Prueba de fuego

Encaro la realización del cuarto asado de mi vida sin ningún tipo de entusiasmo. Me estoy quemando como un pelotudo mientras veo de refilón a mi suegro y a su amigo, Ciro, tocando música y pasándola bomba. Pero no puedo quejarme, yo solito me metí en esta.

30 minutos antes, advirtiendo que mi suegro se demoraba más de la cuenta en la preparación de un matambre relleno, se me ocurrió ofrecerme para prender el fuego. Tengo que confesar que no quería ayudarlo, ni agilizar el trámite; apenas pretendí ser cortés. Al notar la dedicación que le metía a esa carne intuí que este tipo pertenecía al grupo de asadores celosos de sus parrillas que no dejan que nadie meta mano en su asado. Me equivoqué: “encarálo” me dijo, y esto, sin querer, se convirtió en una literal prueba de fuego.

Lo que él no sabe es que desde un tiempo a esta parte vengo luchando en pos de mejorar en relación a las tareas varoniles. Ante la evidente falta de destreza para todo aquello vinculado a la carpintería, plomería y electricidad de chico supe ganarme el mote de “inútil”. Me convencí — o me convencieron- de que esas actividades no eran para mí y así me fui convirtiendo en este monstruo holgazán que soy ahora. Pero no creas que no lucho contra esto. Gracias a tutoriales de Youtube pude cambiar cueritos, instalar lámparas y hasta supe armar un chifonier de más de 100 piezas. Y no sabés lo bien que me siento cada vez que lo logro. Pero el asado no es lo mío.

A mi lado está Julian, un nene de siete años que pienso que está en frente a la parrilla por la curiosidad que puede llegar a despertar en un niño esta peculiar tarea, pero no. Este pibito es un verdadero experto en el tema, un pirómano. Apenas advierte mi inexperiencia empieza a medirme el pulso y a darme órdenes que, por supuesto, acato a rajatabla: “esos troncos son muy gruesos” dice en un detestable castellano neutro de Nickelodeon y automáticamente cambio por ramitas. “No puede fallar, no puede fallar” digo en voz alta y el nene me mira.

Para asegurarme que nadie va a salir corriendo a la rotisería a buscar empanadas hice bollos de papel con las hojas de tres diarios enteros, incluidos los suplementos. Y el fuego prendió, prendió como pocas veces vi. La llama tiene más de un metro de altura y las calorías que desprende van directamente hacia mi frente. Las gotas son de sudor y de orgullo. Quiero gritarles a todos para que vengan a ver el fuego que logré, el más grande de los fuegos. Pero a la vez no puedo deschavarme. Ya bastante me sinceré hace tres días cuando le dije a mi suegro que no era ningún McGiver cuando me pidió que lo ayudara a arreglar una puerta. Ese día terminé haciendo las veces de ayudante y hasta bastante me defendí con el taladro y la sierra; pero la de inútil con el suegro no garpa para nada, y si no sabés hacer asado, no sabés hacer una goma. No podía desnudarme con esto también.

El único testigo de semejante proeza es el niño explorador que, lejos de felicitarme o de sorprenderse con la llama, no para de tirarme pálidas. “uh, qué olor” dice con cara de desagrado, “ese olor es de tronco verde, no creo que se te haga brasa” dice y ya se ganó mi enemistad. De un hondazo me bajó del estado de frenesí.

Desde ese momento en adelante no saco los ojos de la parrilla. Ahora las gotas de mi frente son la muestra de mi nerviosismo. Los músicos tocan canciones de Spinetta y de Virus y pese a que las conozco todas, no tengo espíritu para cantarlas. Todos mis esfuerzos están depositados en esa cosa caliente. Rígido, con la palita en una mano y con el palito en la otra (un asador debe saber cómo se llama esa palito) me pregunto “¿Dónde se encuentra el placer de hacer un asado? ¿Todo esto hay que sufrir para recibir un aplauso?”.

En los otros tres que realicé- y que completan mi curriculum como asador- recibí los mismos aplausos que los de una directora en un acto de un colegio. Las manos de los comensales se chocaban con semejante desgano que ni ruido hacían. Pero esta vez va a ser distinto ¡mirá qué fuego! ¡Qué brasa! Y ustedes tocando la guitarrita, hijos de puta. La carne cruje. Los chorizos a punto, no lo puedo creer.

¡A poner la mesa! Grito de la misma forma que hacía mi viejo los domingos al mediodía. Traté de copiar todos los movimientos que él hace y hasta ahora viene todo fenómeno. Los músicos guardan sus instrumentos, chusmean la parrilla, no dicen nada, y se sientan en sus respectivos lugares. Sirvo matrimonio para todos (chorizo y morcilla papá, eso es un matrimonio) y me siento a comer. Todavía no recibí el aplauso, pero sé que en cuánto traiga la carne me lloverán los elogios.

Caigo con el plato fuerte. Ese matambre relleno que técnicamente preparó mi suegro, pero que claramente cociné yo. Fui yo el que me cagué de calor, fui yo el que me convertí en una bolsa de nervios, yo hice todo. Yo estuve dos horas moviendo las brasitas como un guerrero con la palita y el palito. Yo merezco el aplauso.

Apenas prueban el primer bocado la manifestación de aprobación la hacen todavía con la boca llena.

— ¡Ummm, qué delicia! — dice la esposa de Ciro.

Ya estaba guiñando el ojo cuando de repente saltó Diana, mi suegra.

— Te salió fenomenal, Gustavo.

— ¡Un aplauso para Gustavo! — dijo el niño detestable.

Por más que lo intente, y por más que salga excelente, el asado no es lo mío.

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