La muerte del romántico

Yo era un verdadero romántico, un tierno de aquellos. Un melocotón te diría. Ya desde chico era así. A los doce, enamorado de Aldana y creyendo que así podía conquistarla, me gasté todos los ahorros que tenía en un conejo de peluche. La misma estrategia había utilizado Fran con Laura Sánchez y había resultado infalible. No tuve la misma suerte que él. Mientras Fran tranzaba con su flamante amor, yo veía como Aldana se daba “piquitos” con Nacho, mi mejor amigo. Con el tiempo lo entendí, era el gordito del curso y pretendía levantarme a la mejor mina del grado; un iluso. Perdí los ahorros y también un poco de dignidad, pero todavía mantenía intacta la cuota de romanticismo.

También de adolescente la vi pasar. Lejos de apretar o coquetear con alguna mina, me había enamorado de una especie de prima que al último pibe que iba a darle bola era a mí, al primo gordito. Con mi papá solíamos mirar películas románticas como “Sintonía de Amor” o “Ghost, la sombra del amor” y mientras evitaba llorar frente a mi padre, me imaginaba protagonizando todas esas escenas con ese amor prohibido, con la hija de mis padrinos. Ella tenía novio y esa relación me partía el corazón, un corazón con 215 de colesterol.

Los primeros besos me los habré dado a los 14/ 15 años. Un poco grande la verdad. De no haber sido por los bullyneros de mis amigos, tal vez hubiese encontrado en esas relaciones a mi primer amor de verano. Pero ellos, hijos de puta y facheros, no hacían otra cosa que buscarle apodos a todas las minas con las que yo tenía algún affaire. Así fue que no me enamoré ni de “Lauchi”, ni de “Orson”, ni tampoco de “Baraka”, bautizada así por el recordado personaje de Mortal Kombat (muy parecida por cierto).

El amor correspondido iba a encontrarlo recién a los 19 años, en un verano en Necochea. María Delia era una negra, linda, de la alta alcurnia de Buenos Aires y yo un 840 que vendía sándwiches en La Plata para sobrevivir. En realidad no era tan negra, la conocí quemada por el sol. De hecho en los sucesivos meses se fue destiñendo. Pero yo, acostumbrado a que cada mina con la que me vinculaba tuviera apodo, a ella le puse Whitney, por whitney houston.

Una vez fuimos a tomar algo por su barrio, Recoleta, y cuando llegó la hora de abonar, apenas me alcanzó para pagar una de las dos cervezas que habíamos tomado. Pedí ir al baño y hablé de frente con el encargado.

— Maestro, no contemplé los precios y sólo puedo pagarte una

— Decíle a la chica que te ayude.

— Es la primera vez que salgo con ella, no me hagas quedar como un rata

— Ok. Sólo por esta vez.

La relación comenzó a desgastarse. Nos veíamos apenas dos veces al mes, chateábamos una vez por semana y los domingos hablábamos 4 minutos por teléfono porque la ficha de un peso ese día rendía el doble. Todo se venía a pique.

Apelando al romanticismo que me caracterizaba, como muestra de amor y en pos de remontar algo irremontable, le dediqué una canción. Recién había aprendido los primeros acordes en la guitarra y con la ayuda de mi cuñado, Ninki, le grabé un CD. Al hit lo llamé “Mi Melba preferida” y una estrofa de la canción decía así: “Qué sos la negra más hermosa, mi Melba preferida, mi Whitney Houston, mi morena de chocolate”. Un verdadero desastre…

Aquel día que llegué a Buenos Aires para el encuentro y para regalarle a mi amor todo mi arte paré en lo de mi amigo Franquito a darme una ducha y perfumarme. Mientras me bañaba, mi amigo, conocido por sus maldades, sacó mi CD del sobre y depositó en este un disco de La Renga. De no haber sido por un testigo que me alertó de su hijaputez, hubiese caído al encuentro con “Despezados por mil partes”. Pero ahora que lo pienso no se que hubiese sido peor. Así quedé, despedazado por mil partes.

Después de agradecerme el presente, y de decirme que lo sentía mucho, Witney me echó Flit. Podría haber aguantado uno o dos días, estirarla un poco, que se yo… si al fin de cuenta no nos veíamos nunca.

Aquel día, además de jurar no componer nunca más una canción, enterré al romántico que llevaba dentro. Por eso Luchi ya lo sabe: este 14 de febrero no recibirá bombones, serenata, ni vueltita en el caño de la bicicleta. Ya no soy ningún romántico.