Un funeral vikingo

Pensé que él nunca haría algo similar a lo que hicieron nuestros padres. Para ser francos nunca pensé que tuviera esas ideas en la cabeza. Aún recuerdo cuando ellos salían de casa: esas miradas en sus rostros, como cuando no sabe uno si despedirse, quedarse o siquiera si va a volver. Nos dejaban con la niñera y se iban. Nosotros seguíamos con nuestros juegos. Nunca realmente entendimos de qué vivían o cómo se ganaban la vida. La casa, por algunos días, estaba llena de gente. Esas personas venían, nos hablaban, nos levantaban, nos llevaban sobre sus hombros, algunos jugaban con nosotros. Algunos incluso traían pinturas a la casa, otros dejaban libros. Nunca entendimos quiénes eran en realidad, hasta mucho tiempo después.

Mis padres murieron cuando tenía 5 años. Para ese entonces, Mateo tenía 3. Nos enviaron a vivir con la familia de mi madre. Mi abuela nos contaba historias de nuestros padres, de sus aventuras, de sus ideas y de sus amigos que estuvieron con ellos hasta el fin. Ella se preocupó porque estudiáramos y pudiéramos hacerlo en las mejores escuelas. Al igual que en la casa que habíamos dejado, la suya estaba llena de libros y pinturas (o libros sobre arte). Recuerdo uno en particular donde había mucha gente reunida y, aseguraba mi abuela, mi madre estaba en algún lugar de esa multitud. Era un almanaque mundial donde figuraban los principales datos de nuestro país, así como las noticias del año 1984. Recuerdo que las fotos nos llamaban mucho la atención.

Con el tiempo mi hermano y yo fuimos aprendiendo cosas, incluso llegamos a bromear con la idea de seguir el camino de nuestros padres. Nunca sentimos en realidad esas inclinaciones, eso pensaba. Durante nuestra infancia y adolescencia el país permaneció en calma, sin embargo, mi hermano crecía y parecía siempre cargar con alguna pesada losa en el pecho. Su comportamiento, sin embargo, era impecable: el mejor de su clase; un excelente corredor de medio fondo, tal como mi padre; tenía talento para el arte (mi abuela coleccionaba sus dibujos y pinturas hechas con acuarelas); tenía amigos. Sus profesores decían que podría lograr lo que quisiera.

Cuando nos graduamos -yo de ciencia política y él en la escuela de arte- nuestra comunicación se redujo a llamadas telefónicas y correos electrónicos. Él se dedicó a pintar y cuando ahorraba suficiente se iba de viaje a “aprender nuevas técnicas”, como él le llamaba. Cambió sus temas y empezó a producir bajo un pseudónimo. Poco a poco fue ganando reputación, consiguió un agente (quien nunca supo su verdadera identidad: algunas de sus obras no habían sido producidas legalmente) y vendía cuadros a gente famosa.

La gente que yo frecuentaba en el ambiente laboral, sin embargo, nunca se atrevería a comprar una de sus obras. Algunas, las que tuvo la ocurrencia y osadía de plasmar en concreto, tuvieron que ser trasladadas de lugares como Palestina, India, Alemania, Rusia, China, Uganda, Haití. Otras se perdieron: en lugares en conflicto o borradas por las autoridades.

Hace 3 días recibí una llamada telefónica. Mi hermano había muerto. Era su abogado: sus ingresos estaban depositados en una cuenta bancaria que ahora me pertenecía, así lo estipulaba una carta poder y su testamento. También dejó una caja de seguridad. Dentro de ella solo había un block de dibujo, una gorra de los Yankees con un pedazo de papel cuidadosamente guardado, unas llaves y un disco duro. Yo tenía razón: una de las hojas mostraba en blanco y negro la silueta de un monje ardiendo en fuego, el boceto de la pared de Katmandú.

