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Las palabras dejan huella

Como dicen nuestras abuelas, de lo que se come se cría. Es una afirmación un poco pedestre pero si consultamos con cualquier especialista en nutrición nos dirá que lo que nos metemos entre pecho y espalda afecta a nuestro rendimiento. Si nos alimentamos mal va a afectar a como rendimos en la pista.

Esta afirmación sobre lo que se desliza sobre la garganta, ¿porque no va a ser igualmente cierto si en vez de la boca miramos los oídos?. Un día me hablé con amistades para que me se fijaran en este detalle, en que contaran los comentarios positivos y los negativos que recibían en un día normal y corriente.

Yo tenía las sospechas que en este país somos de crítica fácil pero la verdad es que en algunos casos me sorprendió como algunos tienen que sobrevivir bajo un manto de negatividad. En concreto uno de mis amigos tenía antes de pasar dos horas de estar despierto más de diez críticas de lo más diverso y no se apreciaba ningún apoyo positivo a lo largo de todo el día. Imaginaros lo que debe ser él: criticas durante todo el día, cinco días a la semana, cuatro semanas al mes. No me extraña que su cara no sea un paradigma de felicidad.

Por mucho que quizás nos sorprenda, lo que nos metemos -o lo que nos meten- por los oídos nos afecta. La frase de que las palabras no hacen daño es más un argumento para tapar lo que nos duele un comentario hiriente que para describir una realidad. El problema es que las palabras no dejan marcas visibles, no hay manera de hacer un informe médico que constate que nos están maltratando y nos están haciendo daño, porque las palabras dejan huella donde los ojos no alcanzan a mirar, que es nuestra alma, en nuestro corazón.

Estoy con contra de la violencia y no toleraría que se usara para imponer criterios, pero sin embargo soy consciente que tengo más tolerancia con estos abusos de poder basados en el verbo. Quizás sea inconsciente, quizás es lo que he comentado antes -que no deja huella- pero he visto maltratos muy duros en el trabajo humillando a personas de las formas más crueles y dolorosas. Es cierto que no puedo equipararlo con un maltrato físico, pero tengo mis dudas de que en el largo recorrido los efectos no sean similares.

Tenemos claro que hay que hacer cuando la violencia es física, pero hay muchas más dudas cuando esta es verbal. Pensamos que no es para tanto, que lo ha dicho sin querer, que en el fondo las palabras no hacen daño, y sin embargo poco a poco va dejando marca y llevando la autoestima a niveles comparables al poder adquisitivo de la clase trabajadora, o sea, muy bajo.

Creo que las palabras pueden ser muy dañinas porque el efecto contrario se ha demostrado y hasta tiene nombre: el efecto pigmalión[1]. Así que del mismo modo que decimos que no a la violencia física hemos de decir que no a la violencia verbal. Si no te valoran, si lo único que escuchas son críticas, abusos verbales, lo mejor que puedes hacer es coger la maleta e irte.

Entiendo que no todos tienen la libertad para despedirse a la francesa, pero también puedo asegurarte que nadie es indestructible y con el paso del tiempo va a caer en una depresión de la que no sabrás como llegaste, no sabrás como salir, y acabarás sin empleo y peor de lo que estabas si hubieras dado el primer paso para alejarte de esas bromas, chascarrillos o de acepar de que la gente que dice las cosas como las piensa lo hace por tu bien.

Película[2]

[1] Efecto Pigmalión.

[2] One Flew Over the Cuckoo’s Nest

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