Densidad narrativa


El mes pasado tomé un taller de escritura de guión teatral. La experiencia fue divertida y nueva porque jamás había tomado un curso de ese tipo. En aquel espacio tuve la fortuna de toparme con muchas personas que nunca había pensando conocer y de entre todas ellas a un escritor (maestro en letras mexicanas). Ya lo había visto antes en muchos otros lugares compartidos de esta ciudad, pero ignoraba su profesión.

Su cabello rizado casi como un nido, sus lentes que distraían la atención de sus ojos -que parecían no mirar a ningún lado- y su arquetípica barba rojiza daban una imagen bastante curiosa.

Al paso de los días, fue un personaje complicado de seguir, ya que entre él y la maestra se desataban charlas interminables sobre libros, algunos tan raros, que nadie se atrevía a interrumpirles.

No fue sino hasta el tercer día, que supe por qué aquel hombre estaba compartiendo aula con nosotros. El descubrimiento fue alucinante, sobre todo cuando lo oímos leer parte de su nuevo proyecto -con el que incursionaba en la dramaturgia-. Aún puedo oír su voz, seria pero franca, que entonaba el monólogo de un hombre que analizaba exhaustivamente su desafortunada vida. Recuerdo su rostro sonrojado y sus ademanes que evidenciaban su nerviosismo, quizá, por la fuerte carga emocional de las confesiones que su protagonista hacía; era casi como si él estuviera desnudando su verdad frente a un grupo de desconocidos. A consecuencia de esta intensidad, había en el aire una sensación de incomodidad -que ayudada de su palabrería elegante y cadenciosa de poeta- al final me contagió.

Sin conocerlo a fondo, la trama y los diálogos me parecían tan suyos que debo confesar que pensé seriamente en que aquel escrito era más una catarsis. Después de esta demostración, no volvió, por lo que no pude cruzar palabra alguna con él. Pese a ello, este suceso me regalo una nueva perspectiva de la escritura y de su hacedor. Fue precisamente la maestra del taller quien dijo que la escritura -en cierto sentido- es la revelación de lo que somos, por lo que, escribir es parte de una búsqueda personal.

Al parecer las cosas estaban dichas y demostradas: más allá de los títulos académicos o las publicaciones, la trayectoria o el reconocimiento, había un hombre que estaba dejándonos ver un breve espacio de su pensamiento y de su intrincado sentir. Él nos indujo a la empatía, a la comprensión del otro y al menos hoy, creo que esa capacidad es de las más importantes para ser escritor.


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