Valles antes montañas

Antes de sujetarme a tus pantorrillas
y a tus empeines, 
cuando yo no era sino guijarro 
del valle que amurallabas, 
ya había explorado tu pensamiento.

Elijo las montañas por sus nieblas;
confío en mi saber de mediodía
fraguado en el sufrir de regalarles
–de regalarte–
la oscuridad que contrapunta
esta misma luz que las delinea.

Tenemos, ¿cuántos?, ¿once mil días?

Viene sin falta la premonición
de la ola blanca, nos desespera:
trepan dos ganas, digo: mis brazos
para sostener sus lados;
y yo que de carne, nunca de piedra
me quiebro y cedo.

La hondonada en que comenzamos
–la montaña y el alpinista–
recibe la tierra que ya no atrapa tu altura;
se vuelve un vientre tendido
y a la niebla le toca ser agua y semilla

a la niebla, ¿lo ves? ni a tus empeines
ni a mis manos en tus pantorrillas.