Testimonios para el caso del amor y el consumismo

I

Yo tengo un gran aliado, es una sombra

que no me deja ver el miedo ante lo ignoto

cuando escapo algún suspiro del deseo,

y me ayuda a ignorar la voz antigua

de una pregunta que domina mi lenguaje,

que lo tuerce hasta encerrar todos los nombres

cuando el querer abre palabras en mi carne

que laten hacia un cuerpo que no es mío,

¿a quién le hablo?, ¿quién pregunta?

No lo sé…

Ya viene mi deseo hacia mis manos,

en lomo de mi sombra que es sonrisa;

ya nada más me importa, que acabarlo.

Y aunque siento la amenaza de lo hediondo,

de una voz de sangre que se riega

por la herida del silencio que me impongo,

mi sombra aliada se hace mano y me sofoca,

y me ciega, y me ensordece, y es orgasmo

¿o es la muerte?

II

¿Quién te cerró la puerta, palabra de mi aventura,
 quién te condenó a dejarme en este muladar de hartazgos
 que tecnifican sus dolencias, para que un buen día
 sufran ya sin esfuerzo, padezcan ya sin trabajo?
 Palabra de mi aventura que habitas tu propia muerte
 enséñame a morir mis vidas, tira los puentes de sangre
 corta las lianas del hambre, muerde los muelles del miedo
 haz de mí un poste podrido que no cargue ni sus deseos;
 ¿Mis deseos? Palabra de mi aventura, 
 apaga los paisajes tras mis ventanas de cuarzo:
 la pulcra pertinencia del asesinato, 
 la colorida bondad del esclavo, 
 la sensatez del muro entre la risa y el llanto;
 hazme mirar en cambio los listones de ceniza 
 que mantienen pulidas las ciudades brillantes;
 muéstrame el desolladero que nutre el rubor 
 de la tersa moral que se ofende en lo bruto;
 créame un querer allí, palabra de mi aventura;
 que mi carne no es de silicio y mi mundo me desconoce.

III

Esta mañana he traicionado a mi tristeza.

A la hora de mi llanto matutino

llegó un dolor desconocido;

era un alivio que marchaba a contra ruta,

lo tomé por una sílaba de sangre,

de las que pongo en otros labios,

cuando el baile acaba de cansarse,

esa sílaba que brota de los besos

que ya no quieren serlo

bajo el día;

pensé que era un reclamo,

algo mío que atacaba algo más mío,

un Esteban, tienes treinta,

va llegando ese momento;

y le tendí un suspiro, a ese dolor,

desde mi boca hasta la mesa.

No bien subió plantó el sosiego;

prendió fogata entre mi nieve matutina

que se hizo carne, apresurada,

¿qué sería?

Llegar al ser, un día habitual,

me toma horas, dos tazas de café

que se me enfrían,

y allá entre el humo del primero

hice los planes

de una existencia primordial

muy, ya verás, todita mía.

Porque el dolor, aquel alivio

que marchaba a contra ruta,

no era dolor, ni alivio, ni marchaba:

era un camino de extravío,

un programa de retiro para el otro:

la razón de mi lágrima primera,

y no costaba más que la quietud,

y la quietud, pensé, sería tranquila.

Salió de mí lo triste como un río

y con él todos los nombres que lloraba,

en cada uno un trozo de mi tiempo

que sigue siendo largo,

aunque vacío.

IV

Dime, si no me rompo,

¿con qué piezas compongo

la canción de mi vida?

Decir la plenitud

es un recuento de rupturas

exhaustivo

que te permite salir del silencio

y te coloca

por delante del ruido.

V

Pensé que me dejaban solo:

otra gota de sudor sobre el pasillo.

Como antes, como siempre,

fue tan ruidosa la batalla

de las ganas contra el miedo,

que nadie se aprendió mi nombre

para repetirlo;

me tomaban por una intención

como las suyas.