El abogado me dio una nota que decía: Dame un funeral vikingo, guarda un poco del dinero, si puedes encontrar a nuestra madre en esa foto, ya sabes qué hacer con el resto.


Era una tarde de noviembre en la que llovía cuando fui a buscar el cuerpo. Pude identificarlo de manera oficial por los tatuajes, pues no solo eran complejos diseños sino que su cuerpo estaba cubierto de poemas en japonés. Podría jurar que su rostro era de felicidad. Apenas hubo una oportunidad cumplimos su deseo de darle un funeral vikingo. Debido a que no es una práctica determinada en alguna ley tuvimos que infringir algunas para poder depositarlo en una barca, colocar unos libros a un lado, algo de material de arte y verlo consumirse por el fuego. No había sido un 4 de julio o un 5 de noviembre pero hubo fuegos artificiales, como a él tanto le gustaban. El dinero no fue un impedimento, su cuenta cubría eso y mucho más. El abogado dijo que continuaría fluyendo el efectivo pues algunas de sus obras no habían salido a la venta y además se contaba con los derechos de propiedad de las mismas: Cualquier reproducción de las mismas beneficiaría al autor o a la persona que éste hubiera designado.

A la siguiente semana decidí tomarme un descanso indefinido del trabajo en la oficina. Fui a una ciudad inglesa en la que contaba con un estudio: Brighton. Había rediseñado un conjunto de casas para poder albergar obras en proceso, un estudio, y diversas habitaciones. El lugar era acogedor y estaba lleno de obras terminadas y en estado de bocetos. Tenía 2 computadoras: una personal y una de escritorio. Ese día llovió durante horas y no pudo verse el sol. Al atardecer, cuando dejó de llover fui a la playa, ordené fish and chips y me pude imaginar a mi hermano sentado en una de esas bancas de madera, viendo el horizonte, con una cerveza y comiendo. Así aparecía en una de las fotos que pude encontrar en sus archivos. Había una mujer de cabello oscuro a un lado y yo sabía que tarde o temprano la encontraría o ella me encontraría. Otras personas aparecían en las fotos, pero no se notaba esa relación que pude percibir: un lazo invisible que parecía indicar que ambos se pertenecían o se habían pertenecido, casi una complicidad traviesa, como dos niños a punto de cometer una travesura.

El sol se iba escondiendo y el cielo aparecía de una tonalidad rojiza, anaranjada, amarilla. Cuando éramos niños pasábamos los veranos en la granja de la abuela y él solía decir que le fascinaba ver el cielo incendiarse hasta que todo quedaba en plena oscuridad y las luces de la casa de campo se iban iluminando. Regresé a la casa montando una bicicleta que él había dejado en el jardín. Apenas llegué, me preparé un té Earl Grey (la casa tenía una dotación para meses). El perro, Louk, pasó a ser mi propiedad: un labrador color chocolate, mismo que, cuando llegué parecía estar sumido en la tristeza: después de un poco de comida y de prolongados abrazos pareció recobrar el espíritu y entender la situación.

Al día siguiente, cuando ordenaba las cosas que había dejado en su recámara, alguien tocó a la puerta. Era la misma joven de la foto, quien se presentó como Mirela, una joven Serbia que había conocido a Mateo en Italia y que sería de las pocas personas que conocerían a su alter ego. Compartimos el té y ella me contó diversas anécdotas del tiempo que pasaron juntos, así como de las cosas que yo nunca supe: su trabajo en un barco de GreenPeace vigilando que los balleneros japoneses no pudieran trabajar; su enfermedad en India (la cual tomó con gusto, comparándola a la historia de Alejandro Magno); su estancia en la questura por dañar propiedad pública en Assisi; sus problemas con otros compañeros en un colegio de arte de Florencia; el viaje en elefante en Tanzania; así como el largo viaje que hicieron en el Transiberiano, una vez que Mateo se había consolidado en el mundo del arte.

