Legado, soberanía y voluntad
Tuve oportunidad, gracias a la invitación de las autoridades de la Casa de Santa Cruz de compartir una reflexión anudando la conmemoración del 10 de junio; día de la afirmación de los derechos argentinos sobre Malvinas, islas y Antártida y del 20 de junio; día de la bandera.
Fue en el marco de una reunión de autoridades de las casas de provincias. Quiero compartir con ustedes el borrador de las tres ideas que compartí con los presentes:
1- EL LEGADO
Enlazando recuerdos y olvidos, el mes de junio con el día de la afirmación de los derechos argentinos sobre las Malvinas, islas y sector antártico, y el día de la bandera nos permiten reflexionar sobre el concepto de soberanía, en este caso, ante los representantes de un organismo trascendente de nuestra organización política que en muchos casos antecedió a la misma Nación. Hablamos de las provincias. Es decir el sujeto protagonista de una forma determinada de organización de la Nación como lo es el federalismo.
El historiador frances Ernest Renán supo decir que “la esencia de una nación consiste en que todos los individuos tengan muchos recuerdos en común, y también en que todos hayan olvidado muchas cosas”. Y este bello y profundo pensamiento fue dicho y escrito aquí por nuestros hombres y mujeres de cultura.
Tanto el 2 de abril, como el 10 de junio y el 20 de junio, nos remiten al valor de lo simbólico para plasmar un legado, que no es otra cosa que el sustrato común que compartimos para edificar la posibilidad de construir el Nosotros.
Es importante compartir con ustedes que ese legado siempre corre el peligro de convertirse en olvido. Es decir que siempre está arrojado a una tensión, a un conflicto constitutivo.
El pasado no pasó, continúa pasando en el presente y su interpretación es parte de las tensiones fundantes en cada etapa del devenir nacional. Y esto es así, porque tanto la soberanía, como el federalismo y la identidad son productos históricos vivos, que al contrario de las esencias, van cambiando al calor de las transformaciones de nuestras sociedades.
“Una nación es un alma. Dos cosas constituyen este principio espiritual. Una está en el pasado, la otra en el presente. Una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer la herencia que se ha recibido indivisa”.
2- LA SOBERANÍA
La Soberanía (del latín “super amus”, ‘señor supremo’) es la voluntad política que posee un Pueblo para determinarse
y tomar decisiones con independencia de poderes externos.
Si aceptamos esta definición podemos afirmar que la soberanía siempre es relacional, tal como lo es la identidad; somos soberanos o definimos nuestra identidad respecto a otros.
Esta “exterioridad constitutiva” nos define y nos da un maravilloso punto de vista para entender que para ser Nosotros necesitamos un Ellos. El respeto a ese Ellos es fundante de la posibilidad de ser Nosotros. Entender esta noción es la piedra filosofal de una concepción democrática de la vida, que no niega las diferencias sino que las entiende fundamentales para su propio desarrollo.
La soberanía, como producto histórico, primero residió en dios, más tarde en el Rey o soberano y por último, y ya en la modernidad, en el pueblo. Llegando al vigoroso concepto de soberanía popular.
Supo decir el filósofo mendocino Arturo Roig que la construcción de un sujeto tenía como pre-requisito 3 elementos:
El autoconocimiento: Saber quien vamos siendo.
La autovaloración: Asumir la cultura propia como nuestro aporte al florecimiento de la humanidad.
La autoafirmación: Es decir la voluntad soberana de construir un proyecto propio.
3- LA VOLUNTAD
Para culminar, quiero hacer incapie en la necesidad de entender la soberanía, la identidad, y porque no, el federalismo, no como algo dado sino como un fruto anhelado a conseguir a través de esa voluntad soberana y protagónica.
Arropamos la idea (aun sabiendo que no es la única y que debe ser refrendada en la vida poniéndola en tensión democrática con otras ideas), de que no hay soberanía sin voluntad.
Y no hay voluntad sin protagonismo popular. En la memoria de los pueblos, en cada época, quedan los nombres de aquellos hombres y mujeres capaces de despertar, amalgamar y transformar ese protagonismo popular en la voluntad que es el aliento de la soberanía.
“La nación, como el individuo, es el resultado de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y de desvelos… Tener glorias comunes en el pasado, una voluntad común en el presente; haber hecho grandes cosas juntos, querer seguir haciéndolas aún, he ahí las condiciones esenciales para ser un pueblo. Se ama en proporción a los sacrificios que se han consentido, a los males que se han sufrido. Se ama la casa que se ha construido y que se transmite. El canto espartano: “Somos lo que ustedes fueron, seremos lo que son”, es en su simplicidad el himno abreviado de toda patria”.