Y es que intención, como las suyas,

yo sí fui, toda la noche,

como antes, como siempre,

recorriendo las murallas

que las muecas del hartazgo

erigen a los lados

del camino de los baños a la puerta.

Pero ayer,

en el listón metálico y pringado

sobre la tina mingitorio,

bajo una luz experta en mis contornos

me vi los años,

y no era un cúmulo de días

sino una sombra hecha de ellos,

los que yo había creído

que me dejaban solo.

VI

Antes que las leyes y los títulos
 mi país era su muerte, era un tirarse
 hacia sus propias fauces. 
 Por no entender, aún, de la memoria
 que hace del tiempo bodega del bien duro,
 mi país quedaba siempre el mismo:
 largo y profundo como sus vidas, 
 y como sus muertes: profundo y largo.

Antes que las leyes y los títulos
 tenía mi país una luz que era cincel 
 y una carne amiga del dolor de hacerse;
 la presa de sus muchas hambres
 caía sobre el tiempo y lo formaba:
 sus restos fueron siendo las palabras:
 claves para revivir la angustia
 de la muerte, que angustiada, 
 cayó en la prisión de este decirse
 en negativa.

Y se abrió el terreno del vivir sin muerte
 con el pico del matar exacerbado. 
 Allá donde la loma detenía la sangre
 cuajaron las costras, las fronteras;
 pero el flujo, desde el centro, continuaba;
 la palabra debió hacerse un lugar seco:
 en el vigor del corazón abrió un drenaje.

Y surgieron, como islas, títulos y leyes,
 y mi país fue mi país, ya no la Tierra.

VII

Si al ganar sinceridad

le abro terreno a la locura

los caminos serán uno,

y ese uno será el mundo

resuelto en cada punto;

por eso digo amor

si es decirte lo que quiero;

por eso digo ven

si esperarte es lo que urge,

necesito los caminos

hacia el error de cada vez,

hacia el allá de la locura,

que es muy aquí, todo el aquí

cuando no miento.

IX

Si yo supiera lo que tengo

no te buscaría;

si creyera en la voz de la mañana

en la tibieza del té

del desayuno;

si no dudara de mis pasos

¿son de verdad los que me llevan?

si confiara en el calor del sol,

en la plática que entabla

con mi carne, que es su ayer;

si no pensara que me miente el agua

cuando llueve y me dibuja

un cuerpo de placer que se desprende

y otro, y otro,

si todo lo increíble, no lo fuera,

y lo tomara, fácilmente,

como cierto,

yo no te buscaría,

sería contigo, lo seríamos todo.

X

Cayó a mis pies una palabra

por descuido,

iba tranquilo hacia

las puertas del desquicio,

el plan era diverso e incluía:

rasparme vellos y negruras,

meter dos luces a mis ojos,

ponerle sol a mis pestañas

y conseguir poleas

para que mi voluntad

enderezara algunas

de mis líneas defectuosas.

Iba tranquilo hacia

las puertas del desquicio,

como siempre,

llevaba entre los labios

desdén contra lo humano.

Iba diciéndome las leyes

las normas santas

de mi ser privilegiado,

que son números, ya saben,

infalibles.

Iba tranquilo hacia

las puertas del desquicio,

los pasos en su sitio:

sobre el dolor de aquellos

que hacen fila para vernos

con el sueño de aprender

a ser como nosotros.

Pero cayó a mis pies,

por descuido, una palabra,

una importante,

y fui por ella, y aquí sigo.

