Cruzo de Norte a Sur por la que alguna vez fue una calle. Una vieja inmaculada y pálida señora me mira pasar. -Las doce menos quince- me susurra. Confieso que le tengo cariño, como a cualquier tapia, como a cualquier tejado, como a las lajas robadas de las aceras de mi ciudad. Antes que sus aretes repiquen doce veces y estremezcan el sueño de las palomas paso frente a ella. Hace menos de tres minutos me despedí con una cantidad de besos que ya no recuerdo y me dan unas ansiosas ganas de devolverme diciendo voy por más.

Recuerdo viejas frases que pensaba ya hace tiempo. -Siento las flores de otro color ¿sabés?- le dije a una amiga de rostro pálido. -Como si mayo las pintara con su ceniza-. Si partir en un avión es ser una pena que vuela, regresar es una alegría que flota, como una nube de agosto que amenaza con mojarnos, para hacernos germinar como retoños verdes y dulces de esperanza.

Insisto: aquella y/o aquel ser humano que encuentra a una persona que admira, comprende y respeta su trabajo está listo -en el buen sentido-. Es decir que la hizo toda. Es decir que está con un palo de persona, es decir que se puede dar por el pecho con la piedra de la negrita: es decir que ha encontrado un tesoro. A mi sencillamente esas cosas me conmueven.

Jugo de luna me diste. Con todo y mis torpezas, la vida es buena. Si. Esto parece un texto light. Invito al lector a sacar las mejores galas de su corazón para que se de cuenta de lo profundo y trascendental de un suspiro.

A mi me sorprende todos los días.

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