría, qué vídeos sacaría, si la estética retrofuturista y la peluca azul iban a durar y a trascender.

En esos días, en lo que debieron ser cientos de momentos en cientos de fiestas, en casa con las amigas, en el bar de la esquina o uno mismo poniendo en repeat la canción, decidimos que Baloncesto era un himno. Nuestro himno. Fue muy emocionante presenciar cómo, en esos meses, cada vez que la pinchaban en una discoteca, explotábamos de felicidad.

Desde entonces, gritamos muchísimo cuando empieza a sonar en alguna discoteca, con unos gritos que son ligeramente distintos a cualquier otro grito de cualquier otra canción. Baloncesto es nuestro himno: no nos ha venido dado como tantos otros, que también nos gustan y nos emocionan y los cantamos a gritos, pero no los hemos elegido nosotros, no los hemos escuchado por primera vez sin que ya lo fueran, con el oído virgen, no hemos sido quienes los han elevado a tal categoría, de esa manera telepática y mágica que nos puso de acuerdo y que nos hizo detener el palo de zahorí sobre esta canción porque esta sí, este es nuestro himno.

No conozco los procesos creativos detrás la composición, por parte de Víctor Algora, de esta canción. Tampoco puedo aventurarme a lanzar teorías sobre la producción, los arreglos o el tratamiento por parte de Amapola y los productores del disco que expliquen por qué esta canción y no otras nos ha marcado. Sí he sido testigo y partícipe –como todos– del proceso que ha elevado Baloncesto del bombardeo de novedades musicales en que vivimos inmersos y la ha convertido en otra cosa. Un himno que quizás nunca rebose más allá de la burbuja que ya ha conquistado, pero aunque lo haga siempre será nuestro. Nuestro porque se ha gestado a partir de nosotros, incluso a nivel económico, y lo que es más difícil, nuestro porque es de nuestro tiempo, y ya para siempre formará parte de la caligrafía con la que escribamos el relato de nuestra juventud.

Hay ciertas señas de que una canción ha trascendido su propios límites y se ha transformado en algo más. Una de ellas es que la gente, de manera intuitiva, le cambie el nombre. Que en una verbena alguien se acerque al pinchadiscos a pedir “Mil campanas de Alaska” saca brillo a la leyenda de Ni tú ni nadie. No sé si ya se habrá producido el momento en que alguien pida, recomiende o busque en YouTube “La reina del invierno”, pero estoy seguro de que ocurrirá. De lo que sí fui testigo es de un instante, entre fan y travesti, que marca la génesis del camino a la posteridad en el que ya se adentra la canción de La Prohibida:

–¡Baloncesto es un himno!
–Sí, cariño, pero soy Kika Lorace.