Le pregunté si sabía por qué motivo nunca dio a conocer su identidad y ella respondió que Mateo creía que si la gente supiera que era él, solamente desviaría la atención del mensaje que trataba de dar, hacia la persona que lo hacía. Cuando supieran que nunca fue pobre o que nunca tuvo que pasar días de hambre –excepto los días en Nepal- la gente que ignoraba muchas de las ideas que estaban detrás de él, diría que era un farsante. Temía desilusionar a los jóvenes que admiraban su trabajo y que comenzaron a imitarlo. En palabras suyas: Descubrió su misión a los 14 años, cuando uno de sus compañeros de escuela lo invitó a que no pasara la noche leyendo “Así Hablaba Zaratustra”, sino que acudieran a una estación de trenes y probara lo divertido que era “bombardear” la ciudad. Una vez que descubrió ese sentimiento, no pudo olvidarlo. Se convirtió en su obsesión. Siempre cargaba un Sharpie pues cuando se le ocurría, dejaba largos mensajes en las paredes o en lugares públicos, escritos de propia mano. Un día le escribió un haiku a Mirela en una roca que encontraron en la playa de Brighton, cerca del muelle del que solo quedaba el armazón.

Mirela recordaba que habían pasado buenas épocas juntos, sin embargo, ambos tuvieron que separarse, en parte debido a que Mateo siempre andaba en una búsqueda perpetua de “la verdad”, de encontrarse a sí mismo. Y una vez que obtuvo dinero se dedicó a invertir en ella. A pesar de que ambos sentían algo especial por el otro, Mirela, poco tiempo después de separarse, consiguió un trabajo estable en Serbia, donde podía explotar su habilidad con el idioma italiano y su talento innato para la logística de una compañía marítima (la misma que trasladó muchas de sus obras de un país a otro). Debido al compromiso de ella con el trabajo, y al hecho de que Mirela quería una vida estable, con hijos, Mateo pensó que si conseguía mayor éxito profesional, ella volvería. Pero eso no fue suficiente: Mirela contrajo matrimonio después del viaje por el Este de Asia. Cuando Mateo se estableció en Brighton, ella fue a visitarlo con toda su familia: él había dejado ir todo y ya no le afectaba tanto saber que Mirela era feliz, que tenía una familia y que se había casado con su colega en la compañía. Mirela me confesó que su esposo sentía celos de Mateo, aun cuando no sabía que él era “Haijin”, el autor de las obras que trasladaban de un lugar a otro del mundo.


Mirela se quedó unos días en el cuarto de huéspedes a petición mía. Al día siguiente nos levantamos temprano, desayunamos, tomamos el coche y llevamos a Louk a dar un paseo en Stanmer Park. Era hermoso verlo correr en el lugar en el que mi hermano entrenaba cuando estaba en Inglaterra. Mirela guardó muchas fotos que mi hermano tomó durante sus recorridos, con o sin Louk. Él nos llevó a uno de sus lugares favoritos: un lugar en que tuvimos que atravesar la carretera y llegar a un campo donde estaban pastando muchas ovejas; se podía ver la carretera dividiendo el mar de la ciudad y ésta haciendo frontera con campo abierto. Mirela me dijo que ahí era donde Mateo había encontrado inspiración para muchas de sus obras. Luego de meditar un corto tiempo bajaba la colina hasta llegar a la Iglesia y seguía corriendo.

