Sapiens, un libro imprescindible.

Esto es un anzuelo para que leáis un libro que me está encantando, Sapiens, de animales a dioses, de Yuval Noah Harari. Cuenta la evolución de nuestra especie desde los primates hasta nuestros días, se lee fácil, plantea cuestiones muy jugosas y la que os traigo es el inicio del capítulo 8, el que habla de la justicia versus injusticia en la historia. A mis amistades muy concienciadas en lo político les va a encantar, al resto también. Ahí va:

No hay justicia en la historia

Comprender la historia humana en los milenios que siguieron a la revolución agrícola se resume en una única pregunta: ¿cómo consiguieron los humanos organizarse en redes de cooperación masivas cuando carecían de los instintos biológicos para mantener dichas redes? La respuesta, a grandes rasgos, es que los humanos crearon órdenes imaginados y diseñaron escrituras. Estos dos inventos llenaron las lagunas que había dejado nuestra herencia biológica.

Sin embargo, la aparición de estas redes fue, para muchos, una bendición dudosa. Los órdenes imaginados que sustentaban estas redes no eran neutros ni justos. Dividían a la gente en grupos artificiales, dispuestos en una jerarquía. Los niveles superiores gozaban de privilegios y poder, mientras que los inferiores padecían discriminación y opresión. El Código de Hammurabi, por ejemplo, establecía una jerarquía de superiores, plebeyos y esclavos. Los superiores tenían todas las cosas buenas de la vida, los plebeyos lo que sobraba y los esclavos recibían una paliza si se quejaban.

A pesar de su proclamación de la igualdad de todos los hombres, el orden imaginado que los americanos fundaron en 1776 también establecía una jerarquía entre los hombres, que se beneficiaban de él, y las mujeres, a las que dejaba sin autoridad. Asimismo, creó una jerarquía entre los blancos, que gozaban de libertad, y los negros y los indios americanos, que eran considerados humanos de un tipo inferior y, por lo tanto, no compartían por igual los derechos de los hombres. Muchos de los que firmaron la Declaración de Independencia eran dueños de esclavos. Y no liberaron a sus esclavos después de firmar la Declaración, ni se consideraban hipócritas. En su opinión, los derechos de los hombres tenían poco que ver con los negros.

El orden americano consagraba asimismo la jerarquía entre ricos y pobres. La mayoría de los americanos de la época no tenían ningún problema con la desigualdad causada por el hecho de que los padres ricos transmitían su dinero y sus negocios a los hijos. En su opinión, la igualdad significaba simplemente que las mismas leyes eran de aplicación a ricos y pobres. No tenía nada que ver con los beneficios de desempleo, la educación integrada o el seguro de enfermedad. También la libertad tenía connotaciones muy distintas de las que posee hoy. En 1776, esto no significaba que los que carecían de autoridad (ciertamente, no los negros o los indios, o, ¡Dios no lo quiera!, las mujeres) podían conseguirla y ejercerla. Quería decir, simplemente, que el Estado no podía, excepto en circunstancias inusuales, confiscar la propiedad privada de un ciudadano o decirle qué hacer con ella. El orden americano, por lo tanto, defendía la jerarquía de la riqueza, que algunos creían que era ordenada por Dios y otros creían que representaba las leyes inmutables de la naturaleza. La naturaleza, se afirmaba, premiaba el mérito con la riqueza al tiempo que penalizaba la indolencia.

Todas las distinciones mencionadas anteriormente (entre personas libres y esclavos, entre blancos y negros, entre ricos y pobres) se fundamentan en ficciones. (La jerarquía de hombres y mujeres se analizará más adelante.) Pero es una regla de hierro de la historia que toda jerarquía imaginada niega sus orígenes ficticios y afirma ser natural e inevitable. Por ejemplo, muchas personas que han considerado que la jerarquía de personas libres y esclavos es natural y correcta aducían que la esclavitud no era un invento humano. Hammurabi consideraba que la habían ordenado los dioses. Aristóteles afirmaba que los esclavos tenían una «naturaleza servil», mientras que las personas libres tenían una «naturaleza libre». Su nivel en la sociedad es simplemente un reflejo de su naturaleza innata.

Si preguntamos a los supremacistas blancos acerca de la jerarquía racial, obtendremos una lección pseudocientífica sobre las diferencias biológicas entre las razas. Es probable que se nos diga que hay algo en la sangre o los genes de los caucásicos que hace que los blancos sean por naturaleza más inteligentes, más morales, más trabajadores. Si preguntamos a un capitalista empecinado sobre la jerarquía de la riqueza, es probable que oigamos que es el resultado inevitable de diferencias objetivas en las capacidades individuales. Según esta idea, los ricos tienen más dinero porque son más capaces y diligentes. Por eso, a nadie debería preocuparle que los ricos reciban una mejor asistencia sanitaria, una mejor educación y una mejor nutrición. Los ricos merecen ricamente todas y cada una de las ventajas de las que gozan.

Los hindúes que son fieles al sistema de castas creen que hay fuerzas cósmicas que hicieron que unas castas sean superiores a otras. Según un famoso mito creacionista hindú, los dioses modelaron el mundo a partir del cuerpo de un ser primigenio, el Púrusha. El sol fue creado a partir del ojo del Púrusha, la luna a partir del cerebro del Púrusha, los brahmanes (sacerdotes) de su boca, los chatrias (guerreros) de sus brazos, los vaishias (campesinos y mercaderes) de sus muslos, y los shudrás (criados) de sus piernas. Si se acepta esta explicación, las diferencias sociopolíticas entre brahmanes y shudrás son tan naturales y eternas como las diferencias entre el Sol y la Luna. Los antiguos chinos creían que cuando la diosa Nü Wa creó a los humanos a partir de la tierra, amasó a los aristócratas a partir de fino suelo amarillo, mientras que los plebeyos fueron formados a partir de barro pardo.

