Vago

3. adj. Impreciso, indeterminado.

Durante hora y media intenté convertir una ve corta en una a. Usé pedazos de una zeta, la viborita de una eñe. No funcionó. Era parecida pero no servía puesta en fila con las otras que formaban la palabra, un nombre. El invento era inútil, aunque apoyado sobre el cuero negro del asiento de la camioneta tuviera todas las cualidades de una a hecha y derecha. Enseguida empezó a oscurecer y estaba tan lejos de la partida como de la llegada, el cronograma no incluía tiempo para manualidades. Supongo que porque nadie previó que uno podría olvidarse debajo de una cama el paquete de letras fosforescentes o refractarias o como sea que se llame el tratamiento que hace que cuando un auto avanza con sus luces encendidas los carteles de la ruta le muestren la brillante variedad de opciones entre las que el piloto debe encontrar la respuesta a esa pregunta que se está haciendo. El protocolo no suele tomar en cuenta la estupidez corriente. Sí una imbecilidad más brutal, definitiva. Es decir, si me apuro, pierdo el control sobre la escarcha y vuelco la camioneta al costado de una de estas rutas desoladas, me desangro, me pudro y me comen los chimangos, seguro que está pautado el modo en que la empresa debe responder ante quien sea que reclame. Si suponemos, tan optimistas somos, que algún tiempo después de que desaparezca (por ahí semanas, un par de meses) alguien irá a golpear la puerta para preguntar por mí.

Se hizo de noche. Prendí las luces y el cartel respondió lo mismo que cuando llegué. Faltaban cien, trescientos y pico y quinientos sesenta y algo de kilómetros para Las Sierras, Dos Manantiales y San Juli´n (la a se había perdido pero el tilde seguía ahí, estoico y un poco ridículo, sobre el espacio vacío). Fue el momento de decidir si avanzar un par de horas hasta un hotel mugriento y desvencijado o retroceder un par de horas hasta un hotel mugriento y desvencijado en el que había olvidado las letras. En lugar de eso copié: “Escogía Un cuento de navidad en lugar de Historia de dos ciudades. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido”. Cerré mi cuadernito de citas, lo guardé en la guantera con el libro, la linterna y una bolsa de caramelos media hora, puse la camioneta en marcha y, después de girar en u barriendo con las luces largas campos grises y alambrados intermitentes aceleré sobre las dos líneas amarillas en contra de lo que había avanzado durante el día.


Desde el estacionamiento se veía una cabeza volcada sobre el mostrador. Tenía dos hebillas rojas y una trenza larga que viboreaba entre papeles con anotaciones, facturas de servicios y un par de marcadores. Roncaba apenas, debía tener ocho años, no más. Me pareció imperdonable despertarla, romper esa imagen delicada con una tos impostada o tropezando a propósito. ‘De tan frágil, invencible’, decía la frase del sobre interno de un disco de Pez. Como una vaquita de san antonio, su superpoder era el desamparo. ¿Quién se metería con algo tan débil? Los gorriones desayunan vaquitas de san antonio, el viejo entró rengueando a mis espaldas y el crujir de las tablas del piso la despertó. Me habló sin atemperar siquiera un poco el tono de su voz: “Puede usar la misma habitación que anoche. Está tal como la dejó. La mucama viene una vez por semana, en esta época no suele haber viajeros por acá”. Sacó de su bolsillo una llave, la puso en mi mano y siguió caminando. La nena me miró, combinó una inhalación profunda con un bufido leve y volvió a recostarse.

En la alfombra estaban las letras. Un paquete enorme. Es posible que lo hubiera olvidado sólo para no tener que cargarlo. Por lo menos no en ese momento. En la tele encontré una película que había visto mil veces. Un chico que quiere ser periodista y que de repente lo consigue. Todo lo lindo y bueno que después es malo y jodido y al final ni muy muy ni tan tan. Escribí: “Debería contar la historia de Ñ. Digo mejor: contar mi historia a partir de Ñ, los años juntos y todo lo que pasó después. O por ahí: admitir mi historia posterior a Ñ como una órbita alterada apenas por alejamientos espásticos que no hicieron otra cosa que subrayar su presencia”. Releí, me dije que era importante haber escrito esa última línea, que algo podía empezar a cambiar a partir de ahí. Me dormí y soñé con dos chicos que iban de la mano. Uno era yo, al otro no lo reconocí.


Una frenada se metió por la ventana, rebotó contra las paredes y después de un par de sacudones me sacó del sueño. La luz del sol castigaba la cama, estaba enroscado en la esquina que seguía en la sombra, me levanté con la sensación de que no podía aguantar un segundo más en esa posición. Por el calor que hacía supuse que la hora ideal para empezar la jornada se me había escapado por un rato largo. En cinco minutos pasé por el baño, junté los documentos, las llaves, levanté el paquete y salí.

