#Historias

Salí despreocupado del tiempo, de nuevo no tengo nada que perder. Hoy esta civilización (¿?) imprecisa, decidió devolverme los retazos del ciclo solar para premiarme con un día más, y para el cual no alcanzaba más que para un lunes.

Mi memoria sigue flaqueando. La sequía de recuerdos inmediatos me obliga a escribir todo para recordar. Fabrico un buzón de emergencia para momentos realmente trascendentales, como las tardes de café, las madrugadas en el páramo, las sombrillas para dos y los suspiros que sin quien los reciba como un abrazo de flores, aún aguardan junto al coronel de García Márquez.

-Hay una ecuación que describe la velocidad y relación proporcional entre la mirada y el suspiro-. Me lo confirma un amigo al que usualmente le va bien en eso de capturar la luz de la vida. Un instante de veras puede ser la existencia misma. -Los suspiros son como haluros de plata- agrego. En este instante de tanta alcagüetería digital, algunos estantes aún se saturan de rollos de vida sin revelar. De vez más en cuando la vida se nos sobre expone.

Papel y lápiz. El tiempo corre en contra hacia adelante. Busco respuestas entre cubos, conos y cilindros. Atrás la salida, al frente tropiezo con una sábana de piel y de repente floto sobre las nubes del siglo XX. La vista es hermosa. Bajo. De regreso preparo la música del fin de semana. La tarde se enciende y el cielo quiere calmar las llamas con los violetas del ocaso. De camino las ruinas del campo aún gritan en el suelo. ¿Por qué me quitaron la tapia entejada, el cuchillito de poró y el cogollito del jocote? El nuevo condominio trae las respuestas con amplias zonas verdes, seguridad y monitoreo las veinticuatro horas: el aquí y el allí. -Usted no-, -¡usted sí! pase y visite nuestra casa modelo. Precisamente en ese cómodo patiecito de luz de dos metros cuadrados había un nido de carpintero, de cresta roja y que picoteaba haciendo ruido todas las mañanas, sacando bichos de la corteza para comer-.

Ya cuando el amanecer reseca la copa de vino al punto de volverla estéril, el cuerpo musita hacia adentro palabras que hipnotizan como queriendo devolver aquel letargo robado por la sangre joven de la noche. En una de estas jornadas Nostradámicas -si es que en realidad existe esta palabra- veo en secuencia aleatoria Una luna hecha farol, un arete en un ombligo junto a un chiliguaro, la desembocadura de dos piernas hechas ríos, un desprecio en salsa de tomate, un gringo desconectado de la civilización (¿?) pidiendo la clave de wifi del bar, una partitura sin energia, una pareja al borde de un ‘para siempre’, y como si el universo jalara con prisa y deliberadamente desde el otro extremo…un bolero sin una cuerda en pleno «reloj no marques las horas». Un poco de aire fresco me salva del abismo.

Nito canta que ‘sin dinero la pasaré mal’. Yo creo que por hoy, tan solo no podré ir a escucharlo. Así es esto. De vez en cuando la vida se nos sub expone. Pero en el derroche de placeres que puede resultar la vida realmente no hay tiempo para quejarse. La vida es buena. Por eso compadezco a quien blasfema del amor argumentando soberanía alimentaria emocional. Desconfío de quien no saborea el fruto de la vid, el trigo y el lúpulo. Me aburro de dirigirme al cuero cabelludo de una persona aislada e iluminada por los megapixeles de un aparato para comunicarse.

Insisto: miro, suspiro y me basta. ¿A todo esto, qué es primero, el suspiro o la mirada? Apenas vea a mi amigo le haré la pregunta. En estos momentos en que mi promedio en cuanto al desapego va creciendo y me voy convirtiendo en un estudiante notable me atemoriza más de cual reflejo puedo prescindir. Aún tengo una carta volteada hacia abajo que dice que para disfrutar del aroma de una flor no necesariamiente hay que cortarla.

Y es que de vez en cuando la vida también nos regala la fotografía perfecta.

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