Carta a un Hombre Invisible

Buenos Aires, 31 de Octubre de 2016

Llegó la hora de juntar coraje, de escribir esto que creo necesario. Por eso en breve, quizás, estará leyendo estas palabras. Ya han pasado varios años desde “el suceso”, mucho más tiempo del que cualquiera de nosotros estaba dispuesto a soportar. Ese hecho grandilocuente que se convirtió en el punto de inflexión de todos los que lo rodeamos.

Ya no recuerdo su nombre, Doctor (el paso del tiempo borró casi todo), por eso debo referirme a usted por lo que es, por aquello en lo que se convirtió aquel día, la noche que adquirió el poder de ser invisible. Algunos creen que estoy loco, que mi imaginación produce fantasmas. Todos dicen que usted ha muerto, pero sé bien que no fue así. La muerte no siempre es el peor destino, y usted jamás falla en una prueba.

Tengo algunos vagos recuerdos de lo que pasó, se ve que mi memoria decidió, caprichosamente, recordar recortes de mi vida. No pude retener su nombre, pero puedo retener las imágenes.

Usted mezclaba la fórmula que el Dr. Wolfheim le había facilitado, esa que debía perfeccionar para lograr trascender, esa que volvería cristalinos los átomos de su cuerpo. Sólo debían mezclarse los compuestos, tenía que inhalar el resultado, para lograr lo que siempre había deseado, su mayor logro científico.

Su adicción al trabajo, a encontrar esa solución volátil que le daría el reconocimiento global, lo volvió ciego, recuerdo. Se olvidó de todo, y de todos nosotros. Los retazos de mi mente me traen las imágenes de cómo se desvanecía de a poco, ante nuestros ojos, hasta su completa desaparición. Ya nadie pudo verlo. El éxito inicial que ante el dolor de su mirada todos consideraron fracaso a posteriori.

Lo dieron por muerto, Doctor. Todos aceptaron que ese había sido su destino. Todos menos yo, que preso del odio, he pasado años tratando de comprender porque tuvo la necesidad de volverse invisible, que falsa ilusión de poder, de grandeza, se alojó en su cabeza para querer lograr ese cometido. Algo que logró y lo ha mantenido en las sombras.

Le aseguro que aunque nadie pueda verlo, su presencia puede sentirse en cada palabra que evadimos. Hay oraciones que con sus ex colaboradores no pueden mencionarse. Existe en el aire una presencia, o eso creemos. Se que en el fondo de sus corazones, los miembros del resto del equipo saben que usted se encuentra observándonos. De alguna manera, nunca se fue de aquí.

Debo confesarle también que “el suceso” se convirtió en una obsesión, en lo único que habitó en mi cabeza por mucho tiempo. Los últimos veinte años estuve siguiendo indicios, buscando respuestas, investigando. El pasado febrero, al fin desarrollé el suero que necesita para volver a materializarse, aquel que logrará revertir los efectos de su fatídico experimento.

Desde ese momento, Doctor, he estado contemplando la botella que tengo en mi laboratorio, colmada del brebaje rojizo que puede devolverle todo lo que perdió. Porque sé que la invisibilidad particular que recibió también volvió inaudible sus palabras. Su invisibilidad transmutó, digamos, en una ausencia total en nuestro mundo.

Pero ¿Sabe algo? La consideración de que usted perdió algo siempre fue mía. Usted no ha perdido nada, usted obtuvo lo que siempre deseó. Desaparecer, no ser advertido. Porque confío ciegamente en que ese era el fin último de su experimento. Tuve una lectura antojadiza de los hechos. Nos usó para lograr lo que deseaba y luego nos dejó a nuestra merced, haciéndonos sentir culpables de lo ocurrido.

Debo decir que esa ausencia tuvo un efecto destructivo en mí. Me convirtió en el monstruo que soy ahora. En mi afán de descubrir las respuestas, de develar las fallas, de entenderlo todo, me fui transformando lentamente en usted: ese adicto ambicioso, egoísta y mugriento. Quiero detener esa metamorfosis, antes de que sea tarde. Si hay algo que jamás desearía, es ser como usted.

Por eso, le envío con esta carta la cura, ya no porque quiera su visibilidad ni porque el equipo necesite de su inventiva, es persona non grata aquí. Se la envío como un último presente. Usted fue mi mentor, y es aquí, con este gesto, donde quiero sentir que he dejado de deberle algo.

Con esto puede recuperar su materia, volver a ser lo que fue, pero tendrá que aceptar que todo ha cambiado. Podrá volverse visible para usted mismo. No sé si lo recibirá, no sé si funciona y no sé si lo usará. Esas preguntas ya no son de mi incumbencia.

Lo único de lo que estoy seguro es que esta es la única manera en la que podré liberarme del estigma de convertirme en alguien como usted. Cuando lo ví desaparecer me obsesioné con la idea de ser invisible también. Tardé en digerir la experiencia, pero hoy puedo ver con claridad. La única manera de salvarme es transitar el camino inverso al que usted recorrió. Lo que haga a partir de ahora será el fruto puro y exclusivo de su voluntad.

Antes de despedirme para siempre, le haré una última confesión: la dirección de mis experimentos se ha modificado desde el febrero pasado. Hallar un proceso que revierta su calvario me dio aire nuevo. Por eso, he desarrollado una solución que creo, me permitirá volar. La ventana de mi oficina está abierta, y una vez que deje esta misiva en el correo, haré la prueba. Si todo sale como espero, el cielo de Buenos Aires y yo tendremos una cita, desafiando todas las leyes de la naturaleza, leyes que usted desafió, leyes que pudo quebrar. Pero la naturaleza es sabia, suelen decirnos, y es verdad. Porque así como quebramos sus leyes, ella nos puede quebrar a nosotros.

Deseo, por una última vez, hacer un desafío a esas leyes. La ventana me ofrece una oportunidad, y quiero aprovecharla antes de que el miedo me arrebate la única esperanza que me queda. Si en el anonimato de su invisibilidad escucha la noticia de que han visto un humano volando por los cielos de Almagro, sabrá que he triunfado y que, a diferencia suya, mis invenciones ya no pretenden ocultarme del mundo. Ya no, porque mi triunfo siempre será ser algo totalmente diferente a usted.