Regresamos a la casa y empezamos la tarea de poner en orden todo el lugar. Ella comenzó por la computadora, pues sabía sus claves de acceso. Encontró varias imágenes, presuntamente para una exposición, su diario, una bitácora de información política y económica de diversos países, archivos de agencias de cooperación internacional, organizaciones de la sociedad civil, fotos, proyectos especiales (ubicación de posibles lugares para grafiti, detalles de la seguridad, tiempos de entrada y salida). Yo, por mi parte ubiqué un espacio con equipo de alpinismo y de vigilancia: cámaras, audífonos para escuchar ruidos imperceptibles normalmente, anteojos con visión nocturna, entre otras cosas que no sabría decir para qué servían. Su closet ocupaba un cuarto entero: sudaderas, chamarras reversibles, pants, pantalones cargo, ropa de trabajo (manchas de pintura por doquier), varias mochilas, 34 pares de tenis para correr, 2 zapatos de vestir, 2 trajes, 3 pares de botas, más tenis. Una colección de relojes con horario mundial y demás artilugios: incluido GPS. Una de las salas estaba pintada enteramente de rojo, con un mural en amarillo y blanco. En el centro una estatua verde de un Buda, espacio para incienso y flores. En uno de los jarrones estaban enterrados pequeños rollos de papel con poemas en japonés. Le pregunté a Mirela si él los habría escrito.

- Desde que lo conozco lleva un jisei en su cartera

- ¿Jisei?

- Poemas de muerte. Algunos soldados los llevaban en sus cascos.

- Recuerdo que en la gorra que dejó en la caja de seguridad había otro. No quise abrirlo hasta encontrar más respuestas.

- Él querría que lo tuvieras.

Se me formó un nudo en la garganta cuando Louk entró a la habitación y levantó la pata mientras sostenía una pelota en el hocico. Hago un inventario de lo que he encontrado y Mirela empieza una base de datos de la información contenida en ambas computadoras. Al final de 2 días de trabajo hacemos un recuento de la información. Hay un archivo que Mirela imprimió, en el cual mi hermano explica brevemente cómo es que inició este camino. A pesar de que los diarios son extensos, Mirela me pide que lea esa sección. La acompaño a la estación de trenes pues debe regresar a Montenegro. Mientras me despido de ella no puedo evitar pensar en que mi hermano podría estar vivo si es que ambos se hubieran mantenido juntos. Esa noche decido leer el manuscrito.


Tenía 14 años y estaba en la plenitud física de mi vida. Corría como una bestia en la pista y fuera de ella. En las noches había ocasiones en que no podía dormir, sentía como si una voz me despertara en medio de la madrugada. Leía los libros que me había prometido estudiar. Hacía anotaciones, pensaba en mis padres. Era un estado permanente de vigilancia, como si temiera que, de dormir, perdería la oportunidad de encontrar lo que buscaba o que lo que buscaba perdería la oportunidad de encontrarse conmigo. A veces me daban ataques de ansiedad que conseguía disimular frente a mi familia y a mis compañeros de escuela. Odiaba la escuela, siempre sentí que era una prisión que tarde o temprano acabaría con mi creatividad y con mis ganas de tener una vida fuera de ella. Sentía que no estaba aprendiendo nada, que era un fantasma vagando sin sentido, sin identificar el camino que debe tomar para dejar el mundo. Era esa especie de fantasma que busca respuestas, venganza, amor, familia.

Era un día de julio, 2:00 a.m, cuando revisé mi computadora y vi una invitación de un compañero del colegio, Joseph, para asistir a una reunión en una estación de trenes de carga. Era una especie de rito de paso de una de las sociedades secretas a las que habría pertenecido mi padre: los blue skulls. Cuando uno asiste a esos colegios, a veces no hay nada más que hacer para pasar el tiempo: salir de noche con los hijos de los líderes del estado, la región y a veces más allá de las fronteras (la mayoría eran unos idiotas pero qué más daba intentar algo diferente). No hallaba forma de dormir, así que mejor me puse mi sudadera de Oregon y corrí a buscarlos, cobijado por la oscuridad de la noche. Los encontré reunidos en uno de los vagones, algunos ya habían comenzado a fumar y a tomar. El asunto era simple: uno de los miembros de los blue skulls en la universidad había escondido en uno de los vagones de los trenes a la mascota del quarterback del equipo contrario, un cerdo. Quien lo encontrara y lo llevara de regreso a quien lo había robado obtendría su pase de entrada a la sociedad secreta. No podíamos formar equipos, así que cada quien tendría que ir solo. Buscamos en cada rincón por una hora.

