Soy una floja

Me dio un apechusque. Hace tres semanas mi cuerpico de metro y medio decidió que ya, que prou, que llevaba años mandándome señales y yo ni puñetero caso, y que ya está bien, hombre, ya está bien. Primero pensé que me estaba muriendo -los antecedentes cardíacos en mi familia no ayudan. Tardé días en convencerme de que sí, que me iba a morir, pero que igual no ahora, no ya. Y que lo que me estaba pasando era normal. Lo conseguí con ayuda (¡gracias!) y papers mediante, porque mi lado racional necesitaba saber qué me estaba pasando. Me había dado un ataque de ansiedad. El reventón de lo que los ingleses llaman burn out y que yo traduzco como igual se te ha ido un poco la mano durante años, lista, que te creías muy lista. El corazón no se me iba a salir el pecho y los vecinos no iban a descubrir mi cadáver cuando empezara a oler, no. Miles de páginas después, me iba haciendo a la idea. Bien por mi cerebro cuadriculado, que por una vez sirva para algo más que para hacerme esquemas y listas.

Pasé del pánico a una muerte inminente a un estado de angustia y palpitaciones constante y, de ahí, al bajón: todo era una mierda, mi vida (¡¿qué coño he hecho con mi vida?!), mi trabajo (¿por qué no he hecho más? ¿por qué no me siento orgullosa? ¿por qué ya no me motiva nada, nada? ¿por qué soy incapaz de concentrarme?). Aquí entraron los clásicos: no quiero ver a nadie, no quiero salir de casa, me arrastro por el pasillo, me aterra hablar con desconocidos… Me hacía llorar hasta que un vaso se me cayera al suelo. Puf. Todo es un drama. Y venga el llanto.

Soy una adicta al trabajo porque siempre me ha gustado lo que hago, porque creo que es útil, que sirve (llámame naïf), y porque siempre he pensado que si hago algo bien no es porque sea muy buena o muy lista, sino porque soy una cabezona y le dedico las horas que hagan falta. Y no creo que eso vaya a cambiar.

Decidí, o más bien me hicieron decidir, que tenía que parar. He estado tres semanas sin trabajar y se me ha hecho rarísimo. ¡Con todo lo que ha pasado, mare de déu! (resumen a lo bruto y sin matices, que ya vendrán: la actualidad ha traído muchas alegrías que daban chispita en medio del drama, ya me pondré ceniza cuando toque).

Ahora estoy regresando de a poquito. Solo quiero volver a estar a tope -sin que se me salga el corazón del pecho, si puede ser- y volver a estar motivada con lo que hago como si me fuera la vida en ello. Porque un poquito me va, para qué voy a engañarme. Pero a la vez quiero recuperar mi vida y tener momentos en los que pararme a pensar sobre lo que hago y lo que quiero hacer, para no liarla por las prisas nunca más. Pararme también para escanear qué cosas me hacen feliz. Que parece una idiotez, pero oye, si no le dedicas unos segundos a pensarlo, se te olvidan.

Me rindo a lo racional y ya sé lo que me pasa. Controlado. Lo que me ha costado más -y me cuesta, esto no está ni mucho menos superado- es la sensación de que he fallado, de que no soy esa mujer fuerte que puede con todo, que lleva doscientas bandejas a la vez y si pasas por su lado te resuelve un problema a 200 km/h y con la pierna hace un gestito a lo Lina Morgan para echar unas risas. Me avergüenza ser una floja. No quiero ser una floja.

Me obsesiona tanto hacer todo y hacerlo bien que mi única preocupación cuando todo reventó era avisar por Twitter de que estaba de baja y que, por tanto, no iba a leer el BOE durante unos días. No porque estuviera pidiendo ayuda -eso va en privado- ni para lloriquear -no me lo perdonaría nunca-, sino porque no quería que nadie pensara que se me estaban escapando temas, que lo estaba haciendo mal, que no me enteraba. Avisaba: no voy a estar, no es cosa mía si se lía. Y vaya si se lió. Orgullosa y cabezona, sí. Está la cosa jodida como para aceptar que soy una floja.

Casi todas las personas con las que he hablado estos días han pasado por algo parecido. Y son valientes, fuertes, inteligentes y admirables. No son flojas. Me repito mucho esto. Si hasta un youtuber salió a decir que había petado. Y yo le escuchaba y, joder, cómo le entiendo. Con la enorme diferencia de que a mí no me ha aplastado la fama, claro, y que lo que él hizo me parece tremendamente útil. Ojalá más personas hablando de esto. Porque cada texto que he leído estos días, cada salida del armario, me ha ayudado a entender mejor este remolino y a darle forma a la flojera.

En fin, que me avergüenza haber reventado, pero creo que toca empezar a admitir las flojeras y las vergüenzas. Y volver a la carga.