Si eres maricón ya lo sabes, pero la relación entre masculinidad y homosexualidad es muy compleja. Probablemente no más compleja que entre masculinidad y heterosexualidad, pero esa la conozco menos. De entrada se podría pensar que, en una comunidad de hombres a los que les atraen los hombres, los esquemas se simplifican. Al fin y al cabo, lo que siempre nos ha repetido el patriarcado es que son las mujeres a quienes no hay quien las entienda.

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La masculinidad es algo etéreo pero extraordinariamente frágil. Necesita de una validación y reafirmación constantes, puesto que un ligero gesto o un color determinado son capaces de romperla. Es el macho alfa quien está en la cima de la jerarquía patriarcal y, por tanto, quien puede perder su posición privilegiada. Para un hombre que se lea a sí mismo como masculino, cualquier actitud o gesto no normativo se convierte en despreciable, pero también en amenazador.

Del mismo modo, las actitudes, apariencias y físicos tradicionalmente masculinos son percibidos con admiración y, entre los maricones, con deseo. Muchos de mis amigos nunca se considerarían plumófobos, no tienen problemas con las plumas propia y ajena la mayor parte del día, excepto cuando se trata de buscar compañero sexual. No se acuestan con chicos no leídos como masculinos. Desgajan sus pulsiones carnales de la cultura aprendida, y aseguran que simplemente no sienten atracción hacia hombres que no respetan los códigos tradicionales.

Puestos en cuestión, la excusa que más se repite es algo así como que ellos se sienten atraídos por la masculinidad de manera animal, y no hay nada que puedan hacer para remediarlo. El instinto sexual, se supone, se adueña de su razón y elige por ellos. Sin embargo, observo –en mí y en mis iguales– cómo seleccionamos y somos seleccionados por una interminable combinación de elementos intelectuales que muy poco tienen que ver con pasiones naturales e irrefrenables.

Si el instinto nos dominara, nos fijaríamos siempre y de igual manera en el mismo tipo de chicos. Nada tendrían que ver la hora, la compañía, el estado de ánimo, las expectativas, etc. Sin embargo, uno no elige del mismo modo a un partenaire potencial si, por ejemplo, está solo en casa y usa Grindr o si está rodeado de sus amigos en la discoteca. Sabemos que vamos a ser objeto de su juicio, y eso nos condiciona.

Del mismo modo, nos condicionan miles de elementos internos y externos. Hace poco veía en un vídeo de Oto Vans (a quien muy poco interesa la masculinidad tradicional) cómo explicaba la cantidad de veces en que le piden, al acudir a una cita sexual, que vaya “discreto” o “normal”. Es decir, que aunque el deseo hacia alguien no normativo sea manifiesto, el maricón de turno tiene miedo de que le asocien a una persona que rompe completamente con la imagen hegemónica de lo masculino.

La presión de encajar dentro de unos términos determinados se trasvasa de esa manera a los compañeros sexuales: ya no solo tengo que ser masculino yo, sino aquellas personas que me gusten. Es por eso que reconocer la atracción por otros cuerpos y otras actitudes pone en peligro la afirmación propia. Un viaje de ida y vuelta que redobla la presión que esa normatividad ejerce sobre los homosexuales.

A veces veo cómo algunos chicos se virilizan frente a aquellos por los que sienten atracción. Mutan de postura, se expresan con mayor brusquedad, bailan en las discotecas de forma más mecánica, sin mover las caderas. Beben de su copa con el ceño fruncido. Gestos que replican en las redes sociales. Observo a amigos haciéndose selfies y compruebo cómo usan el contrapicado para parecer tipos duros, cómo se colocan respecto a la luz para realzar músculos, cómo aprietan los labios y cómo articulan un gesto amenazador.

Los maricones nos hemos acostumbrado a que la masculinidad sea la moneda de cambio a la hora de buscar partenaires sexuales. La ¿mitad? de los perfiles en Grindr exigen discreción, normalidad, cero pluma, fuera del ambiente, solo chicos masculinos e innumerables eufemismos del mismo calado. Me da la sensación, además, de que la mayoría se suman a esas discriminaciones de manera intuitiva, entendiendo que es lo que procede, sin que suponga una barrera real.

Estoy convencido de que la mayoría de esas condiciones sine qua non las levanta el miedo y la presión social. Se ponen la venda antes de la herida, y aseguran su masculinidad rechazando de entrada cualquier otra cosa.

Ayer, mirando instagram, vi un comentario en el que le decían a un chico (que el sistema tendría dificultades para calificar como masculino), en una foto –donde se reflejaba en el espejo de un gimnasio mientras hacía ejercicio– algo como “me gustas, pero sigue dándole duro al gym o solo serás una loca más”.

Para ser susceptible de deseo, a este chico se le conmina a que compense su falta de masculinidad con un cuerpo viril. También en instagram, sigo a un chico (que despierta verdadera pasión entre muchos de sus seguidores) que tiene un tatuaje de la supernena Pétalo sobre su antebrazo musculoso y peludo. En este caso, la masculinidad que derrocha el cuerpo le permite absorber, a modo de parachoques, el impacto del tatuaje desviado.

En mi día a día, veo cómo ese triángulo que forman masculinidad (es decir, cisheteropatriarcado), cuerpo y deseo es la fuente de muchas de mis inseguridades y de las de los maricones que me rodean. Uno entra en Grindr y, si no cumple los requisitos que se exigen, tiene que lidiar con corrientes variables e infinitas de rechazo.

Mis amigos y yo siempre nos reímos al comprobar cómo hemos construido una burbuja en la que, en nuestra vida social, prácticamente solo nos relacionamos con otros maricones. Lo que no verbalizamos tanto es que ese espacio, que hemos fortificado para aislarnos del rechazo potencial de los elementos exteriores, es un tablero de juego donde nos empeñamos en discriminarnos entre nosotros.

El patriarcado se ha esforzado en decirnos que las mujeres son malísimas entre ellas, y se tratan peor que cualquier hombre. Quizás, algo de esa ideología tóxica haya también en esta impresión que a veces no puedo evitar tener de que los maricones nos tratamos fatal entre nosotros. No es más que una justificación de su privilegio –”nuestro trato a las mujeres no es tan malo porque entre ellas es peor”–, pero contra la discriminación de la normatividad estamos cada vez mejor preparados. Cuando quien te discrimina es un igual, que sabe por experiencia propia dónde debe golpear, es mucho más complicado gestionarlo.

Lo importante es saber identificar cuándo te estás enfrentando al odio y cuándo al miedo. Cuando entre nosotros nos rechazamos, estamos reproduciendo lo que siempre ha hecho el sistema normativo con nosotros, y, por tanto, buscamos de nuevo una vía para validarnos como parte de ese sistema.

De pequeños, mi hermano y yo nos pegábamos porque yo le tenía cerca a él y él a mí. Los maricones nos tenemos cerca los unos a los otros. Pagamos nuestras inseguridades los unos con los otros. Pero casi nunca somos capaces de entender los miedos o fobias que nos llevan a actuar, desear o pensar a los demás de la manera en que lo hacemos. Cuando uno pone en cuestión lo que siempre ha visto como natural, se derrumban casi todas las barreras. Al fin y al cabo, como maricones tenemos casi la responsabilidad de reírnos en la cara de lo normal y lo natural. También, amigas, de lo masculino.

Una mezcla de desierto, casualidad y cafetería.

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