El comedor estaba vacío, como el resto del hotel y como la ruta, el campo, todo el planeta que se veía por las ventanas. Me senté en la única mesa que no tenía cosas apoyadas encima (ni un televisor apagado, ni un embrollo de sábanas y toallas y ropa, ni una pila de diarios viejos). Diez minutos después apareció la chica de hebillas y trenza larga de la noche anterior. Avanzaba con pasos cortos y no sacó su mirada marrón oscuro de mis ojos hasta que llegó y me preguntó en qué podía ayudarme. Sentado en la mesa de un comedor, no me pareció que fuera a sorprenderla si le pedía un café con leche y un tostado. Dijo que no podía hacer nada, me pidió que dejara la llave de la habitación, dio media vuelta y se fue.


Aceleré sin prestar atención a las omisiones que hubiera cometido el día anterior y en un par de horas llegué al cartel que había abandonado sin arreglar. En el espacio vacío ahora había una A que reflejaba el sol como un espejo, un entramado perfecto de pedazos de autoadhesivo plateado. Había que acercarse, casi tocarlo, para descubrir que era un rompecabezas. Las normas dicen que tenía que arrancarlo y poner en su lugar una de las letras que traía conmigo. No lo hice, quedó un cartel diferente a los cientos que había reparado y a los miles que esperan abandonados a los costados de rutas por las que ya casi nadie pasa.

Unos kilómetros más adelante, en la banquina, un hombre dormía bajo una montaña de frazadas. Me costó despertarlo aunque cuando frené lo salpiqué con algunas piedras y una nube de polvo lo volvió invisible por un rato. Cuando abrió los ojos, que inmensos y azules resaltaban entre las arrugas, el pelo enredado y la barba cubiertos de tierra, me saludó con palabras que no entendí. Se levantó, cargó sus cosas en la parte de atrás de la camioneta y se sentó sin decir más. Al rato me preguntó a qué me dedicaba y yo le pregunté qué hacía ahí. Me dijo que había encontrado un cartel al que le faltaba una letra y lo había arreglado porque no quería que nadie se perdiera. Siempre me trató de usted, o por lo menos siempre que entendí lo que decía. No respondía a mis preguntas pero hacía pausas para que pudiera hacerlas. Habló un par de horas. Hacía años, ya no sabía cuántos, que recorría las rutas. Me reí cuando me explicó cómo decidía si seguir o parar, si girar para tal o cual lado, si volver o avanzar y eso lo ofendió. Tuve que frenar, se bajó, caminó unos kilómetros, lo perseguí, lo pasé, lo esperé, siguió de largo, lo volví a perseguir, se subió, me insultó y se durmió. Pensé en Carla, en el colegio, esa tarde en que le pareció que aplaudí de más a Ale cuando entró al salón de actos con la bandera de ceremonias, un día del estudiante o nueve de julio, y en las cinco horas de charla/pelea/charla/pelea/pelea/pelea/charla/pelea/besos/pelea /pelea/besos que siguieron.


La cosa era así: caminaba por el costado de la banquina hasta que alguien paraba y le ofrecía llevarlo (‘antes pasaba poco, era casi imposible. Ahora somos menos y casi todos los que me ven frenan’). Si subía o no lo decidía por factores extraños (‘a esta camioneta me subí porque tiene la puerta del acompañante abollada’). Y adaptaba su plan al destino de quién lo levantaba, pero también a otras circunstancias (‘¿nunca evocó un recuerdo que hacía años había olvidado? ¿O vio en la forma de una piedra una sombra conocida? ¿O reconoció en la mirada de un caballo o una liebre los ojos sombríos de su padre la noche en que le contó que los exámenes médicos no le habían salido del todo bien? Cuando algo de eso irrumpe, no puedo dejarlo ir. Nadie debería. Hay que tomar la señal y hacer algo con ella’).

En algún momento hizo una pausa larga y me pidió que le cuente algo de mí. Me interrumpió rápido. ‘No de lo que hizo, no me hable de lo que pasó porque lo va a falsear. Dígame qué quiere, adónde va, qué espera’. No contesté, seguí manejando. Me miraba, yo seguía con los ojos en la ruta. Dejé pasar un cartel destrozado a balazos, dos o tres con letras perdidas y uno colgado de un parante, torcido, inútil.

Anochecía cuando llegamos a una rotonda. ‘Acá me bajo, está muy bien’, dijo. Le expliqué que iba a pasar la noche en el pueblo (tres calles, diez casas, una farmacia, una plaza y una habitación en alquiler). ‘Yo no, no tengo tiempo, sigo viaje. No puedo distraerme, me esperan más adelante’.


