Naranjos

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la noche era el aliento del naranjo,

íbamos al cielo entre la piedras apiladas

yo siguiendo tus veinte años negados

tú guiando mis dudas al cadalso;

en cada paso se sospechaba una serpiente,

abril rompía miedos para nacer venenos,

y tú y yo, prófugos de la vocal que nos hermana,

saltábamos de sombra en sombra,

abríamos mordidas tragándonos los dardos

para esquivar la muerte.

Y la muerte fuimos, dados al no soy para no sernos,

vimos salir al sol sin lubricarnos:

me soplaste sueños y te soplé leyes,

nos hinchamos las pupilas de admirarnos

y nos dijimos gracias por venir, no a vernos,

sino a comprobar que la noche fue el aliento

de un naranjo.

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