La tía que no quería ser mamá

Nunca he sido muy fan de los niños. Les huyo en restaurantes, calles, taxis, aeropuertos, autobuses, playas, carros, baños, bicicletas, triciclos, moto taxis, segways, patinetas, centros comerciales, peluquerías, librerías, casas, edificios, apartamentos. Creo que no hay más lugares u objetos en los que podamos coincidir que no haya nombrado.

Casi todas las personas que conozco, para no decir todas y caer en una generalización que pueda herir sentimientos, me han hablado del reloj biológico, del llamado de la naturaleza, en fin. Creo que mi reloj vino sin pilas y que la naturaleza perdió mi número. Pero a la gente le cuesta entender esto.

Yo no sé cargar bebés, no me sé ninguna canción infantil, no conozco carantoñas de niños, no tengo idea de cómo cambiar un pañal, entre otros. Y para completar, conclusión lógica de lo anterior, yo no le caigo bien a los niños.

Sin embargo, a mi vida llegó Isabela (mi sobrina) que, si bien no le dio mi número a la naturaleza, ha producido en mí un sentimiento nuevo: ternura. Soy su fan intensa. A pesar de nuestros escasos encuentros, producto de los 250 km que nos separan, mi vínculo hacia ella crece y crece.

Isa, te prometo que escucharemos más canciones de Baby TV, que jugaré contigo caballito y que aprenderé a cambiarte el pañal, pero no se lo digas a nadie, será un secreto entre tú y yo, otros niños podrían enterarse.

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