Decir la muerte

Me tomará una vida contar la muerte;

haría otra cosa, pienso, de no deberle

de no ser suyo el cuerpo de mi existencia;

pero no hay agua que no fue sangre

y mis cien panes de cada día

albergan gritos y llantos de hijos y madres.

Aunque la costra, en la mordida,

reprodujera la crueldad que le dio origen

yo no podría entenderla;

es una voz, apenas, la que me explica:

esta que, humana, muy temerosa, dice la muerte,

y drena soberbia de su lenguaje

que se marchita en las correcciones,

en sus limpísimas pretensiones que no,

no son de muerte, sino asesinas.

Me mueve el jugo de los cadáveres,

me sacia el polvo que fue esqueleto,

es decir jaula de voluntades húmedas

concierto de viscosidades e ilusión de avance.

Cuento la muerte, le digo gracias;

hago una vida de este decirle, lo necesito;

en el vivirnos que nos contamos,

con estas palabras que nos entregan

lo que construyen y que siempre ha sido

-la piedra, el número, el agua, el oro-

y meten abismos y les tienden puentes

hacia lo que no puede ser, ni será nunca

-los tipos, el cálculo, conquistadores y reyes-;

es necesario, insisto, decirla, decir la muerte

o nos matamos.

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