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Soy muy mayor, lo sé. A muy poca gente que me lea le sonará un programa de la antigua TVE en blanco y negro, La Clave, presentada por José Luis Balbín. Una película que se veía antes del debate era la excusa para tratar un tema, y el diálogo posterior era reposado, sin interrupciones, con intervenciones educadas, o al menos ese es el recuerdo que me ha quedado. Cuando hoy veo cualquier debate en mi pantalla plana y a todo color, sea a la hora que sea, cualquiera que sea el tema, con personajes de lo más variopintos, todos los debates, repito, todos, son un gallinero con hambre. Hace unos años bauticé esa transformación como “el efecto Crónicas Marcianas”, aquel late night donde todos discutían a la vez, donde se insultaban y descalificaban, donde nadie escuchaba a nadie que no fuera él mismo. Se han intentado evitar semejantes jaurías con sistemas diversos, ya fuera un moderador brutal o un apagado o bajada de micrófonos al cabo de cierto tiempo, pero nada ha funcionado y se ha impuesto la ley que más nombran en el pueblo de mi ama: “El que más chifle, capador”.

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Desde niño siempre he sido un discutidor nato, un polemista a ultranza, un tocapelotas con diploma, pero sé cuáles son las reglas del juego en un debate entre iguales y las respeto. He asistido a muchos, algunos cronometrados (¡ay, estos smartphones y sus inventos!) o férreamente moderados, otros controlados por los codazos de tus compañeros de asiento, y hasta unos pocos que han acabado a tortas, pero creo que tendríamos que volver al sosiego, a escuchar a la otra persona con respeto y rebatirle sus argumentos con los nuestros. Creo que habría que reeducar a nuestra gente menuda para hablar en público respetando a los demás y no caer en lo que vemos hasta en el magno Congreso de diputados (y diputadas), con improperios o ruidos de manotazos y pataleos. Si los padres y madres de la Patria dan ese espectáculo lamentable no nos quejemos de Sálvames diversos, de broncas de sabihondos el sábado por la noche, de Gran Hermano a gritos, de debates políticos que acaban como el rosario de la aurora. ¿Estaremos a tiempo?

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Antimilitarista, bilbaino, irakaslea, geek, microbiólogo, euskaldun y procrastinador. Bastante ácrata e idealista. Naturazalea eta mendizalea.

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