Se veían unos garabatos de tinta roja en la punta de un papel doblado al medio sin ganas que estaba apoyado sobre la frazada gris. En algún momento hacerle llegar una carta a alguien fue un anacronismo romántico. La primera vez que encontré un mensaje de estos en una cama parecida a la de hoy, en una habitación parecida a la de hoy, en una noche tan parecida a la de hoy me despertó cierta melancolía. Después, a fuerza de repetirse, el pedazo de papel sobre la cama dejó de cargar cualquier idea que no sea la de atestiguar la decadencia de la empresa (supongo que también de la provincia, el país, la galaxia).

La comunicación empezó a resentirse mucho tiempo atrás. La caída pareció lenta, como si hubiera llevado menos tiempo que el desarrollo que fue como una explosión. Pronto pasamos de usar teléfonos públicos en los pueblos a camionetas conectadas, reportes instantáneos, pedidos que se resolvían en el día. Esa estructura se resquebrajó durante años, un proceso casi subterráneo. Las funciones fueron cayendo de a una y seguíamos esperando recuperarlas cuando los aparatos dejaron de servir para algo. Así llegamos (volvimos) a las notas sobre las camas, los mensajes en parrillas o estaciones de servicio y salir a la ruta fue otra vez lo que alguna vez había sido. Piedras, viento y soledad sin lo mullido de la conexión.

Los trazos rojos no traían ninguna novedad, apenas un repaso del itinerario por venir, nada que alterara la rutina. En cada parada un listado parecido que reforzaba la idea de que el circuito era eterno. Arreglar algo que siempre se está rompiendo por un costado distinto.

Repasé sin leer la nota. Todo normal. Me acomodé en la cama y traté de leer pero me aburría, busqué los cuadernos, revisé las últimas páginas. Leí varias veces lo último que había escrito. Me pregunté por qué había tardado tanto en llegar ahí, cómo podía ser. Años en la ruta, en habitaciones mugrosas. Años sin radios, televisiones, compañía. Ahora, recién ahora, al fin ahora, había aparecido Ñ.


Empecé a escribir en cuadernos una noche en que rompí dos cubiertas de la camioneta. Esperé hasta la mañana en una estación de servicio sobre una ruta cerca del mar. ‘Si pensar frases baratas fuera un deporte, debería federarme con urgencia’, escribí en el centro y en un margen, con la letra más chiquita de la que fui capaz, lo primero que pensé esa noche: ‘Hay poco para ver, voy a mirar para adentro’. Mientras esperaba el auxilio compré un cuaderno oficio, de hojas cuadriculadas y dibujé una camioneta con ruedas gigantes, dos emparchadas como con curitas. Lo pintaba cuando escuché que alguien buscaba al dueño de la camioneta pinchada. El dibujo trajo la solución al problema igual que en una película vieja. A diferencia de la solución de la tele, la mía tenía rulos de pelo engrasado sobre la cara y una camisa dos talles más chica de lo recomendable. Sirvió igual.

Los dibujos desaparecieron de a poco y un par de cuadernos después sólo había un continuado de letras, mezcla de imprenta y cursiva, combinación de biromes rojas, verdes y negras. Primero describía lugares, contaba hechos triviales. Una noche fría, en un bar en Puerto Deseado, descubrí lo que era obvio, que le hablaba a alguien, que no era un diario, que no eran relatos sueltos. Escribía para compartir mi rutina como si me sentara a tomar un té al llegar a casa y describiera esa serie de obstáculos más o menos bien sobrellevados que suele ser la jornada de trabajo, mientras en una olla hirviesen salsa y lentejas. Era lo mismo pero sin comida, ni olor a comida, ni otro que escuche.


Miraba el cielo raso, un blanco imperfecto con marcas de haber cedido a más de una lluvia, y pensé en el tiempo que había pasado desde la última vez que la vi. Intenté asociar la aparición a un hecho, ¿qué cosa hizo que volviera a pensar en Ñ? No lo logré pero tampoco me importaba. Había pensado, había aparecido, eso alcanzaba. Puede que el tiempo transcurrido tuviera la misión de evitar caer en relatos bobos de nimiedades, de la cosa real. Ñ y yo en una pelea por poner kétchup en un plato de batatas fritas o por tomar la entrada equivocada a la ciudad un domingo a la tarde. Supongo que confiaba en que los recuerdos concretos se disiparían con el tiempo y así podría encontrar, cepillando los restos, algunas certezas envueltas en ámbar.

