Tus mano huelen a grasa- dijo impávida aquella damita sin gracia y aunque quise contestarle atisbé, solamente, a tomarla por el cogote. La cercanía de mis manos a su hocico le hizo fruncir el ceño. Laburante en un fregadero, emanaba de mi cuerpo, una cruda mezcla de hedores de submundo: cigarro, grasa y jabón barato. Le estampé un beso, ella por su parte, supo guardar silencio.

Cuando salí del instinto despabilado por el atracón de humo me hallé sentado en los escalones de granito corroído del hogar de la damita. Lúgubre edificio de tres apartamentos sucedáneos, de paredes borgoña, conectados por un pasillo angosto. Un tronco de algarrobo sosteniendo la reja de entrada siempre abierta y las paredes marcadas por un fútbol y los raspones del pequeño manubrio de la bicicleta destartalada del niño del apartamento del fondo, hijo de una viuda sordo-muda, señora de ropas simples, cinturas estrechas y mirada lastimosa. Acaso un ser que le hace pensar a uno si es correcto a veces decirse miserable con tanta liviandad.

Pude apreciar bocanada a bocanada el pianista prodigio del apartamento “A”, este sujeto anónimo había de padecer insomnio y hacía sonar su instrumento de madrugada. Lo aplaudía en silencio, esta vez intérprete discontinuado del tango más bello que jamás habría de escuchar. Ejecutado con finura e impotencia. Así ha de sonar un tango fulero. “A mis viejos”. Sin descuidar sentimientos, el pianista erraba cada vez más y la tapa del piano cayó somnolienta con gran estridencia, en este arrabal para uno sólo no hay telón y el golpe supone finita la velada. Entumecido por esa quietud pretendida para la experiencia sensorial, anhelaba levantarme y alzar mi voz al grito de un da capo. No tenemos batuta, el tacón del zapato ha de ser suficiente y esta vez escuchar los cellos y el trinar de un violín ciego.

Ahora su hedor se había impregnado en mí, faltaba rato para las 2 a.m y bajo la noche ennegrecida a farolas rotas tomé rumbo hacia el kiosko del barrio, nuestro refugio: mitad porche de la casa, mitad garage donde la mujer de un guardia de cárcel atendía para sólo facturar cervezas y algún que otro vino en caja. Encontré allí gentes prontas del placer de conversaciones poco serias, el denominador común de la afamada pocilga. Todos nos sabíamos presentes en ese lugar por razones distintas, alguno buscaba amistad u olvido, algún otro negligencia. Mujeres frías de verdad, por el achaque propio de la calle que ningún film o novela puede darte en este lugar. “Mujeres frías y cerveza tibia”. Mis amigos, presurosos, me piden plata y cuentan monedas. No se andan con vueltas, debemos comprar algo para tomar pues mañana se trabaja o quizás no. En ambos casos hemos de apaciguar la fiera interna la noche anterior, sedados, la pregunta fatal, la traslación unipersonal de la cuestión existencial por excelencia no puede habitar en nuestras cabezas. No sea el caso que suframos un colapso y este achaque tan nuestro no nos deje estallar. No seamos putos.

Un sin fin de anécdotas, embebidas en la liturgia del licor logran ponerme melancólico, se sostiene el silencio para finalmente, romper en carcajadas. Cada tanto un extraño se aproxima para comprar algo, entra al lugar nos mira rápidamente con desdén y saluda. Pobre tonto que teme, nosotros respondemos cordialmente hasta que tal, propiciado de confianza por la bebida, la sustancia o acaso un cocktail encantador, nos susurra un comentario y busca cómplices con la miradas, inclinando su pecho hacia su regazo. Despectivos e inocentes reímos batiendo palmas y quijadas. Funcionamos así, las pupilas dilatadas y la conciencia silente.

Abultado en una esquina de la mitad cubierta del porche un bicho eriza su pelaje por que ebrio el Negro le pisó la cola, nos conoce y ya no ladra. Lo miramos de refilón, nosotros nos supimos de a veces más perros que aquél can. Uno de nosotros ha de ser colmillo blanco, el resto, presas fáciles del bulldog de la historia. Somos una hidra criada entre cuerpos acéfalos.

Tal se sopla entre las manos buscando calidez ficticia, resopla y sugiere retirarse. Nostálgicos volteamos hacia las botellas, uno derrama los restos sobre el antes pasto, hoy barro seco endurecido a pisotones y escupitajos. Nos levantamos, ceniza y consenso se esparcen. Allá bajo la lucecita con el roñoso cable que milagrosamente permanece amarrado al marco de la ventana que hace las veces de recibidor, dos, con sus mandíbulas prietas insisten en quedarse. Mañana hay que trabajar, los dejamos a la buena fortuna, cruzo de calle mientras me despido y sonrío para mis adentros, me había limpiado de la pestilencia de la puta sin gracia. Volteo para ver por última vez las figuritas de los náufragos. Camino un poco y no me siento bien, en la misma cuadra piso en falso mas de tres veces, me apoyo en un árbol y le meo el horrible siempreverde al vecino. En el interín respire hondo y alzé la cabeza para mirar la Luna. Doy algunos pasos más y me subo la brageta con dificultad, falta poco para que amanezca, siento el culo en la vereda y estiro las piernas. Los ojos entrecerrados dejan que los primeros rayos entibiezcan mi rostro. Mal prendido, se consume con asimetría el cigarrillo que cuelga de mis labios.

-Despertáte, te dormiste en la vereda otra vez!- se me dirige, horriblísima, una voz chillona- Estás hecho un asco, qué es ése olor.

Rosebud

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