La proeza del ojota

En este contexto, de emociones vinculadas al deporte, es imposible no recordarlo: aquella mañana del 16 agosto del 2000, en Bahía Blanca, sucedió la mayor epopeya deportiva que me tocó vivir. Y aunque no haya pasado estrictamente en un Juego Olímpico, esto también ocurrió en el marco de una olimpiada.

Las OLSAREC, Olimpiadas Salesianas Recreativas, era el evento deportivo más importante del año en nuestro colegio secundario, el Don Bosco. En ese escenario, los alumnos de la institución competíamos en diferentes disciplinas y mi amigo Mauro, el hombre con menos aptitudes deportivas que jamás se haya visto, se anotó en ping pong con el único objetivo de quedar eliminado prontamente. El asunto era sencillo: el que perdía podía volverse a casa apenas terminado su desempeño. Por este mismo motivo es que yo solía anotarme en ajedrez aunque apenas conociera el accionar de los peones y los alfiles. Cinco movimientos del rival y un jaque mate aseguraban el pronto regreso a casa para taparme hasta la cabeza y torrar hasta el mediodía. Pero ese año no pude cumplir con mi ritual. Justo cuando me estaba por tomar la 509, el Gato Baroffio se acercó hasta la parada del bondi para comentarme un hecho sorprendente.

— ¿A dónde te vas?

— Ya quedé eliminado. Me voy al sobre

— Vamos a alentar a Mauro. Llegó a semifinales de Ping Pong

— ¿Qué Mauro? Pregunté incrédulo de que pudiera ser mi amigo

— El Vaguito. Si gana este partido juega la final contra el “Gordo Mauricio”

La cuestión ameritaba quedarse: Mauro, el joven que sólo era bueno para el pool, avanzaba en el cuadro de la competencia con la soltura de un federado. Ojo, él no sabía lo que hacía pero con un talento natural podía pegar top spin, voleas y hasta meter efecto en los saques. Era su reivindicación. A todos los boludos que lo elegían último en el “pan y queso”, a todos ellos les dedicaba su increíble despliegue. Incluso a mí, que también lo liquidaba bastante por su escaza destreza.

Lo cierto es que para cuando llegamos al gimnasio, Maurito ya había despachado a su rival y se había asegurado una plaza en la final, aunque Jugarla no tenía sentido. Ya estaba bien. Incluso no sé si no fue Juani Morresi el que le dijo que se hiciera el descompuesto y que se fuera antes de ser humillado. Era más digno el abandono que el bochorno. Sus chances resultaban nulas ante el infalible “Gordo Mauricio”, rankeado dentro de los 50 mejores tenistas del país en categoría juveniles, y uno de los seres más odiados de toda la institución.

— Al gordo este me lo como en dos panes — dijo Mauro intentando convencerse.

Ninguno de los nuestros pudo darle aliento. Nos quedamos enmudecidos.

— Lo importante es competir — Dijo el Kuky como para cortar el silencio.

— Si juego como lo vengo haciendo puedo ganarle- dijo Mauro ya más moderado

— No Tenés chances, pero si llegaste hasta acá tenés que jugar- le dijo el Ruso

— Es como dice el Kuky. Lo importante es competir- tiró derrotado y salió a la cancha.

Los que supuestamente teníamos que alentarlo, le habíamos bajado el tapete.

Antes de llegar a jugar la final contra nuestro amigo, al “Gordo Mauricio” nadie había logrado meterle más de siete puntos en un partido; todos los había ganado por afano. Con bronca debo confesar que su estilo era exquisito: devolvía de faja, a dos manos, las dejaba cortita, hacía lo que se le cantaba. Encima, el muy forro, disfrutaba de humillar a sus rivales. Imposible olvidar su sonrisa burlona: en cada punto hacía una especie de muequita que te daban ganas de partirle la paleta por la cabeza.

Cuestión que llegó el momento de la verdad y para que voy a meter misterio de lo que pasó en esa final. Mauro, fiel a su estilo Forrest Gump, se convirtió en una especie de paredón que devolvía todas. El “Gordo Mauricio” empezó a ponerse nervioso y la mueca desapareció de su rostro. En todo el partido no tiró ninguna faja y eso, para nosotros, ya era una victoria. Perder con dignidad era algo más que meritorio.

Llegaron al tramo final empatados en 19. A esa altura, el Negro Ríos y Nico Rojo le respiraban en la nuca al gordo y lo amenazaban de muerte. Mauro Sacó y con un ace se puso match point. Faltaba sólo un punto.

Todavía tengo el recuerdo intacto en mi cabeza. Mi amigo se secó el sudor de la frente con la muñeca, hizo un pequeño repiqueteo con sus pies, movió un par de veces la paleta y quiso terminar todo con un saque rasante… que se quedó en la red: 20–20

El “Gordo Mauricio” tenía dos saques para liquidar el pleito. Erró el primero y con un match point abajo sacó suave, asegurándose, al menos, poder jugar el punto. Mauro devolvió una paralela de revés y el gordo arremetió con una derecha plana que viajó como una estrella fugaz. Antes de que la pelota cayera al suelo y que el partido volviera a estar empatado en 21, Mauro se tiró al suelo y ensayó un globo delicioso que estiraba la agonía del punto a un golpe más. Desde el piso, siguió con la vista la pelotita naranja que tenía destino de paleta del gordo y punto fácil. Pero el gordo se confío, hizo la típica mueca antes de tiempo, y la pelota se le quedó en la red.

El ojota, devenido campeón, tiró la paleta por el aire y empezó a correr como un loco alrededor de la mesa. Atrás, sus compañeros intentábamos alcanzarlo para llevarlo en andas por todo el colegio. Fue un hecho histórico: la única medalla que nuestro curso consiguió en toda la historia de las OLSARREC.

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