Retomé la intención de hablar de Ñ y traté de escribir. Volvieron preguntas viejas, apenas reformuladas. ‘¿Será que el amor se repite, se deforma, se reforma o será que aparece una vez y después sólo queda esta búsqueda circular entre ruinas?’. Un dolor punzante surgió desde un lugar indefinido de mi cuerpo y dejé de escribir. No era el fósil que buscaba, por ahí sí el que podía aguantarme.


Hice un cálculo rápido, tuve en cuenta las variables que podían influir en la conservación, transporte y venta de ajíes y tomates, frescos y secos. Le expliqué que nuestro patrullaje rutero podía servirle y sugerí que si iba a la ciudad se comunicara con la empresa, no están los tiempos como para que nadie deje ir la oportunidad de hacer un negocio. Anoté algunos números con lápiz sobre una hoja cuadriculada y le mostré las ganancias que podía generar si contactaba a almacenes de dos o tres pueblos cercanos. Cuando dejé de hablar agachó la cabeza, la sacudió apenas, cerró los ojos y parecía que trataba de abrirlos tironeando los párpados con las cejas que acercaba cada vez más a lo que le quedaba de pelo. Resopló, como resignado, y después dijo con voz calma y firme.

— Usted no entiende, mi amigo. Yo como lo que necesito, el resto lo guardo.

El viejo se hamacaba en un banco de madera, sostenía el equilibrio sobre dos de las patas mientras con una aguja atravesaba los cabos de unos ajíes chiquitos. Los tenía en una canasta. Había verdes, rojos y anaranjados. Los intercalaba y después colgaba las ristras donde terminaba la galería para que el sol de la tarde se fuera encargando. Me explicó que el proceso de secado era sencillo. Intemperie, evitar la humedad, el sol hace el resto. A los tomates los cortaba en octavos y los dejaba sobre una esterilla, desde la ruta resaltaban los cuadrados rojos entre tanto gris ceniza de campo muerto.

— La clave está en el primer corte, en clavar el cuchillo en el lugar exacto. Hay que evitar lastimar la pulpa, eso arruina un tomate, un ají, lo que sea. Mejor se apura, parece que viene tormenta. Si tiene ganas haga una cosa, cuando llega a la salida del cañadón va a ver un camino de piedras, le aconsejo que lo siga, son unos kilometritos nomás. ‘Vaya y lleve esto por mí’, dijo, señaló una caja y enseguida siguió entramando ajíes.


Esa orden mal disfrazada de sugerencia me hizo pensar en mi padre, busqué algo que había escrito sobre él unos meses atrás cuando frené para registrar un cartel ausente (el mejor de los problemas, una señal de la que no han dejado nada no es reparable. Hay que asentar la pérdida para que en un nuevo viaje, uno que puede que no suceda nunca, alguien traiga una nueva). Era un cuento de mi infancia, de un día del niño en el que habían traído a la plaza del barrio un tobogán enorme, nos teníamos que sentar en un pedazo de alfombra para tirarnos. Yo temblaba un poco mientras esperaba entre mis excitados compañeros de caída. Había hecho más de una cuadra de cola y cuando empezaba a subir la escalerita de hierro, ahí donde la fila se hacía de a uno y sólo quedaban a la vista las zapatillas sucias y las medias de Platense del que subía adelante, apareció mi viejo. Barba de tres días, pelo canoso, en camiseta.

— Sé que estás cagado pero no trates de frenarte. No quieras controlar la velocidad ni la dirección. Largate, nos vemos al final.

A mitad de la bajada sentí que me iba de costado, apoyé una mano en el tobogán y la tarde se fundió en un ardor insoportable. Dijeron que podría haber sido grave, que después rodé y pudo pasar cualquier cosa. Recuerdo las curaciones de mi madre, su tos cuando se quedaba sin aire por aliviarme a soplidos los raspones. Un par de días después, él se sentó al lado de mi cama.

— Ya estás mejor, no fue para tanto. Mejor un golpe a tiempo que ser un boludo de por vida.


La caja que me dio el viejo tenía escrito: “Hija: unos tomates para acompañar esas truchas que espero sigas cocinando tan ricas como siempre”.

En la salida del cañadón tomé el desvío de piedras, siete kilómetros más adelante encontré una cabaña de madera que parecía abandonada. Empezaba a oscurecer cuando se acercó por el camino una mujer con el pelo enmarañado y un balde en cada mano.


Veinte o treinta libros apilados dentro de un hogar a leña, apenas un par de novelas entre textos sobre caza, pesca y técnicas de ahumado. Ella estaba en la cocina. Ya se había sacado el enterito impermeable y las botas amarillas, ese uniforme que le sobraba por todos lados. Me pidió disculpas por su apariencia, dijo que hacía días que estaba esperando esa lluvia que parecía que ahora sí estaba a punto. Preparó tés con ramitas que guardaba en frascos de vidrio en un estante sobre la mesada de madera oscura, los llevó al living, se dejó caer sobre uno de los almohadones que había en el piso y me invitó a acompañarla.

