Siempre hay algo por alcanzar, perseguimos distintos objetivos personales y profesionales, aprendimos a basar en eso basamos nuestra felicidad.

A eso que buscamos le llamamos sueños y trazamos un plan; al plan lo traducimos en acciones y a partir de ahí son nuestros objetivos. Vamos tras ellos, creyendo que ahí al llegar estará esperando nuestra felicidad. La cima de todo, la cúspide de nuestro existir.

Funcionamos bajo la premisa de que ser feliz es tener y acumular, compro para sentirme bien, me endeudo porque me lo merezco y “yo lo valgo.” las tiendas departamentales como Sears “me entienden”, Liverpool “son. parte de mi vida” y en el Palacio “soy totalmente.”

Vivir así nos ha llevado a convertir la felicidad en la meta, el destino final .Voy a ser feliz cuando lo logre, cuando lo alcance, cuando lo tenga; vamos brincando de felicidad en felicidad.

La felicidad ya no está en el proceso, la felicidad está afuera, se miden en función a. mis resultados; las sensaciones que experimento mientras avanzo no importan, ni en el camino que voy recorriendo en lo que voy alcanzando mis metas. El aprendizaje y el crecimiento no retornan la inversión a corto plazo, demandamos resultados inmediatos.

Para portar la exclusiva membresía de felicidad el club me pide dos requisitos y no aplican restricciones.

1) Tener. (No importa que lo debas y no lo puedas pagar.)

2) Acumular. (No importa que no lo necesites y nunca lo vayas a usar.)

Con el paso del tiempo, si vamos consiguiendo nuestros resultados cuantificables y materialistas nos sentimos exitosos, plenos y se coloca la etiqueta del TRIUNFADOR; si no es así existe la frustración y la etiqueta del FRACASO.

En algún punto se perdió el enfoque, ya no. es suficiente con ser, ya no basta con estar, para ser feliz.

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