La belleza del diablo
Zurdo Mendieta
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Mi perro se ha sentido identificado con tu relato y ha levantado una ceja elocuente de aprobación. Él hace de todo para ser un demonio impredecible, a veces siento compasión después de que, por algún motivo, me le he enfrentado con cólera ante sus gritos y chillidos infernales. A veces desearía no ser tan compasivo y mandarlo hasta el infierno mismo de donde salió (lo encontré en la calle), pero siempre termino creyendo que algún día yo podría ser un perro de alguien más y lo único que querría ser es alimentado y comprendido cada vez que llore por no poder hablar el idioma de mis amos para poder decirles que, por muy avanzada que sea su civilización, no tendrán jamás la gracia de engendrar demonios internos.

Por lo demás, y ahora hablando realmente de tu relato, es magnífico porque evoca mucho de lo que se encuentra de contradictorio en un humano. Por alguna extraña razón la obediencia y la sumisión aburren, y hasta creo que un dictador se volvería loco teniendo un pueblo servil todo el tiempo. Quizá por eso hay mil maneras de joder al pueblo para provocarlo y hacer que el Amo se divierta reaccionando a la desobediencia y oposición. No lo sé. Entretanto seguiré creyendo que dentro de tu microrrelato se encuentra una pincelada perfecta del rostro humano (tanto para sí mismo como en su relación con otros seres o circunstancias).

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