El viaje

(Hoy comienzo otro viaje. Aquí las consecuencias).

1

Necesito el sonido del agua,
las gotas, los saltos, los arcos de luz:
–uno y otro y que giren 
y abobeden el tiempo–
en donde se pierdan las voces
que dicen adiós
y parezca perdida esa otra
que no se me concedió.
Estos pasos irán sobre lágrimas,
negarlo es matar una flor;
este orgullo convoca mi lluvia
y al partir me dirá:
nadie vio.

2

Cuanto más privo la palabra de su carne,

mejor me habla de la angustia

–suya y mía–

de ser línea sobre línea:

habitación de nuestra nada,

esa divina eternidad

con vocación de esclava

a la que tejemos mantos de piel y voces,

para cuya contención vivimos

y hacemos vivir las cosas.

3

¿Qué nos diremos cuando acabe el tiempo

del sol que nos corre como agua,

como agua que nos baña como noche,

como noche que persigue un sol que es río,

que es hoy, que somos, que nos leva?


¿Qué nos diremos cuando se terminen los pretextos?

En esta altura que habitamos

— luego del ascenso entre los labios y los libros —

no se da la piel sino el dorado,

no se entrega el ser sino el reflejo.


El canal rompe la sombra del árbol en la teja

con dagas blancas que no saltan si él no tiembla,

y temblor, y sol, y noche, y agua

tienen tiempo: el nuestro,

que se nos acaba.


Acaso, entonces, nos diremos nada

y no seremos libres: la libertad seremos.

4

Madre, voy a decirte sus voces,

quiero meter unas risas

en la fisura de mi corazón,

hoy te hablaré del deseo que soy,

no sea que el sol que atesoro

termine siendo dolor.


Madre, pudieras no ser, y yo

sin embargo sería,

pero siendo esta tarde los dos

-mundo por medio y las horas-

una voluntad de amor,

¿por qué no me ayudarías

a devolverlos a la condición

de astros que sirven de mapa

a esta vocación de ardor?


Que sin tus risas si ardo

es fea la combustión,

y ya no flota el navío

de sanas ganas de dos.

Si tan solo tú no me niegas,

digamos, tu bendición,

si me dejas decirte sus voces

si permites riamos los dos,

madre, yo tendré días,

años de buena labor.


¿No es lo que quieren las madres,

las madres de buen corazón?


5 Acuarela de la estación

Acaba de llegar de Madrid,

viene asentando unos pasos

que dicen yo soy de aquí,

deja que el bulto le tense

los nervios de un brazo largo

y yo, no corto de astucia,

lo miro y le digo vamos

a las sombras del pueblo

en donde se hizo muchacho,

a donde llega con garbo

diciendo que él ya se ha ido

que cuando quiera se marcha,

que se le abren ciudades

como yo le abro mis ganas,

y eso que voy a su espalda

que lo que rozo es su sombra,

el despojo de su figura:

una escultura de sangre,

de sangre de olivos

de sangre de uvas.

Ay,

me sangran la extranjería

los filos de sus alturas:

elevadísimos azules

riegan su carne aceituna.

Y en una de esas voltea

y todo me lo confirma:

acaba de llegar de Madrid,

viene a adornarles la casa:

la madre que será una risa,

la novia que será otras ganas,

la gente que será más sombra.

la puerta por la que mañana

saldrá de Jaén -arma mía-

y nos plantará una lágrima.

6

No tengo habitación, tengo calor.

Esta luz no es ya sino su temperatura;

abrirle la puerta fue decir que no

al no que me abunda y marchitarlo.

Dejé que entrara el sol hasta mi centro

y sol y sol, narcisos, se han besado.

Hoy soy la gestación de la ceniza,

arde la claridad que significo

y la sombra que proyecta el que sonríe.

La fronda concupiscente del mañana

que tira hojas que han sido yoes

que marcan rutas para mi nombre

ahora renuncia a lo que no sea fuego

quiere nutrir la luz, una luz, esta luz

que ya no es más que su temperatura.


7

Acumulo las muertes del día,

me apropio del peso de la palabra

al quitarle tiempo, y me curva:

¿cuánto seremos? –sudábamos–

¿cuánto seremos? –sudabas–

¿cuánto seremos? –mentiste–,

la puerta se hizo de viento,

¿fueron lágrimas o fueron alas?


Acumulo las muertes del día,

espero se abran los párpados

que techan sonrisas vivas

para exprimir mi nombre

de las miradas que eran saliva,

que fueron labios, un beso,

frase ligera: todas mis ganas.


Acumulo las muertes del día;

mi casa, crecida en un poste,

se mece si pasan cerca

y rechina tu nombre, uno, ¿cuál?, ese,

–que la vigencia trascienda el punto–

suelto la pluma, acribillo el verso,

hago de mi vientre atarraya,

agua encuevada mis ojos…

si no eras tú, escupo hacia el norte

meto en el dedo la tinta,

emborrono la espera y sus voces


y entrego a la noche, que llega,

la muerte acumulada

en el día.


8

Seremos la noche que nos hace falta.

No sé cuándo –¿desde cuándo?–

se abrió la vena del sol sobre nosotros.

Lazábamos la luz con el recuerdo de un glaciar

que derritieron nuestros pasos,

o el deseo de darlos sin descanso

hasta que la roca fuera nuestro nombre,

y en ella nos rompiéramos las ganas,

pues la muerte, creíamos,

sería la extensión de los caminos.

Pero nunca salimos de la hora

del orgullo, de los síes, de los dime,

notepongasmáspalabrasquelasmías,

y escondimos la brújula en un llanto enjaulado,

lágrima enemiga de los saltos:

agua que desgasta las alturas;

tomamos por saeta del compás

la sombra de nuestra eterna retirada

y, ahora, hastiados de la luz, de vernos,

descubrimos un par de miedos protectores,

que ensamblará el cansancio

en bóveda de pringas, cantos y sonrojos:

refugio del instante en que tendremos noche

y no seremos, nos seremos.

¡Pues que sea!

La semilla de mi carne, mujer,

no crece en tus praderas; sin embargo,

tu bosques –esas risas, esos bailes–

me modelan con frescura y sombras,

¿quiere ser flor el chiquillo? –me preguntan

entre un llanto que se vuelve mariposa

¡Pues que sea!