La mujer en los párpados (la cuadragésimo nona vez)

«Ella vive de pie sobre mis párpados» (Paul Éluard)

Uno de sus hermanos le regala un libro. Empieza a leer con ganas y se entusiasma desde el principio. Se trata de una recopilación de artículos escritos por Carlos Casares. En uno de ellos, el periodista cuenta la historia de un niño sorprendido por su padre en el cuarto de baño mientras comete un acto impuro o pecaminoso. El padre le advierte que, de continuar cometiendo esa fea falta hasta cincuenta veces, morirá. Y aquí empieza su lucha y su agonía.

Y es ley de vida que los hombres llevemos una carga pesada, la imagen de una mujer justo encima de los párpados como dice el poeta francés Éluard. Hay momentos en que esa mujer desaparece, decide volar a otros ojos porque ha dejado de querernos o porque cree firmemente en el principio de que cada uno es responsable de su vida y de lo que hace y lo que dice. Y se va.

Y uno se queda solo como un náufrago sin playa.

Aquel niño sigue a lo suyo. Nada ni nadie le alivia el peso de su conciencia culpable e indigna. La conciencia es lo que más pesa a quien la tiene. Y la conciencia no se pierde ni abandona.

En un cuaderno, nos cuenta Casares, el niño escribe una raya por cada vez que es malo. Así continúa hasta llegar a la raya cuarenta y nueve o la marca cuadragésimo nona. Y para. Si pasa de ese número llega la muerte. Ahora la resistencia y el dolor se revelan protagonistas. Y el chaval agoniza entre la existencia y el deseo, entre la vida o el insomnio.

En la vida es curioso cómo se aprenden las cosas. Uno se preocupa por todo. Como en ese anuncio de televisión en que un hombre camina por la calle de una ciudad cuando una pelota sale volando por el aire desde el patio de un colegio y, antes de darle tiempo a reaccionar, un niño le grita desde la valla del centro escolar: «¡Eh, señor!» y ahí descubre que ha cruzado una frontera y ha dejado de ser joven y se ha convertido en hombre. En el mismo anuncio se oye lo que este señor piensa en voz alta «¿Cómo que señor?», y todavía le quedan fuerzas para lanzarle la pelota de un buen puntapié, de joven, vamos.

Como aquel niño encerrado, el náufrago tiene en su mano sobrevivir y dejar vivir o dar el paso equivocado, cerrar los ojos y perder a su hada Campanilla. El niño no puede luchar más y decide romper la cuenta y dar el salto al número cincuenta. Antes, en un gesto heroico, escribe una nota de despedida a sus padres en la que explica su derrota y les dice adiós. Echa ese mensaje dramático por debajo de la puerta del dormitorio de sus padres. Es el chaval más solo del mundo, y esas letras son las últimas que escribe.

El padre llega a tiempo de evitar ese fatal desenlace, y uno se imagina el abrazo y el llanto de ambos y desearía que todos los padres llegasen a tiempo. Uno querría que llegasen a tiempo para no permitir la injusticia ni la locura de cerrar los ojos. Uno querría no librarse de la mujer hermosa que sonríe libre en nuestros párpados.

Eugenio Fouz.-

Aquí he copiado el texto original de Carlos Casares #mypublicfiles vía @dropbox :

https://db.tt/VROmdvj8