Damian:

Me senté en la mesa, abrí la computadora y empecé a escribir sobre ti por primera vez. Mis dedos se deslizaban como si acariciara seda, los pensamientos corrían más rápido que mis manos, filtrándose como arena entre fuertes olas.

Evocaba la brisa suave de ese atardecer sentados en una cafetería de la Condesa escuchando de fondo a Zero7; el olor a whisky y mezcal en la terraza del Hotel W; nuestra interpretación de nubes, acostados en Ciudad Universitaria, y la excitación de tu mirada ante los colores chillones de Barragán y las tonalidades de Legorreta.

Recordaba la inauguración de la galería fotográfica en Venice, las imágenes estereotipadas del mexicano migrante y las pláticas superfluas de los pochos de Coronado. Una noche antes, nos embriagamos de downtempo en tu departamento con la china y el iraní; al otro día, hicimos un picnic en Rocketship park y discutimos sobre Toyo Ito, mientras nos tomábamos una clásica cerveza artesanal de San Diego. Entre tanta polémica no hubo mejor idea que recorrer la librería del MOCA, donde me compraste un especial de Takashi Murakami con la advertencia de que lo odiabas. Sin duda eras la única persona con la que podía compartir absolutamente todo lo que me apasionaba.

Pero no solo eran los viajes, también conservaba todas tus letras en el messenger. Jamás, nunca, nadie me había expresado tan ardientes deseos sin un solo mundano toque de sexualidad. Esa noche descubrí que estaba atrozmente enamorada de ti, y que mi fuga de pasión se desbordaba más allá de un beso, de una caricia… Me intoxicabas de amor mental.

Sentada en la mesa a las 3 de la madrugada redacté los párrafos más excelsos de mi vida. Cada unas de las líneas desataba un ímpetu de magnificencia. Te escribí más de 10 cuartillas, donde confesaba una tímida sonrisa adolescente cernida en cada detalle junto a ti.

Al otro día desperté extasiada por enviarte la carta. Tristemente entre tanto virus cibernético se había perdido. Decidí redactarla de nuevo, aunque reconocía la dificultad de superar la impecable primera confesión.

Empecé a escribir y la primer línea fue tu nombre: Damian… luego pasaron más de 10 horas para encontrar la siguiente frase; antes, llegó tu mensaje: “Dana!! voy a tener un hijo!”.

Y mi corazón se apachurró, obviamente no era momento para confesarte acerca de esa carta, talvez nunca más sería el momento para decirte que después de cinco años de estar junto a ti como los mejores e incondicionales amigos a distancia; después de 10 viajes juntos entre México-Los Ángeles; después de un millón de pláticas sobre la pasión del arte y la arquitectura, me había dado cuenta de que estaba enamorada de ti.

Respondí tu mensaje tan secamente que sonó cruel: “Felicidades. Por cierto, supiste que Legorreta murió”. Al instante contestaste: “A quién le importa. Voy a ser papá”.

Y así, en unos segundos, como edificio viejo ante un pequeño sismo, te habías derrumbado. Entonces encontré la siguiente línea de la carta: “Me senté en la mesa…”

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