XI

Éramos dos niños por el llano, por el mundo;
tirábamos la rueda de la vida, entre los juncos
que eran juncos y eran madres y eran mar;
vagábamos prendidos a las olas; azotarse
era llegar, la alegría comenzaba en la ruptura,
espumábamos cadáveres, vaciábamos la médula
y el poro de los huesos era cuna, nuestra cuna.
De pronto hicimos hombres de la sombra
brevísima; el cuerpo que habitamos lo crecimos,
abrimos la traición para poblarla, y allí
en el estable suelo estéril que emergió desde
la sílaba que une estos deseos y perezas
cavamos los cimientos para elevar nuestras siluetas
que son manos que buscan que sus palmas
se le ahuequen, se le hundan, se le “siempren”. 
Ay, pero este llano es uno solo, y somos niños
y la vida es una rueda que tiramos, y la muerte
ya no juega con nosotros, porque dice que trozamos
sus bondades para hacer con sus pedazos estos nombres.
Y tú, que ayer apuntalabas mi existencia sin reparos
hoy pides que te narre mis destinos, y los miras
con tus ojos hechos básculas, pensando si te sirvo
de escalera,
¿no recuerdas que este mundo es uno solo, 
que es un llano, que nosotros, que los niños?,
¿no ves que no hay montaña si no hay grieta?

XII

Soy la esperanza,

polvosa, antigua,

del sí que un día dirás

cuando tus labios

sean astro del giro

en que me busco

y allí quede,

y allí quedes.

Y allí quedes,

y allí quede:

astro del giro

en que te buscas

ahora que ignoras

que diré que sí

a tu polvo antiguo,

disperso, esperanzado.

XIII

Ven a mi amor a equivocarte;
pondré la semilla de mi admiración
en el hueco que abra el error
sobre tu lengua y en tu pecho;
cae después de cada cima,
da un propósito a estas manos;
no sea que un día lo crea y tu conmigo, 
que alguna vez tendremos

la razón.

XIV

Miraba el vino salir de la botella 
desde tu embriaguez:
mi balcón, entre tus piernas;
miraba el vino caer hacia la copa, 
búscandole guarida a mí yo jóven
en un minúsculo fragmento de tus ojos
–¿mañana me dirás qué guapo era?
Miraba el vino ya no serlo
y sin embargo tinto en tus mejillas;
me dolían los brazos, –hice tríceps–
–Son para protegerme, ¿dale?,
te oí decirme.
Y una lágrima cayó desde un mañana,
una lágrima que viene de mañana
es hoy un río.
–¿lo cruzamos?, insististe. 
Y miré el vino, otra vez vino, 
terminarse.

XV

Estoy triste,

sencillamente triste;

como el sonido

de la puerta del auto

que no detiene un

mañana, mañana, mañahhh,

un quédate más, un

¿nos damos otros?

Triste

Como la risa, la resigrisa,

la naciónrisa, del

“otra vez, y bueno…”

que le teme al aire,

al precipicio,

y se engancha a

los labios, a mis labios,

mi risa, del “otra vez,

y bueno…”

así de triste.

Tiste que

no será el amor;

nos subimos al miedo

para vernos tiernos

desde allí,

pero nos subimos los dos,

y no hay quien nos baje,

ni quien nos llame,

o nos recuerde

en dónde estamos.

No será el amor.

Y estoy triste,

sencillamente.

XVI

Olvidamos que somos el cansancio
de una partícula de luz y de otra y otra;
para verte, por ejemplo, es necesaria
la fatiga –diez millones de años de jornada–
del fotón de sol que me fustiga
metiendo a mi pupila tu figura, 
que ahora es nuestra, 
que ahora que te canso es nuestra.

Piedad para este observador exhausto,
que no brilla, él ha brillado, 
y se acuerda; hoy, en el café, 
haciendo tiempo para verte,
leyó el recuerdo,
y recordó lo suficiente: 
está cansado.

XVII

Espérame, pequeño, en la pausa de tu sonrisa.

También tengo lágrimas, tengo el llanto:

la única mano que sabe dibujar el mapa de tus rutas.

Pero se me acaba todo el tiempo, diario, esa humedad,

y tengo que regar el compromiso

con unas carcajadas, pedacitos de vanidad y olvido.

Espérame, pequeño, en el refugio de tu esperanza.

