Vías de Escape

La mañana del feriado me sorprendió solo, algo que no era novedad. Había tenido un sueño que logró perturbarme, pero no podía recordar con nitidez. Sólo la imagen de una computadora reproduciendo una canción inexistente de Lou Reed a dúo con Ella Fitzgerald y un chico parecido a mí a los once años corriendo fue lo único que retuve como imagen mental.

A pesar de la ligera remembranza del sueño, esa imagen mía huyendo me había resultado familiar. Estuve toda la mañana pensando en el asunto. Finalmente, mientras preparaba el almuerzo, logré ubicar esa situación en tiempo y espacio. Había sido una evocación de un hecho vivido en mis años de primaria en el Santa Lucía, el colegio en el que cursé hasta quinto grado.

En aquel tiempo estaba perdidamente enamorado de Nadia, una de las mayores, ya que iba a sexto grado. Mis amigos no comprendían porqué me gustaba tanto.

- La linda de ese curso es Victoria, dejate de joder — solía decirme Ema, que por entonces era mi mejor y único amigo.

Independientemente de los dichos ajenos, el amor que profesaba por Nadia era militante. Me ponía en todos los recreos en el descanso de la escalera, que me daba una vista privilegiada al lugar donde ella intercambiaba risas con sus compañeras. Me encantaban sus pecas, estratégicamente distribuidas sobre su pálido rostro. Me encantaba su flequillo recto (fetiche que me acompaña al día de hoy). No puedo dar precisiones de si su cuerpo era tan lindo como se me presentaba su rostro, en ese entonces no me fijaba en en ese tipo de detalles. Pero sí recuerdo aquello que me encantaba de ella: unos ojos enormes, color café, decorados con pestañas bien largas y una mirada penetrante, capaz de perforar cualquier escudo. Malgasté decenas de recreos sumido en la más devota contemplación, hasta que un día sucedió algo mágico: ella me devolvió la mirada y sonrió. Atiné a bajar la cabeza y me di cuenta de que estaba sudando, que estaba más colorado que un tomate y que necesitaba huir de la situación. A los tropezones, me fui hacia el baño de varones del primer piso y me quedé ahí hasta que sonó la campana del recreo y volví corriendo desde el baño a mi pupitre. Nunca había enfrentado una situación así ¿Realmente Nadia me estaba mirando? ¿A mí, ese gnomo nerd, de anteojos y rulos? Sentí que me sofocaba, no podía concebir la idea de ser correspondido.

A la mañana siguiente, me dispuse a corroborar si el hecho de la noche anterior había sido un hecho fortuito, o de si realmente Nadia se había percatado de mi existencia.

Le había pedido a Ema que me haga el favor, que me acompañe a pararme en el descanso de la escalera. Lo compré diciéndole que Nadia era amiga de esa tal Victoria, que en una de esas ella se fijaba en él, y le prometí la mitad de un pebete de jamón y queso que iba a comprar con el peso que día a día me daba mi abuelo para gastar en el colegio.

Ni bien sonó la campana, salimos y nos quedamos en el descanso, como esperando un milagro. Unos minutos después, Nadia y sus amigas llegaron a su rincón, el lugar que de alguna manera misteriosa se habían ganado en el patio. Y allí se repitió la secuencia: ella, de repente, mira hacia la escalera, me asalta con sus ojos gigantes y sonríe. Y no sólo sonrió, esta vez levantó un poco su mano derecha, saludó con un gesto y el “Hola” más melodioso que recuerdo al día de hoy. Fue la primera vez que escuchaba su voz. Estaba plagada de musicalidad, era perfecta para mí.

Mi reacción camaleónica no se hizo esperar, muté de la palidez que me caracterizaba a un rojo furioso, y volví a correr hacia el aula.

- Ya está, gusta de vos, Eze — me gritaba Ema, mientras saltaba a mi alrededor, festejando el logro.

- Callate, bobo. Es imposible, te debe haber saludado a vos — le dije, mintiéndome y mintiéndome. Era claro quien era el destinatario de aquel Hola.

Ahora tenía la certeza, ella sabía que existía, y me consideraba humano, me saludaba. Pero ¿qué tenía que hacer yo con eso? No podía evitar enrojecer cada vez que me miraba.

Parecía que esa situación se repetiría ab eternum: mirarla desde mi lugar, ella intentando saludarme y yo huyendo despavorido. No fue hasta dos meses después que, esperando la salida de mi hermano menor, sentí que me tocaban el hombro. Me dí vuelta atemorizado, y mi miedo se hizo realidad. Ahí estaba Nadia, más hermosa que nunca pero con un rostro severo, me dijo “Quiero hablar con vos”.

Al día de hoy no puedo explicar porqué, pasaron muchos años pero sé que allí se inició una tradición en mi vida, que denomino la “vía de escape”. Cuando una situación me afecta, o no puedo resolverla, huyo, desaparezco. La comodidad de convertirme en un fantasma.

En ese momento, con Nadia ante mí, sentí que me meaba encima. Casi no podía respirar y, sin responderle, me eché a correr. Llegué a la casa de mi abuela, que estaba a tres cuadras del colegio, habiendo dejado sólo a mi hermano de siete años en esperándome a la salida del tercer grado. En ese momento no me importó nada más que yo: Me encerré en el baño y lloré. Lloré desconsoladamente. Estaba seguro de que había perdido la oportunidad de mi vida. Sí, a los once años había renunciado a la oportunidad de mi vida. Todo lo que vendría después carecería de sentido. Nadia se habría dado cuenta en mi actitud cobarde de que era un pelotudo de dimensiones colosales. Renunciaría a dedicarme sus musicales hola desde la distancia, y si había algo parecido a gustarle en el ambiente, yo solito me había ocupado de asesinarlo.

A partir de ese momento, cada día de colegio fue una tortura. Estaba a las sombras, escapando de las miradas de todos, porque sí, sentía que todo el colegio sabía que era el pibe más boludo del Instituto. Me la pasaba encerrado en el baño los diez minutos, con Ema en la puerta insistiendo en que salgamos, que no pasaba nada, que nadie sabría de mí y otras consolaciones.

Afortunadamente, una semana después, se inauguró la pequeña biblioteca del Santa. Ya no tendría que refugiarme entre grafittis pornográficos, el humo del tabaco de los alumnos mayores y soretes ajenos. Allí, entre los estantes de la biblioteca, me escondería de la frustración y descubriría otro amor incondicional, los libros. Me pasaba los dos recreos en una pequeña silla, ignorando a Ema y leyendo los volúmenes de “Elige tu propia aventura”. Ahí era más sencillo adoptar decisiones heroicas, terminaran bien o mal. Jamás elegía la opción de “huir despavorido”, porque para eso estaba la vida real.

Pasé los últimos cuatro meses de aquel año escolar encerrándome entre textos. Nadia era una memoria amarga, el no verla, el haber impedido cualquier posibilidad de contacto, me habían permitido digerir el mal trago. Ella tampoco había intentado contactarme, intuyo que mi imbecilidad la había espantado.

Al año siguiente me cambiaron de colegio, empezando mi camino en la escuela pública. Los noventas habían sido duros, ya no podíamos darnos el lujo de la educación privada. Atrás quedaron Nadia, Ema y a la biblioteca del Santa, el refugio de mi primera frustración.