El Ejemplar Riquelme

Como una reproducción exacta de aquella publicidad en la que la madre del rolinga frotaba un bronce con la remera que Jagger había tirado en el 95', mi mamá ya había depositado en la basura (por error) mis diez años de colección de “El gráfico”. Con la pérdida de ese archivo histórico, todo mi entusiasmo se desgajaba como una pelota de cuero en el asfalto. Era el fin del fútbol; hoy también lo es. 
En realidad, que mi vieja haya desaparecido esa compilación, también representaba acabar con una serie de amarguras documentadas que no hacían otra cosa que confirmar que mi abuelo Armando tenía razón: a los tres años me regaló una remera del Beto Alonso y me sugirió que me hiciera de River si quería era ser campeón. 
Por fidelidad a mi viejo, el mismo que me compraba semanalmente Anteojito y El Gráfico, me incliné por el azul y oro aferrado a un mito que nunca terminaba de convertirse en realidad. En los más de 400 ejemplares que conservaba, entre columnas de Juvenal y fichas de los partidos, apenas podía rememorar un campeonato (el del 92). El resto puros fracasos: la final perdida contra Newell’s esa tarde lluviosa en la que Scoponi se lució en los penales, la semifinal de la libertadores perdida con Colo Colo cuando al “mono” los carabineros le tiraron los perros, el 0–3 contra River con Ortega y Gallardo inspiradísimos, el 4–6 contra Racing, y el 0–6 con Gimnasia el día de la reinauguración de la Bombonera. Armando tenía razón. 
Para lo único que me había servido esa colección era para ganarme el cariño y la admiración de mis tíos. En cada reunión donde surgía alguna duda por el nombre de algún jugador, yo con apenas 5 años resultaba ser fuente de consulta: 
- ¿cómo se llama el arquero de Huracán?, me preguntaba algún tío borracho.
- ¡Puentedura!- respondía yo y los viejos explotaban de risa.

Pero ese 10 de noviembre de 1996 supe que cambiaría el destino para todos los boquenses y quise documentarlo. Apenas salió la edición de “El Gráfico” salí corriendo hasta el quiosco de revistas sin importarme lo diminuta que podía representar la nueva colección con apenas un ejemplar. Ya no me importaba seguir acumulando futura comida de ratas, el nuevo y único propósito era tener en papel la confirmación de que ese pibe al que había visto debutar contra Unión con la 8 en la espalda -en una compilación de “Fútbol de Primera” porque el partido no se televisó- iba a ser nuestro salvador. El que traería las copas que tanto se hacían desear.
Yo tenía 12 años y apenas tuve en mis manos la revista, sólo deseaba que mi viejo llegase rápido del trabajo. El me había hablado de Maradona y en la vuelta del 95 poco había conseguido. Me había presentado a “Gambetita” Latorre, y si bien me gustaba como jugador, poco había ganado en la institución y encima se había vendido a Racing. Se llenó la boca con el“Beto” Marcico y pudimos disfrutarlo poco tiempo. Yo quería presentarle a Román. 
Para que el tiempo pasara lo más rápido posible jugué al fútbol con los del barrio. Cada vez que recibía la pelota, relataba las jugadas y mis amigos me miraban desconcertados sin saber de lo que estaba hablando: “La tiene Riquelme, la lleva Riquelme, patea Riquelme”.
Mi viejo llegó, le mostré el artículo y le dije: “Acordáte que con este somos campeones”. 
Hoy se retira el jugador más grande de la historia del club. Curiosamente ya no soy hincha de Boca. Criado en el sufrimiento, y porque las raíces tiran, ahora simpatizo por Olimpo. Pero de lo que estoy seguro es que siempre voy a ser hincha de Riquelme. Y así como los viejos me hablaban de Di Stefano, de Cruyff o de Platini, a los que vengan les hablaré de Riquelme.
Me quedo con los goles a Palmeiras, con el Partido ante el Madrid, con el caño a Yepes, con ese debut contra Unión, y si mi vieja no lo tiró, con aquel ejemplar de “El Gráfico”.

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