Es un palacio tu barricada, ¿me ayudas a mentirte?

Necesito del engaño para ordenar las lágrimas,

hacerlas río y en ellas navegar este saber

que desgasta mis teneres, mis quereres, mis matartes;

vivo lejos, este que ves que no se te parece

no soy, no digo, no hago sino alabar mirando absorto

hacia el molino que se mueve con el flujo de tu sangre.

Espérame, pequeño, allí donde lo distinto entre nosotros

es el puente que va de mi aquí y de tu aquí a la maravilla.

Pero en tu espera grítame, levanta la mano sucia, insúltame;

si creces, si te haces viejo, pequeño, sigue con lo tuyo:

grítame, levanta la mano sucia, insúltame.

No dejes que te olvide, que me olvide del yo que somos,

porque luego de domar este lenguaje

diremos, por fin, lo que hemos sido, y lo seremos

ya sin miedo.

XVIII

Nos tenemos tanto miedo que mejor nos dejamos solos. Siempre hay un deber que justifica el abandono. Una versión espuria de la sensatez habita detrás del pero, y a ella le entregamos nuestra fuerza, la sonrisa que no cierra en beso, el halago que no cae en sonrisa. Hacemos a la juventud esclava del deseo de ser jóvenes y para no tasajear con vida nuestro orgullo, le quitamos el filo a la belleza tirándole pretextos a sus bordes: nuestras ganas.

XIX

Vine a Facebook a buscarme,

me habían visto, me dijeron,

detrás de un lustro de gimnasio

atrapado en un templete

rotulado con mi nombre y

adornado con espejos.

Allí pregunta, te hallarás,

gritó esta era.

Vine a Facebook a buscarme,

tenía una cita con el miedo,

un impostergable compromiso

con la edad de los derrumbes.

Pero nada.

¿Hace cuánto que pregunto

por mí mismo y que me entregan

este yo como respuesta?

Ni siquiera mi pregunta esquiva

la Estrategia,

– es el que es, me dicen

y me extienden, otra vez,

como respuesta;

– que es bastante, no te hagas,

me sonríen: creciente azul y

vertical que me tatúan.

Espero un poco más,

– ¿en Facebook? –

por quien pudiera

mirar en este hallazgo el extravío

y darme ruta hacia lo vago

en donde flotan alegres

los nombres que se olvidan,

que se olvidan de ellos mismos

por buscarse, por no hallarse

en esos toscos “tú eres ese”;

es que el derrumbe está ocurriendo

sin mi edad,

y no cumplí con mi temor

no fui hacia el miedo;

en cambio él viene a mí

por estas públicas maneras.

Y esa caída, sin la red

de un íntima mentira, sin la voz

que pensé que me diría:

no serás, no serás, así es,

muy bien, ya basta; esa caída,

ese allá

me mata.

XX

Algo hay que decir de esta locura

por ejemplo, que el “no” que das luego del beso,

luego del “¿quién, en dónde?”,

me refugia mejor que aquel tímido sí

del día primero:

catarata origen del sudor

con que escribimos los mensajes

del “bueno, pues, ¿nos vemos?”.

Algo hay que decir de esta locura,

por ejemplo, que sabernos lejos

trepados en árboles de flores-hombres

de grandes tratos

es el atajo al que apelamos

cuando cansados de la línea entre la línea,

y de la jaula de favores

y del molino de los éxitos

que usa de mula las sonrisas,

cuando hartos de sabernos fin y medio

nos buscamos, nos hallamos, nos decimos,

nos gustamos;

algo hay que decir de esta locura,

no sea que piense que no la hemos notado,

que no le agradecemos,

y nos deje.

XXI

Detrás de la muerte

hemos sembrado la semilla

del árbol que alimenta

la palabra de la vida.