Me miraba en silencio, eran tan lindos esos rulos desordenados apuntando a cualquier lado que daban ganas de mandar a clausurar todas las elvives, sedales o lo que sea que todavía existiesen. La taza, el humo, las ramitas y sus ojos hundidos. Le hablé del hombre de los ajíes y los tomates, del paquete que estaba todavía en la camioneta. Sabía que era su padre pero no se lo dije, pensé que ella me lo iba a aclarar. No lo hizo. No dijo nada. Me miraba. Entonces seguí hablando, le conté sobre mi trabajo y teoricé sobre qué lleva a un hombre a pasar tantos años en la ruta. Dije cosas que mil veces taché en mis cuadernos. Ideas sonsas, frases hechas. Lo que para mí era tonto, ella no lo rechazaba. Tampoco es que pareciera entusiasmada. Escuchaba, miraba y tomaba lento el té.

Busqué los cuadernos y le mostré fotos, le dije que me gustaba copiar frases de libros que por algún motivo me hubieran llamado la atención, leí algunas. Cuando me callé, me preguntó por la ciudad. Todos sospechábamos qué pasaba también allá pero nadie quería escuchar al respecto así que respondí trivialidades y el tema se agotó enseguida.

Tarde, ya de madrugada, se paró, me dijo que tenía que descansar, que podía acostarme en la habitación de su hijo. Señaló una puerta y me despidió con un abrazo firme y breve. Llevé las tazas a la cocina, por la ventana se veía una estructura de varillas de hierro que supuse usaría para ahumar. No pude dormir, acostado sobre un colchón corto sin sábanas frente a un armario vacío y sin puertas.


— Tuve un hijo. Un marido también. Ya no tengo más.

Desespinaba con paciencia sobrehumana truchas que no medían más de diez centímetros, me contó que hacía años que habían empezado a achicarse. No tenía idea de por qué, ni sabía si en otros lugares pasaba lo mismo. Ahora sacaba una buena cantidad pero eran miniaturas, truchas arco iris de copetín. La ceremonia de la pesca con mosca, las tardes de batalla contra el animal con medio cuerpo metido en el lago, entre montañas y bosques, ya no existía. Ahora entraba con una red, daba una vuelta por la mancha celeste entre montañas grises y salía con un par de baldes de animalitos.

Todo el día lo pasamos entre conservas y ahumados. Trucha con tomate, trucha con ají, trucha con tomate y ají. Seguimos con el ejercicio de cerrar frascos y acomodarlos hasta que el sol se abolló contra las montañas. Me encerré un rato en la cocina y salí con la peor sopa de pescado que se haya cocinado alguna vez. Ella la probó, se rio, tomó el plato entero, me pidió otro y siguió riéndose. Tras cada sorbo me mostraba qué había hecho mal, qué ingrediente, entre los pocos con los que contábamos, estaba de más o podría haber sumado. Me contó cuánto le gustaba cocinar antes y después no dijo más nada.

Pasaron varios días, en algún momento la lluvia prometida llegó y pudimos ducharnos. Todas las mañanas iba solo al lago a buscar un balde de agua para tomar y cada dos o tres días ella me acompañaba a pescar. Desde la orilla se divertía con mis movimientos torpes. Le pedí que me explicara cómo hacerlo, que era importante mantener la reserva de comida. Ella se reía: “Sos el hombre de la casa, tarde o temprano vas a proveer”.

La rutina se construyó sola con el paso de los días. Sin preguntas, sin promesas, sin futuro. Una tarde, mientras sacudía la ropa mojada y la colgaba al sol, me apoyó la mano en el hombro y me dijo que quería hablar. En la mesa había dos tazas de té caliente.

— Ya no quiero que duermas en esa cama chiquita. Es tiempo. Pero antes necesito contarte algo.


Yo no quería que nada cambie. Nada. Ni el orden en que acomodábamos los lomos de las truchas contra el vidrio de los frascos, ni el condimento de las sopas, ni el frío del agua del lago, ni la incomodidad del colchón corto sin sábanas frente al armario vacío y sin puertas.

Pero ella necesitaba hablar. Amontonó sus rulos con una tirita de hilo sisal para que le cayeran sobre la espalda y cuando tomó aire fuerte y se dispuso a desenrollar la historia, terminó todo. Lo supimos más tarde, como siempre pasa, cuando ya no había nada que se pudiera hacer.

