Nombres I

Bailar me cura el corazón.

Te traigo el Ojo de Horus, para que tu corazón pueda alegrarse.

Diez años más inocente alguien acostumbraba todos los domingo a buscar formas reconocibles en la vieja barra de madera de un bar, lejos de la ciudad. Aquella noche su participación en tarima fue más bien escasa. Sin embargo al fondo, entre el humo y las sombras de la premonición dos manos chocaban como abatiendo toda posibilidad futura, pero en una rítmica y provocativa aprobación al finalizar cada canción.

Llegado el receso baja, sonríe tímidamente y decide reencontrarse con aquella jaula de jaspes zoomorfos. Recibe una copa de vino y un clavel de sangre de parte de aquellas manos del fondo, donante universal según se supo tiempo después tras una balacera de miradas en un bar capitalino.

Valiente.

Padre, madre, descendiente de una familia fragmentada. La danza se le negó tras una lesión. Persona testaruda, espantaba el dolor con un abanico de ilusiones. -Bailar me cura el corazón- decía. Sufrió múltiples heridas de guerra. Una de ellas en cierta ocasión cuando detuvo con su rostro una granada de mano. Cuenta que también enfrentó las ametralladoras soeces de la palabra, y que en su cuerpo no quedó piedra sobre piedra.

Mirada encantadora. Recién sentía el repiqueteo del flamenco y su piernas golpeaban con fiereza el suelo adormecido, como exigiendo un lugar que le pertenecía en el mundo. Escribía frases con acento gitano. Una vez lloró de alegría al recibir unos zapatos nuevos, y con ellos recorrió la ruta de su evasión.*

Se me perdió la cadenita.

Nunca comprendió el amor que recibió por primera vez luego de su Posguerra. La intermitencia y esa necesidad de correr nunca cesó ni siquiera al tatuar los corchos con una canción, una noche junto a la orilla de la línea del tren. Esa nueva primera vez que su cuerpo tembló se rasgó su valor y no miró atrás, ni siquiera volvió por los retazos que dejó en el camino. Con el tiempo construyó un altar con castañas y trozos de recuerdo. Talvez así se sintió más libre. A veces no hay mejor estrategia: el amor siempre nos desarma.

Ahora cultiva claveles de saber en la tierra fértil de la juventud. Hay algo de ejemplar en su vida. -¿A quién le duele más la soledad?- cantaba cada vez que huía. Testamento: la autoflagelación nos purifica. Allá donde nacen los fríos del Valle Central se puede encontrar un precioso amuleto capaz de devolverle la vida al mismo Osiris.

*En homenaje al centenario del nacimiento de Yolanda Oreamuno.