Pero hasta donde sabemos, todas estas jerarquías son producto de la imaginación humana. Brahmanes y shudrás no fueron creados realmente por los dioses a partir de diferentes partes del cuerpo de un ser primigenio. Por el contrario, la distinción entre las dos castas fue creada por leyes y normas inventadas por humanos en el norte de la India hace unos 3.000 años. Contrariamente a lo que decía Aristóteles, no hay diferencias biológicas conocidas entre los esclavos y las personas libres. Las leyes y las normas humanas han convertido a algunas personas en esclavos y a otras en amos. Entre negros y blancos hay algunas diferencias biológicas objetivas, como el color de la piel y el tipo del pelo, pero no hay pruebas de que las diferencias se extiendan a la inteligencia o a la moralidad.

La mayoría de las personas afirman que su jerarquía social es natural y justa, mientras que las de otras sociedades se basan en criterios falsos y ridículos. A los occidentales modernos se les enseña a mofarse de la idea de jerarquía racial. Les sorprende que haya leyes que prohíban a los negros vivir en barrios de blancos, o estudiar en escuelas para blancos, o ser tratados en hospitales para blancos. Sin embargo, la jerarquía de ricos y pobres, que ordena que la gente rica viva en barrios separados y más lujosos, que estudien en escuelas separadas y más prestigiosas y que reciban tratamiento médico en instalaciones separadas y mejor equipadas, les parece perfectamente sensata a muchos norteamericanos y europeos. No obstante, es un hecho comprobado que la mayoría de las personas ricas lo son por el simple hecho de haber nacido en el seno de una familia rica, mientras que la mayoría de las personas pobres seguirán siéndolo durante toda su vida simplemente por haber nacido en el seno de una familia pobre.

Lamentablemente, las sociedades humanas complejas parecen requerir jerarquías imaginadas y discriminación injusta. Desde luego, no todas las jerarquías son idénticas desde el punto de vista moral, y algunas sociedades padecieron niveles de discriminación más extremos que otras, pero los estudiosos no conocen ninguna sociedad grande que haya podido librarse totalmente de la discriminación. Una y otra vez, la gente ha creado orden en sus sociedades mediante la clasificación de la población en categorías imaginadas, como superiores, plebeyos y esclavos; blancos y negros; patricios y siervos; brahmanes y shudrás, o ricos y pobres. Todas estas categorías han regulado las relaciones entre millones de humanos al hacer que determinadas personas fueran superiores a otras desde los puntos de vista legal, político o social.

Las jerarquías cumplen una importante función. Permiten que personas totalmente desconocidas sepan cómo tratarse mutuamente sin perder el tiempo y la energía necesarios para ser presentados personalmente. En Pigmalión, de Bernard Shaw, no es necesario que Henry Higgins trabe un conocimiento íntimo con Eliza Doolittle para comprender cómo debe relacionarse con ella. Solo con oírla hablar, Higgins sabe que ella es un miembro de la clase baja con el que puede hacer lo que le plazca; por ejemplo, usarla como instrumento en su apuesta de hacer pasar a una florista por una duquesa. Una Eliza moderna que trabaje en una floristería tiene que saber cuánto esfuerzo ha de poner a la hora de vender rosas y gladiolos a las decenas de personas que entran cada día en la tienda. No puede hacer una encuesta detallada de los gustos y el bolsillo de cada individuo. En lugar de eso, emplea pistas sociales, la manera en que viste una persona, su edad y, si no es políticamente correcta, el color de su piel. Así es como ella distingue inmediatamente entre el socio de una empresa de contabilidad que es probable que haga un encargo importante de caras rosas y el chico de los recados que solo se puede permitir un ramillete de margaritas.

Desde luego, las diferencias en capacidades naturales también desempeñan su papel en la formación de distinciones sociales. Pero estas diversidades de aptitudes y carácter están mediadas normalmente por jerarquías imaginadas. Esto ocurre por dos causas importantes. Primera y principal, la mayoría de las capacidades han de cuidarse y desarrollarse. Incluso si alguien nace con un talento concreto, por lo general dicho talento permanecerá latente si no se promueve, se refina y se ejercita. No todas las personas tienen las mismas posibilidades de cultivar y refinar sus capacidades. Por regla general, que tengan o no dicha oportunidad dependerá del lugar que ocupen en la jerarquía imaginada de su sociedad. Harry Potter es un buen ejemplo de ello. Apartado de su familia de magos distinguidos y criado por personas ignorantes que no son magos, llega a Hogwarts sin ninguna experiencia en el arte de la magia. Le harán falta siete libros para obtener el dominio de sus poderes y el conocimiento de sus habilidades únicas.

Segunda, aun en el caso de que personas pertenecientes a clases diferentes desarrollen exactamente las mismas capacidades, es improbable que disfruten del mismo éxito, porque tendrán que jugar la partida con reglas distintas. Si en la India gobernada por Gran Bretaña un intocable, un brahmán, un irlandés católico y un inglés protestante hubieran desarrollado, de alguna manera, exactamente la misma perspicacia para los negocios, no habrían tenido la misma oportunidad de hacerse ricos. El juego económico estaba arreglado con restricciones legales y techos de cristal no oficiales.

TACHÁN!

El libro sigue luego con las diferentes discriminaciones que en el mundo son y han sido, que si por religión, por color, por género(esta parte es muy interesante). No os lo perdáis, de verdad. El siguiente que va a caer es Homo deus, del mismo autor.

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