Adictos al sonido del recuerdo,

mulas del molino de los fines

que hace harina para el pan

de los orgullos,

vamos a la Voz cuando matamos,

implorando que haga canto

nuestro crimen:

El himno de lo que sí fuimos

de lo que sufrimos,

y calle de una vez lo verdadero,

lo indecible.

XXII

Tráeme al dolor por la rampa de lo bello;

si tu hermosura es la caída, que lo sea,

una caída…

Que ayer quise que subiéramos al cuarto

en medio de la lluvia, ¿o era llanto?

lo que fuera, las flores lo querían,

lo bebían;

y pedí vencer la gravedad de una sonrisa

para encender el sol de mi coraje y evaporar

las humedades del deseo,

imaginé la selva, cada liana de la risa,

cada pétalo del quiero, cada tallo juvenil

de cada puedo y cada puedes

hecho polvo

y una montaña de tristeza que surgía

del empeño de negarme a la caída

hacía un diamante con los restos de la vida,

casi estrella,

la estrella, sí, la estrella cenit

de mi muerte.

¿subiremos?, preguntaste,

y dije no, ¿o solo me arrojé a las seducciones?,

a lo bello,

por la rampa del dolor que me causabas.

XXIII

Allá, en donde nunca fuimos,
estaremos eternamente jóvenes.

Por el no de mi silencio 
y de tus otros besos,
perdimos el poder de 
besar y estar callados.

Allá, en donde nunca fuimos,
siempre estaremos.

XXIV

Bajaremos por el río a la sonrisa,

iremos reflejando cielos limpios

y nubes, nubarrones de tormenta;

arrastraremos palos rotos

por lluvias viejas y lluvias nuestras;

haremos remolino en torno

a las vidas que nos surjan, rojos

remolinos de las verdes vidas

que nos surjan; y un día,

en los mangles de la playa,

alguna playa,

oiremos la salada voz filosa

de unas olas,

el dolor del mar vendrá

por nuestros nombres,

e intentaremos detenernos, morderemos,

besaremos las raíces

sin provecho.

Cansados hasta para decirnos,

nos veremos, en el adiós,

veremos nuestros días como río

y sonreiremos.

Vayámonos, pues, a la sonrisa,

para no llegar al llanto,

vayamos por el río,

para no cruzar desiertos.

XXV

La época nos deja sin la línea
-ya era hora- 
en este devenir de puntos 
que nos mata eternamente
brinca el sol que te subraya
y es promesa de un olvido…

Olvidando es que nos ama el siglo;
este viento que es memoria tiene un plan;
mira: este mar son esos ojos,
-ya viste, muerdes-.
La metáfora era el arma
y ahora vamos -qué bueno- de regreso
al imposible.

Y no es rodando, no es caída,
es de beso en beso,
de quiero en quiero,
de cama en cama,
de premio en premio,
punto por punto,
pixeles, dicen, ¿es necesario?

Y nos dará miedo -¿qué punto es eso?
Antes de oír valientes
nos diremos vidrios, nos diremos hierros,
telas, gases, ruidos, 
lanzaremos cordeles al vacío 
y morderemos nuestro anzuelo,
pero la sangre de la agalla no hará mancha
y el dolor será otro punto
-en mi yacido, en mí ya ha sido-
y entones oiremos a estos años,
a esta luz que preña está materia
cuando dice que se muere eternamente, 
y moriremos, como ya, punto por punto, 
pero eternamente,
en el buen uso del concepto,
por fin nuestro.

XXVI

Aquí no hay sino tus ganas

de hallar mi soldad desprevenida;

tu camino no atraviesa mis papeles

ni mi verso te degüella al paso:

esta herida es y será su rio de sangre,

este río es y será su herida;

es el terror total lo que nos preña

con esta sensación de hallar

que nos engaña y predispone

a este erizarse que es parir

recuerdos anteriores a la carne

que los cubre,

parir al roce de una voz

capaz de hablar la fórmula deicida

y de nacer un dios en cada humano:

así yo, también así, exactamente.

