La tercera ya no será la misma.

Cuando mi generación se de cuenta del poco diálogo que logró sostener con quienes pudieron ser nuestros interlocutores, ya será a destiempo. Presiento cómo nos comenzamos a quedar solos, en el sentido que, generacionalmente el poder se redistribuye en gran parte pues los viejos mueren, en el mejor de los casos uno a uno y de causas más o menos naturales.

Recuerdo que desde niño a mí siempre me ha resultado más agradable tener amigos mayores, me gusta la gente adulta que no perdió el dinamismo e incluso cierta inocencia del ‘querer ser’, de la, llamémosle, juventud. Y en ese sentido he adquirido el hábito de buscar la invaluable enseñanza que representa el relacionarme con personas que piensan muy distinto a mí, o un poco, según sea el caso.

No es difícil entender que en un lugar como este cierta información circula únicamente de forma oral. Por una parte somos gente que no lee (no todos, claro), y por otra, hace falta toda una infraestructura que posibilite una mayor y mejor articulación de la producción cultural y más importante aún, de documentación y del registro de lo que somos, es decir, de lo que hemos sido. Un proceso dialógico es precisamente eso. Necesita de la correspondencia de las múltiples partes. Y al menos en mi experiencia, he vivido lo complejo que puede ser entablar discusiones sinceras, con quienes vale la pena hacerlo. Ese tipo de conversaciones con personas que no reducen su talento a repetir lo que está en internet, sino las que luego se constituyen como lecciones de vida.

El otro día charlaba con un amigo. Él es de los que piensa que hablar de las contradicciones debe hacerse sin enojo, con criterio pero tranquilidad. No tolera las imposiciones ideológicas, dice él. Y en parte tiene razón, pero le decía yo que Guatemala es un ente que se parece a esos humanos con personalidades difíciles de sobrellevar, pero que tienen algo que decir, algo verdaderamente importante, pero que para acceder a esa información deberás poseer suficiente carácter para escucharlos, y entenderlos. Además si lo que nos interesa es la autenticidad, no será difícil imaginar que eso de estar siempre centrado a menudo es una impostura. Pero que se agradece también.

En la tercera vivían dos seres con la capacidad de sentir empatía por los demás. Y por eso digo, la tercera ya no será la misma.

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