Gómez

— Gómez, venga para acá. — gritó el capataz de la obra, por el ventanal que daba al patio del edificio que se estaba construyendo en el barrio de Caballito.

Gómez observó, atónito, en dirección al capataz. Sabía que la obra estaba parándose porque, según le habían dicho, faltaban compradores y no había suficiente dinero en el fideicomiso. Esos rumores lo habían asustado en sueños la noche anterior, donde, recordaba, había vivido una experiencia similar a la que hoy le tocaba. El capataz gritando por la ventana, y él mirando hacia allí, en donde de repente sombras nefastas envilecían el paisaje, que se tornaba infernal. Él, en su sueño, se acercaba a la oficina, y allí le comunicaba un demonio terrorífico que no necesitaban más de sus servicios, que otra vez se había quedado sin trabajo.

— Gómez, le dije que venga, carajo. — gritó de nuevo, casi rabiosamente, el capataz, interrumpiendo de esta manera la ensoñación del viejo albañil.

Gómez empezó a caminar cansinamente hasta la oficinita improvisada tras ese ventanal que tenía el director de la obra, en donde estaba ahora el que él pretendía su verdugo laboral. En el camino, pensó en sus hijos; en Nery, su esposa; en doña Pocha, su mamá, que vivía con ellos porque era muy mayor y ya no podía valerse por ella misma. Pensaba en qué les diría si, de nuevo, se quedaba sin trabajo. Pensaba en que los desilusionaría de nuevo, en que le echarían la culpa a su alcoholismo, a pesar de que afirmaría, haciendo honor a la verdad, que hacía casi un año que no tomaba una copa de vino. Muy dentro suyo sabía que su familia lo quería, pero también sabía que su margen de error era escueto, que no había chance de perder este trabajo, más sabiendo que la situación, como la describían en los diarios y la televisión, era crítica, que quedarse sin trabajo era entrar en el candombe de los excluidos y tener que mendigar, por aquí o por allá, por un nuevo puesto.

Gómez seguía su caminata hacia esa oficina, que ahora tenía el peso de un confesionario, de un banquillo de acusados, y seguía pensando. Pensaba en sus limitaciones, en que no había terminado ni el primario a pesar de que gustar le gustaba mucho estudiar. También le gustaba jugar a la bolita con sus compañeros de la vieja escuela N.° 10, cambiar las pocas figuritas que podía conseguir jugando al chupi, en lo que muchos lo consideraban un campeón barrial. También recordó cuando don Eulogio, su padre, le dijo que estudiar no iba a servirle, que no podía seguir yendo al colegio porque la situación no daba para más y que necesitaba que empezara a trabajar a pesar de sus escuetos diez años. Y don Eulogio lo mandaba a vender pan casero por las calles de las barriadas obreras varelenses, sin premiarlo ante el éxito, pero sí castigándolo ante el fracaso de la venta total de los panificados. Recordó Gómez los cintazos en la espalda cuando volvía con panes sobrantes y ampollas en los pies de tanto caminar. Eran horas de deambular por los barrios, gritando “¡Pan caaaaaserooooo!” con una voz aguda, infantil, carente de fuerza. Ahí recordó también que los pesos de ganancias eran acaparados por don Eulogio, que con matemática doméstica tenía la hábil cualidad de repartir en iguales proporciones el dinero entre gastos del hogar, alimento y vino de mala calidad, que a esa altura era su compañero más leal.

Gómez se acordó cuando estaba a unos metros del despacho improvisado del diablo, donde lo esperaba su demonio más temido, el capataz, que doña Pocha se quemaba las manos amasando ese pan, que intentaba defenderlo cuando Eulogio, ciego de odio y de vino, le daba rebencazos en la espalda. Ahí los protagonistas del castigo se modificaban, Eulogio ya no dirigía el cinto hacia Gómez, sino que la destinataria era Pocha, que llorando le decía: “Andá a la pieza, hijito”. Ahí Gómez recordó todo: el castigo, el alcohol, el desprecio; cómo él en cierta medida hoy era su padre, cómo él no había podido ser nada más que un peón, que siempre había obedecido; que le falló a la Nery, porque si bien nunca le pegó, sí la maltrató, sí le mintió, sí la engañó con varias trabajadoras del amor numerosas noches en Constitución, sí la hizo sufrir llegando totalmente borracho más por semana que el número de veces que le hacía el amor en el mismo lapso de tiempo, durante veinticinco años de matrimonio. Le falló también a Dieguito y Efraín, a Lara y Nati, su prole, cuando les prometió que los iba a llevar a la costa y se gastó los ahorros juntados a tal efecto en vino, porque estar sin trabajo lo entristecía y conseguirlo le daban ganas de celebrar. Le falló a Pocha cuando le dijo que no iba a ser como Eulogio, cuando le dijo que jamás sería como “ese señor” que tanto mal les hizo y que tuvo la brillante idea de morirse de cirrosis, forzando a crear una suerte de empatía que hasta el momento de su muerte había sido un odio silencioso.

Pero Gómez ya no quería pensar, ya estaba en la puerta de la oficinita. Golpeó despacio, y cuando le dijeron “Pasá”, abrió suavemente aquella barrera que lo separaba de lo que él creía sería su pesadilla.

— Gómez — dijo el capataz — , como usted bien sabe, estamos medio parados con la obra. La plata no llega, y usted conoce bien la situación, pero lo queremos preservar porque viene trabajando bien. Este edificio se va a parar, pero usted, el Negro Giménez y Chaile van a seguir trabajando en el edificio que la empresa está haciendo en Puerto Madero. Ese sí se va a terminar. Tome la paga de esta semana por adelantado y, a partir de mañana, preséntese allá.

Gómez, timorato, se acercó a la mesa del capataz, agarró el dinero, agradeció y recordó que cerca del bar que frecuentaba en Plaza Constitución seguía atendiendo Barbarita, su amante ocasional, su puta favorita.