Al doblar en una de las esquinas vi a un tipo de estatura y complexión medianas, usando una sudadera negra con capucha, rociando pintura de spray sobre uno de los vagones. De repente aparecieron 3 más y me hicieron señas de no hacer ruido. Parecían una pandilla internacional: una mezcla de las razas marginadas de la ciudad: inmigrantes. Les pregunté si podía ver lo que hacían. No les agradó saber qué hacíamos ahí, pensaron que era solo un juego estúpido de algunos niños ricos. De repente uno de los compañeros gritó que todos debíamos salir de ahí. Al parecer había llegado el equipo contrario. Era un callejón sin salida y todos fuimos a escondernos. Recuerdo estar en el rincón más oscuro del vagón pensando qué pasaría si me atrapaban, de repente encontré una lata de pintura roja y en la parte de arriba de la pared el dibujo de un monstruo azul con calaveras en el cabello. Di unos pasos hacia atrás y tropecé con una especie de bolsa de lona, de la cual salía un ruido muy raro y algo parecía moverse. Estaba sudando cuando decidí abrirla mientras uno de los miembros de la banda me indicaba que sería mejor no hacerlo. Lo hice y encontré al cerdo, quien al verme pudo zafarse del bozal que tenía y empezó a hacer ruido. Como pude tomé al cerdo lo metí en la bolsa y salí corriendo para encontrarme con que había varias linternas apuntando hacia nosotros. Corrimos hacia una de las bodegas, mientras el otro tipo me gritaba que soltara al cerdo o nos iría mal. Contrario a la lógica corrí hacia las linternas sabiendo que no había forma de salir por donde ellos estaban, pero sí podría hacerlo por el costado, en una ladera. Eran torpes, no pudieron atraparme y cuando quisieron darse la vuelta y perseguirme yo estaba ya muchos pasos adelante.

Habré corrido 3 kilómetros cuando bajé al cerdito. Le pedí una disculpa y me cercioré de que no hubiera nadie siguiéndome. Me metí a una especie de almacén y pasé las siguientes 2 horas metido ahí, con el cerdo entre mis brazos. Había herramientas de campo, fotos de indios americanos y un portarretrato con una foto de un soldado subiendo a un avión. Decidí armarme de coraje y cruzar la ciudad para dirigirme a ver a Michael, el de la broma universitaria. Eran las 5:00 a.m., cargaba un cerdo entre los brazos, mis manos estaban pintadas de óxido y pintura de spray roja. El escenario era tan absurdo como hipnótico. Conseguí mi entrada a la sociedad y pude hacerme amigo de la banda del grafiti. Decidí que me dedicaría al arte, que aprendería todo lo posible por entender la muerte de mis padres, que finalmente llegaría a una decisión sobre si valía la pena morir porque los demás pudieran ejercer sus derechos, por un mundo mejor, libre de injusticias. Haijin había nacido. Mis padres habían recuperado a su hijo; ésta sería mi respuesta al mundo y pensaba devolverle todos los golpes.


