PROHIBIDO BURLARSE DEL PERMITIDO

En dos meses tengo un casamiento y para la ocasión debería bajar, al menos, cinco kilos. Lejos de querer mostrarme en forma para el acontecimiento, la escasez de ropa y la obligación moral de no gastarme diez lucas en una muda -que probablemente usaré apenas una noche- me obligan a acercarme a la talla de algún amigo que tenga un traje para prestarme. En el fondo no es tan grave. Suspender harinas, alcohol, disminuir las cantidades y aumentar la actividad física no puede hacerle mal a nadie; excepto a mí. El gusto de las cosas light aplasta mi estima y me remite a tiempos oscuros. Cada sopa Knorr, o caramelo Suchard saben a lo peor… a las épocas de Alquito y al fin de mi carrera actoral.

Mientras ingiero una tostada de gluten pienso que ese papel definitivamente acabó con mi pasión y con aquello que de grande podría haber sido mi vocación y mi fuente de ingreso: la actuación. Amaba el teatro. A los 8 años, además de pedir participación en cada uno de los actos escolares, había empezado a dar mis primeros pasos en la escuela de Artes Visuales. Alejandra, mi profesora, no paraba de entusiasmarme. Según ella era una especie de Alfredo Alcón en miniatura. Todo iba fenómeno: lo tomaba como un juego, pero disfrutaba — cual profesional- la posibilidad de poder encarnar la vida de otras personas y recibir aplausos por ello. Pero así como Vivien Leigh enloqueció después de interpretar a Blanche DuBois en “Un tranvía llamado deseo”, yo quedé totalmente deprimido después de tener que encarnar el papel de “El permitido”…

Tendría nueve años cuando mi vieja advirtió que su nene crecía de manera exagerada para los costados. Después de unos intentos fallidos con nutricionistas, no tuvo mejor idea que condenarme a asistir todos los sábados por la tarde a una congregación de pequeños obesos con los que compartíamos nuestra problemática. Mientras algunos compañeros de la escuela aprendían a armar carpas en scout, jugaban partidos de fútbol o pasaban el rato en Sacoa, nosotros — los gorditos- aprendíamos a cerrar el pico, a respetar horarios de alimentación y a suplantar las bolas de fraile por galletas de arroz.

ALQUITO era un desprendimiento de ALCO (asociación lucha contra la obesidad) para niños y adolescentes. Este tratamiento, con lógicas similares a lo que después terminó siendo el programa “Cuestión de peso”, se dictaba en el hospital Penna, en la otra punta de Bahía. Para asistir a ese calvario viajaba en colectivo más de una hora y para volver más ameno el viaje devoraba un alfajor Fantoche arriba de la 516.

Inolvidable representa la figura de Sabrina, la coordinadora: el voluminoso cuerpo de esa mujer malvada, similar a Tronchatoro, daba cuentas de que la fórmula Cormillot, al menos para ella, no venía funcionando. Tampoco para mí. Cerca del cierre de cada jornada llegaba el peor momento… el pesaje. De a uno íbamos pasando por esa especie de máquina de la verdad que corroboraba lo bien que habíamos hecho los deberes. Algunos, es cierto, adelgazaban considerablemente. Otros, entre los que me encontraba yo, adquirimos un máster en excusas: que teníamos retención de líquidos, que habíamos asistido a muchos cumpleañitos, que la última vez nos habíamos pesado con ropa más liviana… kilos de mentiras.

Para fin de año la coordinadora no tuvo mejor idea de que sus aprendices- o sea nosotros los gordos- hiciéramos una obra de teatro. Como no podía hablarse de otra cosa, hicimos la representación de una dieta donde los alimentos saludables cobraban vida. Me tocó encarnar un papel protagónico: “El permitido” de la dieta, un Sándwich.

Mi abuela Amelia podría haber conseguido un trabajo de vestuarista en Hollywood con el traje que me confeccionó: las tapas del sándwich eran dos placas de telgopor moldeadas, cubiertas con papel madera y unidas entre sí con una especie de tiradores. Entre esos símiles panes estaba yo, asfixiado por todo tipo de papeles de colores que salían de mis costados como si fueran hojas de lechuga, huevo frito y fiambre. Una verdadera obra de arte.

Así disfrazado llegué a la Escuela 7 el día de la función. Antes de subir al escenario intercambiaba palabras con Roberta, una amiga que tenía los padres separados y poca atención en su casa. Su traje daba cuenta de eso: le había tocado representar a la naranja y un círculo de cartulina de ese color pegado sobre su abdomen era todo su atuendo. Aterrorizados por lo que estaba por suceder ambos compartíamos la desazón de tener que hacer el ridículo para más de cien personas. Imaginábamos que apenas en un rato los espectadores iban a estar tirados en el suelo, descostillados de la risa por nuestro padecimiento. Si hasta incluso dudábamos de que eso no fuera una especie de castigo por no haber adelgazado lo que el programa tenía establecido como objetivos.

Ya en el escenario, las luces no impidieron que pudiera ver las caras de los espectadores. La postal era deprimente y lejos de despatarrarse de la risa, el público también estaba triste de ver a sus parientes ante semejante exposición. A la única que vi sonreír fue a mi abuela, que disfrutaba de ver como su obra de arte cobraba vida arriba de las tablas. De repente la Manzanita me tiró el pie.

— Hola ¿vos quién sos?

— Yo soy Sándwich. Aparezco poco por acá… sólo una vez por semana — decía mientras movía las manos y balanceaba mi enorme cuerpo.

— ¿Y cómo sos?- me preguntó Roberta, la naranja.

— Soy irresistible, pero no hago muy bien. Por eso solo pueden comerme una vez por semana. Me llaman el permitido — dije con el último hilo de voz que me quedaba y pensando en el atracón que iba a darme al llegar a mi casa.

Al bajar del escenario, todavía abrazado por mi madre, me prometí un par de cosas: que dejaba para siempre la actuación y que nunca más, en la puta vida, iba a hacer una dieta. Ahora que volví al régimen, me pregunto cuál será mi próximo papel…

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