La vida tranquila

Me encanta vivir en la ciudad. Adoro la cantidad de actividad que tiene incluso de madrugada, saber que siempre hay un plan y el bullicio de las calles. Soñaba con vivir en NYC antes de los 30, así que me defino como urbanita en todas sus letras.

Sin embargo, últimamente hay algo que ronronea por dentro de mi cabeza como un gato que no sabes si quiere llamar tu atención y que lo acaricies o simplemente ha aparecido de casualidad. Hace meses que soy consciente de una idea que no quiero verbalizar. Pero a raíz de una fotografía y de un mes en casapadres en el sur, mi cerebro ha hecho un clic y ha empezado a despertar del largo letargo de la vida urbana. Después de 12 años viviendo en los centros de grandes ciudades (Barcelona, Madrid), esnifando con placer el ajetreo de las calles llenas de gente, el tráfico desmedido y los planes 24/7, parece que mi cuerpo y mi mente han alcanzado a los 36 el máximo rigor de ser urbanita y ahora se ven en la necesidad de lo que llamamos slow life o la vida tranquila.

La vida tranquila. Esa en la que nada es complicado (obvio). Esa en la que todo fluye, en la que te levantas por las mañanas con tu taza de café (y hasta el café huele diferente, al de verdad), respiras aire puro en un paseo mañanero y te sientas delante del ordenador a trabajar. Esa en la que no existe ruido de ciudad, de coches, de personas. En la que el ajetreo es tan lejano que te parece un mal sueño del que has despertado. En la que saludas por la calle a los vecinos y compras el pan en el horno de toda la vida. En la que, por supuesto, vas a cámara lenta y caminas más despacio.

Vivimos en una sociedad que tiene muy asumido que si quieres ser alguien has de irte a la gran ciudad; en nuestro cerebro está pinchado con una chincheta la necesidad de vivir en zonas urbanas, de sobrevivir a base de comida para llevar y tuppers, neveras vacías y afterworks. De estar al día con el último smartphone o gadget de turno. De sucumbir ante los efectos insomnes que producen las calles llenas de tráfico día y noche con sus inesperadas sirenas. Y entras en bucle: acabas odiando tu casa de-toda-la-vida, tu ciudad pequeña, esa que te ha visto crecer y desarrollarte como persona, y huyes a la menor oportunidad a Barcelona o Madrid porque “se te queda pequeño”.

Estamos tan acostumbrados a la cultura del “esto es para ayer”, los likes, las notificaciones del móvil, el metro, las prisas, la velocidad, las enormes distancias, las reuniones, las horas extra… Y perdemos algo tan importante como parar y mirar el cielo por la noche en medio de la ciudad.

El éxodo

Hay un gran porcentaje de gente de mi generación con profesiones vinculadas a Internet/Tecnología/Creatividad que sienten lo mismo, abandonan la ciudad y se van a zonas rurales. ¿Será una epidemia? ¿Una nueva tendencia dictada por las altas esferas y los gurús de Palo Alto? ¿Qué tienen nuestras profesiones para que de repente queramos abandonarlo todo?. Estamos tan acostumbrados a que la sociedad nos diga que si queremos triunfar tenemos que ir a la ciudad que nos perdemos por el camino muchas veces.

Algunos de mis amigos han cambiado radicalmente su manera de vivir en los últimos años. Han abandonado las ciudades, se han ido al campo, a pueblos más pequeños e incluso, algunos, han dejado su profesión. Confieso que al principio no lo entendía, porque claro, cómo puedes dejar el lugar-en-el-que-está-todo por un lugar-en-el-que-nada. Pero ahora todo cobra sentido porque me pasa lo mismo.

En este sentido, muchos tenemos la suerte de contar con una puerta (de Doraemon) fantástica para romper con ello de una manera más fácil: el teletrabajo.

Hace casi cinco años que trabajo a distancia y ahora me planteo la necesidad de seguir viviendo o no en una ciudad grande ya que, en el fondo, puedo hacerlo desde cualquier lugar viviendo alejada del murmullo y poder volver cuando quiera gracias al AVE, y así no perder reuniones, eventos o simplemente un fin de semana ajetreado de planes en la agenda. Es evidente que una decisión así no es sencilla; supone un enorme debate mental, porque es abandonar the way of life que te has auto impuesto y al que estás ciertamente enganchada.

Pero no es oro todo lo que reluce.

Es cierto que uno de los mayores problemas de atreverse a hacerlo es decidir el dónde te vas. Por desgracia, la España rural sigue suspendiendo en conexión a Internet. El mito tecnooptimista es un artículo realmente interesante de Delia Rodriguez que habla precisamente sobre esto:

Con Internet, pensé, puedo trabajar desde cualquier lugar, incluso desde aquí. En Estados Unidos se habla mucho últimamente de los nómadas digitales, unos afortunados cuyo estilo de vida consiste en ganarse la vida gracias a la Red desde lugares exóticos durante un viaje sin fin. Quizá yo también pueda hacer algo menos glamuroso y más simple, me dije, como irme al pueblo con el portátil.
No es tan fácil. Para poder vivir y trabajar en un sitio se necesita algo más que ADSL.

Y es ahí donde realmente está el quid de la cuestión. En cierto modo, aunque juego con ventaja porque mi familia vive en el epicentro de La Costa del Sol, y es un sitio en el que-hay-de-todo, hasta hace poco era impensable que la fibra óptica llegara a casa de mis padres, y para mí era más un castigo trabajar con una conexión de 1Mb cuando el 90% de mi trabajo es Internet. Sin embargo, con el tiempo aprendes a disfrutar de aquello que la no-velocidad de la red ofrece y comienzas a leer un libro cada semana, vuelves a escribir e incluso hasta puede que comiences a hacer cerámica.

Me parece muy valiente abandonar un estilo de vida cómodo y 100% tangible al que se está acostumbrado para abrirte paso hacia lo desconocido, a empezar de cero (en cierto modo) independientemente de tu vida social, laboral, urbana. Y aquí me encuentro ahora, haciendo listas de pros y contras sobre la vida tranquila y la vida en la ciudad y asomándome al abismo que he ido cavando en estos meses y del que ahora, por primera vez, empieza a asomar el otro lado.