XXVII

Este remedio que administras
te envenena. 
¿Qué hacer? Veamos. 
Déjame casi morir todos los días,
sálvame un poco, 
cada vez, y vete. 
A ver si coincidimos, 
al final de las pequeñas dosis, 
en la misma muerte.

XXVIII

Estamos lejos,

ciudad incinerada

de por medio.

Es fuego este deseo

con que busco

el yo que se dará

por bien servido;

y crece la ciudad

con el incendio,

y, bueno, ya lo dije:

estamos lejos.

XXIX

Mira cuánta sangre pide tu deseo,

¿a quién le encargas la limpieza?

Mira, otra vez, por lo menos mira

cuánta sangre pide tu deseo

y qué exangüe el bocado que lo sacia,

¿a quién le encargas la limpieza?,

¿por dónde chorrean los gritos,

a dónde van la vísceras del sueño

del niño que descarnas?

Tu deseo huele bien, irreprochable,

pero mira el charco del que surge,

¿a dónde va el aroma de la mierda,

qué bocas se lo tragan con fervor

creyendo que creer hará otro oficio

que el que hace: drenar sus venas

y abrir canales, instalar filtros

morales, justos, sonrientes, bellos,

de los que salen riachuelos orgullosos

que van hasta este rato y que rodean

el momento en que, aburridos,

decimos algo divertido como eso:

mira cuánta sangre pide tu deseo.

XXX

Yo no debí saber de ti,

pero esta era reúne

imágenes sin preguntarse

a qué es que suenan.

Yo, no debí saber de ti,

en las fuentes de tus parques

saltan aguas de un rumor

que me resulta seco,

pero supe,

y he aquí que se marchitan

oído y flor: toda la ofrenda

al torpe saberse

que propone el siglo

de los flashes y las lentes.

XXXI

Haré de mí el máximo lujo de mi vida,

asimilaré la elegancia de lo puro,

lo que planta cara a la deshonra edénica

y crece desnudo, y abriga y alimenta

a los despojados del templo de lo falso

y a los mismos dueños de aquel templo

en que se incuba el poder y el miedo;

la elegancia de lo desnudo, domable,

débil, casi eterno, la quiero, y me pide

que sea yo el máximo lujo de mi vida,

que entregarme sea ya un dar amor

y dar locura, un saludar la muerte

como el niño saciado de juego recibe,

reticente, la cuna de brazos y el arrullo.

Haré de mí el máximo lujo de mi vida,

viviré para esculpirme a la intemperie

y ser modelo de futuras esculturas

y ser casa del musgo que me oculte

y me de muerte, un día,

en la perfecta elegancia de lo débil,

abundante, desnudo y casi eterno.

Cuerpo, nunca dejes de lado el aire,

de lado el lodo, de lado el lóbrego camino

lleno de finísimos cinceles y tinturas,

nunca busques otro lujo que tú mismo,

y contagia si es posible, nunca impongas.

XXXII

Yo creía que la imagen era yo,

aquí estoy, decía, y me entregaba

bidimensional, borrable, poca cosa,

le di mi nombre, allá el error, quizás,

le di mi nombre, y era imagen,

otro punto del gran cuadro de la era

que mata en busca del buen tono

que cría el hambre para alimentar

a los “yo tengo”:

ese ejército impecable,

reunido al final de los suspiros

del que quiere y no es querido,

y no es imagen, pues no tiene,

no le alcanza.

Yo creía que la imagen era yo,

pero no, y no quise ser ella,

aunque insistía:

flores de sudor,

labios por racimos,

piernas como anillos;

pero no quise ser ella, por aquello

del hambre y de la guerra,

y me quedé sin nombre,

gran alivio.