Su voz empezó como a punto de romperse pero se hizo más firme mientras avanzaba el relato. La parte más difícil era describirme cuando su vida era lo que estábamos acostumbrados a que nuestras vidas fueran. Todo eso gris que ves por la ventana, me dijo, antes era otra cosa. Las tazas, la mesa de madera, el té caliente, después apenas tibio, al final helado, sus ojos oscuros, la mirada firme en los míos. El cuento.

Ahora que hablo de esto parece un juego más o menos sencillo de acciones y consecuencias. Antes que nada, pienso que él hizo lo correcto, pero eso es el final de la historia. El principio era una vida que me gustaba, una de la que no queda casi nada y ya sé que no voy a recuperar. Aunque vuelvan los dos, las cosas nunca van a ser como eran. No hay manera. Igual no van a volver. Pero, otra vez, eso es el final.

Los sábados a la tarde, Marcos (ya es momento de que sepas el nombre del padre de mi hijo) preparaba el fuego temprano. Una hoguera enorme que Tomás (también es hora de que sepas el nombre del hijo que una vez tuve) ayudaba a armar desde el principio. No se movía de ahí desde que los pedazos de corteza de eucaliptos y las bolas de pasto seco empezaban a comerse la leña hasta que el sueño lo tumbaba, y eso no era nunca antes de que quedaran apenas restos humeantes negros y grises. Marcos lo cargaba hasta la habitación mientras yo llevaba los platos a la cocina y traía algo para tomar, nos quedábamos ahí hasta que aclaraba. Después salíamos a caminar, a buscar frutas para el desayuno.

Teníamos moras, frambuesas, frutillas y cerezas. Marcos iba seguido a la ciudad y cada vez vendía más. Pensábamos exportar, investigábamos cómo ampliar la producción cuando empezó a pasar. Yo encontré una planta de frambuesas con frutas minúsculas y secas. La traje y me hice un té, no tenía gusto. De a poco empezaron a aparecer más. En unas semanas nuestras plantaciones quedaron como están hoy.

Marcos cada vez hablaba menos, pasaba horas revisando cadáveres de plantas, revolvía la tierra, estaba seguro de que era cosa de algún bicho. “Esto es una plaga, ya le voy a encontrar la vuelta”, decía. El resto del día estaba en su escritorio, hacía cuentas, llamados, escribía. Se fue a la ciudad y volvió con la camioneta repleta de libros. Tenía una pila alta de papeles, cuando los empezó a juntar dijo que eran planes para exportar, después no sé, ya no volvimos a hablar de eso. Algunas noches dormía, de a ratos, sentado en el escritorio. Yo lo miraba desde la cama. Todo el esfuerzo fue vano. En poco tiempo tuvo que resignarse.

Una noche dijo que teníamos que irnos. No fue una charla. Estaba parado contra la ventana. “No hay nada más para hacer, esto está terminado”. Le dije que jamás me iba a ir de acá, todavía es verdad. Empecé a pescar. Tomás me ayudaba. Los peces cada vez eran más chicos pero no iba a faltarnos comida. Se lo dije y me agarró fuerte del brazo, gritó cosas que ya no recuerdo, que esa misma noche olvidé. Juntó su ropa, la de Tomás, cargó todo en la camioneta y se fue. Creo que el nene lloraba, no sé, me sentía como en unas pesadillas que tenía cuando era chica en las que alguien me quería agarrar y yo trataba de escapar pero me movía muy lento, todo iba despacio menos el que me atacaba, todo menos Marcos y Tomás. Desde esa silla vi las luces de la camioneta achicarse y desaparecer y ahí me quedé no sé cuánto tiempo. Días. Hasta que mi papá golpeó la puerta.

Todavía nos veíamos seguido, él iba y venía en un auto destartalado. Preguntó si estaba sola. No pude contestar nada. Lloré hasta que se hizo de noche, me acompañó a la cama, estuve meses encerrada, me preparaba tés y comidas, trataba de charlar conmigo pero yo miraba en silencio las paredes o lloraba, nada más. En algún momento tuvo que irse y ya no volvió, necesitó deshacerse del auto.

Con el tiempo (¿viste que dicen que sirve?) entendí que había estado bien, que la decisión de abandonarme había sido la mejor que podían tomar, que buscar un lugar que no estuviera invadido por la peste era lo mejor para Tomás. No sé qué pasó, no sé si lo encontraron. Imagino que sí, que exportan frutos rojos a China.

Después apareciste vos y los días empezaron a cambiar, como que de a poquito volví a arrancar. Y quería contarte esto porque puede servir para limpiar ese pasado, para empezar otra cosa, no sé, tratar. Pensar en intentar, que la opción esté en tu cabeza, ya cambia todo. Creo que lo otro que quería hacer era agradecerte eso. Si no venías, no pasaba.


