del tiempo

Esto que llamamos tiempo:

la cicatriz entre mis sílabas,

es el moverse involuntario

de un hoy que siempre ha sido,

que nos ha sido siempre.

El beso que nos dimos, ¿cuándo?,

es en él mismo: plan de conquista,

persecución nocturna, arrebato de ropas, y

¿por qué no pregunté su nombre?.

Jamás, el beso, deja de ser

el movimiento que ocupa

la evocación de las reacciones

que convoca.

Ayer, hoy y mañana son ficheros,

muros falsos puestos a la enormidad

de la que somos punto,

así como el beso, como el adiós,

como las ganas de repetirlo,

como la imposibilidad de repetirlo,

como la impertinencia de repetirlo

y la eventual repetición

que no repite nada, porque mana

del movimiento irremediable

que llamamos tiempo;

que no modifica nada, porque mana

del movimiento irremediable

que llamamos tiempo.

Solo hay un quiebre,

una flexión maravillosa, la ilusión

matriz del gozo de sufrir y de alegrarse:

saberse muertos,

sentir batirse en la jaula de la célula

la iluminada gota del vacío

cuya desesperación es el latido

de la sangre, la ficción de los avances,

las ganas de besarte, para dejar de hacerlo,

y recordar que hicimos:

justificando el escondite,

negando la comunión del todo

por la intervención del tiempo.