XXXIII

A mi palabra le duele su error,

su insuficiencia,

digo niño, digo risas, digo amor

y vienen frases de justicia

a saturar mi voz,

viene contenta la palabra a mi libreta,

“habito, pienso, qué maravilla,

un mundo ilustrado”

y voy por esa ilustración

a mi alegría, y de inmediato

paso por encima de una infancia rota,

¿habrá sido?, me pregunto y sigo,

paso por encima de una infancia

apenas sospechada en una altura,

en un canto grosería:

carcajada hambrienta,

moco sonriente y una ¿risa?

paso por encima de una infancia

presente, moribunda, inocultable

y pido explicación a mi palabra,

que enmudece; le duele

la herida de su insuficiencia,

y yo sigo, sigo, sigo

sigo hacia mi alegría.

XXXIV

Este propósito que me sostiene
dice que no le basto, 
pide todo de mí, exige que suba
que haga torres de soberbia
y las escale;
pide todo de mí, exige que baje
que teja trenzas de llanto
y descienda.
Este propósito que me sostiene
dice que no le basto,
me abre las rejas de los jardines
y me hace esclavo de una flor
que no me mira,
me abre puertas hacia los puertos
me arroja a los mares
y en la ola cumbre de la tormenta
mete las fauces de media muerte 
que me medio mata y devuelve 
al propósito que me sostiene,
y todavía entonces,
no le basto.

XXXV

Yo no sé si eres bello;
pero sé que te caben las palabras que sé
de la belleza.

Yo no sé si has dejado de ser bello,
pero tengo aquí regadas,
entre trozos de desprecio,
aquellas mis palabras.

¿No estaría tu belleza en 
mi intención de empalabrarte?

XXXVI

Palabra y palabra
que corono y destierro
al ejercer el querer 
con que amanezco;

entre tú, la del puro querer,
y tú, la del decir mi quiero,
¿de quién voy a ser el siervo,
de quién voy a ser verdugo?

XXXVII

Si tengo algún un talento en la arena del amar 
es aquel que a la orilla del cansancio-precipicio de las noches-fauces
me permite transformar tu deseo de mí 
en experiencia de ti,
y quedar libre del trámite engorroso 
del poco más que pides, ese poco más
que busca me despeñe en cataratas de alcohol 
y diurne cielos negros con toscas sábanas azules.

Sí,

me anochecerá y caeré rendido,
por supuesto, 
trozado por el Cronos que hoy me entrona,
y buscaré hacer noches de los días;
para matar la luz querré los terciopelos 
por los que hoy deseo transitarla,
y el cadaver de este orgullo abonará 
las nuevas letras con que intentaré decirte.

Pero entonces será,
no ahora.

XXXVIII

Tengo para ti este punto y coma hecho de suertes breves y algundías. Este punto y coma que culmina este sentido y que inaugura muchos otros.

XXXIX

Pobre cuerpo,
¿pensaré que un día 
habitaré otro? 
Pobre cuerpo,
señalado
por su poca estrella, 
¿qué después de ti, 
y antes? 
Nada. 
Esos nombres 
no tendrían está voz 
para decir sus bellezas:
el látigo 
con que te flagelo,
cuerpo; 
no tendrían nada
sin ti, que soy,
pobre cuerpo.

XL

Ay del hombre

que se responda

y no se pregunte luego.

XLI

Ay del pueblo que siga

a quien pretenda

que en la respuesta que da

muera la pregunta

que lo ha hecho.

XLII

Tenía un desierto al que llegaba

bailando un poco, negando un beso;

un desierto privado, angosto;

apenas más ancho que mi bicicleta,

mi zigzagueante bicicleta.

Mi desierto era, tal vez, serpiente,

voluntad desértica más que desierto.

Era mi camino a casa cuando

yo era flor yo era hierba yo era río;

mi desierto era listón de estrellas.

Ahora, si niego besos luego de los bailes 
riego mis caminos con un llanto que
tiene lóbregas, musgosas estas rutas. 
Y no hay casa en donde acaba mi regreso.