Dejó caer la cabeza sobre sus manos, la frente contra sus dedos cruzados apoyados en la mesa, agotada. Me levanté, pasé mi mano por sus rulos un rato y me fui acostar. Mientras la escuchaba, o cuando terminó de hablar, o al quedarme dormido, decidí que tenía que irme.


Por la mañana dejó sobre la mesa tres frascos y dos botellas de agua, se levantó temprano y no había vuelto a mediodía cuando puse mis cosas en la camioneta y me fui. No me escapé, lo habíamos charlado. Por unos días hicimos como que la noche de la charla no había existido, mantuvimos las costumbres, los tiempos, las formas. Pero ella quería y yo no. O no podía. O no sabía. O vaya uno a saber. Pero yo no. Se lo dije y quiso que le explicara por qué no. No pude, no puedo ahora tampoco. Intentamos retroceder, olvidar y seguir con las rutinas de trabajo, charlas sobre nada, ella me contaba de animales y plantas, yo del recorrido del sesenta y tres. Pero hay cosas que una vez dichas no pueden taparse con intrascendencias, por más fuerza que se ponga en intentarlo.


Tuvo que revolver un rato la heladera para encontrar una botella de cerveza. Nos sentamos en una mesa afuera, cerca de la ruta, y me preguntó por qué me había demorado tanto. Lo que sea que le haya respondido, se parecía tanto a la verdad como un rastrojero a un colibrí. Me dejó pasar sin hacer que me embarre en malabares imposibles para un mentiroso tan torpe. Me contó que había recibido noticias de distintos lugares en los que estaba lloviendo con ganas, mientras pasaban dos camiones cargados de vacas escuálidas: “Eso no mejora, vamos a terminar todos vegetarianos”. Se apretó los costados de la cabeza y la movió de un lado a otro hasta que el cuello sonó como una rama partiéndose.

Supuse que en el bar le habrían dejado una buena cantidad de notas para mí. Seguramente quejas, intimaciones a retomar la tarea o directamente un despido. Encontré sólo la hoja de ruta del día en que se suponía que debía pasar por ahí. Después de eso, nada. Le comenté que me parecía raro que no hubieran intentado averiguar qué había pasado conmigo, si había tenido un accidente o si me había robado la camioneta pero no me escuchó. Lavaba en la cocina los vasos que usamos, esperé y cuando volvió repetí el comentario, imité mi sorpresa y usé los mismos gestos y tonos. Logré recuperar intacta la sensación de orfandad de descubrir que todo estaba tal como si el tiempo que pasé fuera de la ruta no hubiera existido.

— Están acostumbrados, todos los días alguien abandona la ruta, se escapa o vende la camioneta y se queda a vivir en un pueblo como este, como yo. Hace tiempo que no voy a la ciudad, debe quedar menos gente allá. No te extrañe que la empresa ya no exista, o se dedique a otra cosa.

Saqué algunos billetes del bolsillo, los dejé sobre la barra y me fui. Antes de volver a la cocina me indicó dónde podía dormir, aunque yo no se lo había preguntado. Entré al pueblo y estacioné frente a la plaza. Alrededor, casi como siempre, estaban el banco, el colegio, la municipalidad y una iglesia que parecía partida, con la mitad derecha derrumbada. Un hombre trabajaba sobre una escalera, amontonaba ladrillos y pedazos de mampostería de distintos colores. Me acerqué, después de verlo trabajar un rato. Nadie caminaba por la calle, las casas y los dos o tres negocios estaban cerrados.

— Yo le dije que tenía algo para hacer más adelante, que me esperaban. Llegué acá la tarde del terremoto. La iglesia se partió. Se imaginará lo importante que es en un lugar como este.

El tipo ni se había dado vuelta, trepado en su escalera forzando un ladrillo para que calzara en la base del campanario retomó la charla que habíamos tenido meses atrás. Enseguida me pidió un pedazo de concreto que imitara una forma que dibujó, desde la punta de la escalera, con sus índices y pulgares pegados. Lo asistí hasta que empezó a oscurecer y decidió que la jornada estaba terminada. Me invitó a cenar a su casa. “Así me cuenta dónde anduvo todo este tiempo. Si me va a dar una mano con la obra, se puede quedar nomás”.

Quiero ayudarlos, dijo, esta gente necesita esa iglesia. No tenía idea sobre qué gente hablaba, en todo el día no había visto más que a él y al tipo del bar. Igual interrumpirlo era imposible, tenía un don, hablaba tanto como quería.