Cuando yo no podía lograr algo, Haijin sí podía. El plan de Haijin implicaba que tenía que hacerme un experto en lo que yo quería combatir: dominar los temas de historia mundial, economía internacional, filosofía y teoría política, el arte del haiku, devorar libros de diseño industrial, aprender todos los secretos del color (técnicas, corrientes, herramientas). Fijar objetivos e insumos necesarios es fácil cuando sabes a dónde quieres llegar. Lo demás se resume a correr como un demonio hacia el objetivo. No sabría cuándo podría decir que lo había logrado, pero de una forma u otra, estar caminando ya era en sí un avance. Debía seguir corriendo, era vital para muchos aspectos de mi profesión: evadir policías; saltar bardas, acceder a tejados, escalar muros, mantenerme relajado cuando llegara el momento. Llegué a formar parte de un equipo de parkour, fue una de las estapas más divertidas de mi vida, incluso esa caída en una de las favelas fue exquisita. Debía ser paciente: todo artista urbano es paciente, somos criminales con un propósito diferente.- hacer del mundo un lugar mejor; no nos llevamos nada, al contrario, dejamos todo y por todos lados. Muchas veces regalamos nuestro arte, lo ponemos a disposición del público para que pueda verlo sin tener que pagar un boleto. Somos una voz que habla lo que todos pensamos, pero nadie se atreve a pintar. Soñé con un mundo en el que las paredes servían no para contener a las personas, sino para que se expresaran. Incluso tuve amigos en organizaciones anarquistas, defensores de derechos humanos, terroristas de broma (the throwing pies), anti balleneros, poetas de noches de micrófono abierto, hackers en pro de un mundo mejor. No congeniaba con muchos de ellos pero siempre fue mi propósito conocerlos, intentar comprenderlos.

Mis padres habían muerto por participar en una manifestación. No eran gente sin preparación, al contrario, les sobraba. Parte de mi educación fue financiada mediante las regalías de un libro que mi padre había publicado acerca de cómo se gestaban los cambios que desviaban las trayectorias de forma permanente. Supongo que el camino que había elegido era tan normal como cuando los hijos de abogados deciden estudiar lo mismo. Después de un tiempo de buscar la verdad dentro de muchos grupos y organizaciones, me di cuenta de que mi camino era algo que debía recorrer solo.

Fue un periodo difícil, pues me tuve que enfrentar a sentirme aislado de todos y de todo. Solamente cuando creaba era feliz y muy poca gente podía entender ese sentimiento. Poco a poco terminé el contacto con los movimientos estudiantiles, las sociedades secretas, el crew del grafiti. Sabía que pronto me encontraría solo con los dioses, quizá a pasos del abismo. Apenas entré a la escuela de arte la gente se dio cuenta de mi talento, que no era otra cosa que rabia contra el mundo bien canalizada, con una técnica impecable. La mayoría quiere ser artista sin haber subido todos los escalones, algunos no se preocupan ni siquiera por su técnica, sino que se enfocan en “sentir”. Eso yo ya lo dominaba por naturaleza: lo difícil es, con todos esos sentimientos, crear algo que valga la pena, que despierte algo en el espectador, que lo mueva. Es lo que yo quería. Por eso hice mucho de aquello en lo que no me especializaría: retratos, cubismo, realismo, arte pop, y esas estupideces que consisten en pintar lo primero que ocurra con cualquier cosa a la mano e incluso usando la izquierda. Vinieron las becas, la gente que compraba mis cuadros y diseños, bajo mis propios términos. Con esos apoyos pude financiar mis escapes: Italia, Europa del Este, Alemania, Rusia (hay una historia muy cómica en Moscú con el líder de una mafia), China, Nepal, las islas del Pacífico. Conocí a mucha gente y besé muchos labios. Un día, mientras estaba bombardeando en Calcuta, unos niños de la calle se acercaron. Con el poco Hindi que sabía les dije que era divertido y que si querían intentarlo. Esa pared acabó en manos de un nuevo rico de Silicon Valley. Doné lo que pagó y financié un albergue para niños de la calle en la misma ubicación donde lo pinté. Después de todo, muchas de las palabras que aparecen en los tatuajes de henna de esa mujer fueron idea de los niños.

