#Historias
¿Dónde era esto? Suena de lo más onírico. Quién sabe.
-Por favor, dele esto a esa muchacha… aquella… la de los libros… la de suéter. Mi amigo y yo somos unos cobardes… usted sabe... (Risas)
-Voy a hablar con el Gerente.
(Silencio)
-Porfa, es solo un papelito, ¿qué le cuesta? No me diga… ¿usted tampoco cree en el amor?
Aquel pedazo de servilleta contenía más información que cualquier hoja de vida. Pero… Los días transcurrieron y la respuesta nunca llegó. Durante el regreso hicimos conjeturas de lo más fantástico hasta lo más burocrático de lo que pareciera desde antiguos tiempos una sencilla escena de cortejo y que ahora se convertía en un trámite absurdo de permisos y jerarquías.
Cuando le pedimos permiso a una pierna para mover la otra, o cuando revisamos los historiales clínicos emocionales propios y extraños… ¿qué objetivo buscamos? ¿Para qué? Si la historia entre sus más nobles misiones siempre ha perseguido esa utopía de que no caigamos dos veces en los mismos errores ¿por qué la cagamos en temas recurrentes? Y ojo, con esto me desmarco de las fábulas amorosas. Hablo de política, del alcalde que llevamos 20 años encaramada en un pueblo que se queda sin agua poco a poco. Hablo del tico que se mata -y mata- por un equipo de fútbol al cual no le interesa ni conoce su nombre. Me refiero a la necedad de tirar un sillón al río, pedir pajilla, o bolsa por un jugo en el supermercado, y luego quejarse de por qué el agua le llega a las rodillas en época lluviosa. Hablo del músico que no estudia, va a un chivo a tocar de gratis y luego se queja de que en este país la música no se respeta. Y agrego: el músico que permite que un patasvueltas de estos haga esto. Y agrego: el músico que se pasa de listillo pagando poco y ganando mucho. Los cantantes son buenos para eso. No todos. Yo trabajo con algunos muy legales. Algunos. Y bueno… Hay cosas de las que sí me doy cuenta, para mi dicha y desgracia. ¡Qué desvarío! Lo cierto es que aquella madrugada dos personas pudieron pasar más allá de las miradas con un pequeño empujoncito.
De camino a casa recordé un sitio lleno de suaves montañas, unas grandes, otras medianas. Formas y texturas de lo más variado y ostentoso que hasta ahora había conocido. Recordé esa relación aromática con la familia de las lamiáceas, y cómo en aquellas praderas textiles todo era risas, todo era preguntas, penetrantes inquietudes, más por la forma que por el contenido. Tuve en la memoria las horas de gozo, y luego la siesta y afuera la lluvia y adentro unos dedos inquietos y en medio unas palomas blancas sin un sitio donde dormir tranquilas, siempre inquietas y a lo lejos un becerro de oropel engañando a su creador y arriba un techo, impenetrable y abajo… acá abajo de nuevo esta pradera hecha de miles de millones de hilos de algodón, y encima las montañas, y la ventana que daba al oeste. ¿Dónde era esto? Suena de lo más onírico. Quién sabe.
-Tito, ¿esa vara se la soñó o qué?
-Vea que no. Oiga la última.
Horas antes recordaba mi encuentro con aquel callejón oscuro. En ese momento sentí su llamado como una especie de anzuelo enganchado de la manera más pacífica a mi pecho -como diciendo todo está bien, acercate-. Recuerdo el olor a tierra mojada y las ramas de un guayabo sin frutos. Es sencillo: algo o alguien preparó este banquete sensorial y por suerte hoy estoy de buen comer. Recuerdo caminar con cuidado, penetrar la penumbra con el mismo deseo de unos dedos al pie de La Colina. Recuerdo que no sentí miedo, solamente hubo un momento en que a través de ondas electromagnéticas describí el paisaje y mi sensación bucólica y de embriaguez sensorial.
-Me lo empaca para llevar porfa. ¿Y entonces? ¿Qué va a hacer?
(Silencio)
Recuerdo un espacio rosa lleno de luces. El cuero sintético ultrajado más por este extraño deseo ocasional de penetrar de unos dedos inquietos (los de siempre) que por el desgaste mismo del material. Recuerdo las pantallas tarareando visualmente la letra de algunas canciones utilizando una suerte de adecuación curricular. Afuera la lluvia no cesaba. Adentro me cubría con un gran paraguas rosa, rosa lleno de paredes, rosa de espejos, rosa amable, clandestino rosa.
-¿Y eso qué era?
-Algún deseo reprimido, o con suerte la carne que me comí. A veces uno sueña unas varas muy raras cuando come algo y le cae pesado.
El Sur llama. La tos no cesa. Finales parece una palabra de moda este año. He encontrado solo en algunos casos la salida de largos laberintos y en otros he alzado las manos como un niñito inmaduro para que esa Rosa salvadora madre del Socorro me saque del encierro como en mis recuerdos más profundos. Tengo cosas regadas por toda mi habitación, que por suerte no es grande. Diría que es acogedora: casi un museíto. Últimamente escucho esa música andaluza de cante, toque y baile y no sé para qué si no puedo ni tocarla. El desvarío de nuevo.
Insisto: ¿Para qué? En una nota junto a un café había una nota: «encontraremos nuevas formas de echarlo a perder». (1) Y si. Siempre es cuestión de tiempo.
Al sitio donde voy abunda el café y hace frío. Los amigos que me esperan los llevo en el corazón. Y la función continúa, un poco más viejo y solo que antes.
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(1) fragmento de texto de Sebastián Gutiérrez Paniagua.