— Lo mío no es desinteresado, eh. No vaya a creer. Así como lo ve, tengo una oportunidad grande acá. Esta puede ser la obra que andaba buscando y por ahí dentro de algunos años mi nombre aparece en las guías de viaje y los turistas hacen horas de cola para entrar y ver lo que pudimos levantar en estas condiciones tan precarias. Sin cemento, sin nada. Sólo restos de paredes caídas. Es poético. Vamos a levantar una iglesia con las casas que el terremoto destruyó. ¿No se da cuenta de que esto puede ser grande?

Pensé que construir así debía ser peligroso. “No va a durar, no puede durar”. Me agarró del hombro, bajó un poco la cabeza y entrecerró los ojos. “¿Conoce algo que no sea absurdamente perecedero, amigo mío? ¿Acaso algo que no sea implacablemente fugaz?”. Señaló el sillón, me recomendó que intente descansar bien porque los días de trabajo son largos y caminó a su cuarto.


El viento aparecía de golpe en un silbido agudo que sacudía la persiana como si fuera a arrancarla y se calmaba. Uno puede acomodar el oído a un sonido constante (un ventilador, un motor) pero cuando aparece y se va, sin patrón, la cosa se pone más difícil. La ansiedad empieza a registrar la cuenta regresiva hasta el próximo sacudón y dormir se vuelve complicado/imposible.

Vacié mi bolso, en la camioneta habían quedado solo elementos de trabajo y algunas herramientas. Todo lo que tenía, ahora sobre la mesa. Era poco. Ropa para vestirme cuatro o cinco días sin lavar, un par de libros, dos cuadernos, un puñado de lapiceras de distintos colores. Pasé la noche releyendo los cuadernos, el principio, caminos viejos, hoteles por los que había pasado años atrás. Intenté escribir pero no pude.


Amaneció lento, como arrancan los días en los lugares en los que no hay nada para hacer. Apenas el sol entibió las ventanas de la casa, mi anfitrión saltó de la cama. Tenía café, pan, mermeladas, cereales y frutas. Le pregunté de dónde las había sacado, no respondió. Preparaba el desayuno y hablaba de la obra, decía que de noche se le ocurrían las mejores ideas y que mi función al despertar era registrarlas, anotar todo tal como salía, hacerle algunas preguntas que ayudaran a profundizar en las ideas más brillantes. Cuando lo tenía que hacer solo, frenaba para evaluar lo que había escrito y así perdía el ritmo y estaba seguro de que se le iba material valioso.

El tema de la mañana fue el campanario. Cómo terminar de afirmarlo, variantes posibles de diseño. Él hablaba, yo anotaba. Le hacía preguntas que no llegaba a comprender y recibía respuestas disparatadas. Hasta que me interrumpió.

— ¿Está en esto conmigo? ¿Está concentrado? Espero que no piense que esto tiene que ver con algún tipo de superstición. Esto es una obra. Podría ser un puente, una municipalidad, un zoológico. Es una iglesia. Pero dios no me va a dar una mano así que necesito que esté conmigo o que se vaya. Por favor le pido.


En una pared de la iglesia había un agujero cubierto con pedacitos de cerámicos de distintos colores, tamaños y formas. Ninguno se acomodaba justo con otro y entre todos se filtraban rayos de sol. Cuando entró, cansado de pedirme algo desde la escalera y que no respondiese, me encontró mirándolo, como sedado.

— Ahí había un vitral que sobrevivió al terremoto pero lo reventé a piedrazos. Tenía la imagen de un santo y decía alguna cosa en latín. Nada que ver con el estilo de nuestra obra.


Durante el día se me ocurrió y al atardecer, sentados a la mesa del bar, se lo expliqué con precisión y seguridad, como si tuviera una respuesta para cada objeción posible. Escuchó todo sin interrumpir. Le dije que podíamos conseguir materiales. Sonrió cuando le hablé de comprar hierro, arena y piedras en San Julián. Hice algunas cuentas y apenas terminé me dejé caer en el respaldo de la silla. Agotado y con una sensación de calma que si había sentido antes, también había olvidado.

— ¿Está seguro?

Se levantó sin esperar respuesta, volvió con una botella tibia de sidra. La tomamos sin hablar, sentados en una mesa contra la ventana que daba a la playa de estacionamiento donde la camioneta anaranjada brillaba recién lavada. Llamó al dueño del bar sacudiendo los brazos como si el lugar estuviera lleno de gente o el tipo en una avioneta y nosotros naufragados en una isla.

— Óigame, buen hombre, usted seguro debe conocer alguien que quiera comprar una camioneta. No es mucho lo que pedimos. Acá, mi socio y yo...

Mi socio y yo, dijo. Mi socio y yo.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.