Una vez que me consolidé y encontré mi estilo, vino el éxito, la fama, el reconocimiento, la paranoia porque no supieran nunca quién era. No se podría saber mi identidad. Formé un círculo reducido de amigos que me conocían como era en realidad. Mirela es parte de las únicas 3 personas que saben quién soy, de donde vengo y hacia dónde me dirijo, qué es lo que me mueve. Mi abuela murió hace un tiempo y cuando nos preguntó si éramos felices, le contesté que sí lo era, que había descubierto mi propósito en la vida, que era parte de algo que estaba cambiando al mundo. Mi hermana escuchó esas palabras y quizá creyó que me había ganado una beca más. No les conté, por supuesto, de mi participación en diversas manifestaciones, de cómo conocí a un perro en Grecia que era feliz al esquivar los ataques de la policía griega durante las manifestaciones. No les conté de esa ocasión en Camboya cuando trabajaba como voluntario con refugiados.

Con mi hermana las cosas eran distintas, yo no platicaba mucho de mi trabajo y ella me platicaba horas y horas del suyo. Su vida era tranquila, se había casado con un buen hombre, tenido 2 hijos. Atrás había quedado eso sueños de cambiar al mundo de una manera más radical. A su manera, ella lo intentaba: nunca pudimos librarnos del fantasma de nuestros padres ni de aquellos motivos por los cuales decidieron entregarle su vida a una causa que, no importa el momento histórico, siempre parece perdida. Elegimos caminos distintos con base en los dones que teníamos. Creo que a ambos nos fue bien. Ha sido una buena vida.

Escribo estos fragmentos desde una habitación en Nepal, donde convivo con unos monjes en un retiro de silencio. Mirela se ha ido para siempre, las cosas no parecen pintar bien en ese sentido. Estos años sin ella los he pasado en soledad, excepto por el tiempo que pasé con Anja. Mis cuadros y los muros, sin embargo, cada vez se venden por más dinero. La gente de los medios ya habla de mí, se oyen rumores por todos lados. Hay quien pagaría un millón de dólares para saber quién soy. En parte es porque yo así lo he querido. Hay gente que tiene miedo de lo que yo haga o deje de hacer. Sobre todo después del incidente en D.C.

Pero, ¿no es esa la misma forma en que nos han tratado? ¿A base de miedo? Solo arrojo piedras al rey para que la gente vea que no es un ser divino, ¿qué tiene eso de malo? Si el día de hoy alguien que se encontraba en las mismas o en peores condiciones que yo, decide salir y expresarse con una lata de pintura, solo porque sabe que existo, que no he muerto, que duermo bien sabiendo quién soy y aceptándome (ya no cometo torpezas de habla falsa), sabré que estoy haciendo bien las cosas. Soy feliz. Le he ganado la carrera al tiempo y a la amargura de la vida: me he convertido en quien siempre debí ser. Haijin es mi nombre. Cuando regrese a casa le contaré mi historia a mi hermana. Buscaré a Anja y le diré que ya no temo al compromiso. Tampoco temo a la muerte, al tiempo o a la soledad.


Termino de leer el documento y cuando decido buscar más información, me doy cuenta de que fue lo último que escribió, de acuerdo al registro de información de Mirela. Louk me mira, como esperando que yo haga algo. A la mañana siguiente contacto a la editorial que publicaba el almanaque. Me enviarán una copia del mismo esta semana. Decido abandonar la casa, llevarme un respaldo de la información y a Louk.

Después de un día de viaje entro a la casa con el perro caminando detrás de mí. Es una casa de campo y sé que le gustará poder correr libremente. El menor de los niños escribió en la pared: Te extrañamos. Mi marido me dice que debemos hablar con él para que entienda que no está bien rayar las paredes. Me doy cuenta de que no necesito la foto del almanaque. Sé lo que debo hacer. Mañana el mundo sabrá quién era Haijin y por qué nunca dejó de correr. Publicaré todo lo que dejó, donaré sus obras, ya tenemos suficiente dinero. Enviaré más al lugar en Calcuta. Buscaré a Anja. Leeré el jisei que dejó Mateo y escribiré el mío. No hay por qué esperar.


foto: graffiti de Banksy