LA CHICA DE MIS SUEÑOS

El momento es ahora.

Photo by Matt Glm on Unsplash

La chica de mis sueños es filóloga. O prostituta. Historiadora. Abogada. Diseñadora. Ama de casa. Dentista. Científica. Escritora. No sé qué es realmente de ella. La vi por última vez en el 2014. Tenía veinte años.

Ciertamente nunca fui un master-sensei’ en la carrera. Debía como tres mil materias, asistía a las que me gustaban. Algunas eran de primer semestre, otras de cuarto, quinto, sexto. Un desmadre.

Ella y yo tomábamos juntos Literatura Griega; aún recuerdo al profesor: David García. Tras la vagancia que me caracterizaba decidí que sólo entraría a Hisotria de Grecia, Roma y Literatura Griega.

Queridos hermanos, si ustedes nunca han estado rodeados de aspirantes a filólogos, créanme: no han vivido.

Característica principal al entrar al salón de clases: caras de sabiduría. Algunas mirando al suelo y otras mirando al frente… a la nada. Hacer amistad con un filólogo es sumamente difícil. Existen filtros predispuestos que debes pasar acertadamente como lo haría un novio para cortejar a su leidi’. 
a) Debiste hacer leído a Homero.
b) Debiste haber leído a Homero.
c) Debiste haber leído a Erasmo de Róterdam (Si el primero nos lo piden en la prepa y no lo leemos, imagínate a Erasmo.)

Sinceramente yo entré a la carrera sin haber leído El Principito, desde ahí se veía lo jodido que terminaría.

Nunca pude entablar una relación de amistad con alguien de mi carrera, fue imposible. No los juzgo, el raro era yo.

Mi vida universitaria se volvió sumamente rutinaria. Llegaba a la universidad, me recostaba a leer. Entraba a clase. Me recostaba a leer. Entraba a clase. Volvía a casa. Pensando desde el primer día de la carrera que “quizás escogí mal. Le daré otra oportunidad.”

En Literatura Griega la cosa estaba mal en verdad. Éramos un mediano número de personas recursando, junto a dos mitades unidas de grupos regulares diferentes. Así es, nene… Nadie se dirigía la puta palabra.

Desde pequeño, afortunadamente (¿o desafortunadamente?) encontré el truco de pasar los exámenes sin dificultad y no entregar tareas ni trabajos. Estudiar esa materia fue todo un negocio: Podía pasar los exámenes sin entregar tareas o trabajos que afectaran mi calificación. Y la mayoría del tiempo lo pasaba volteando a ver el perfil respingado de esa mujer tan guapa.

Sinceramente pensaba en ella todos los días: “Ahora sí le hablo.” El universo te pone las cosas cuando se las pides. Comencé a encontrarla en los pasillos, en el comedor, biblioteca. Y ella me notó. Cuando nos cruzábamos, yo ponía cara de James Bond inmutable (súper mamón). Y ella a veces me buscaba la mirada.

Era la chica de mis sueños. Tal cual yo la había soñado. Cuerpo, rostro, voz, ojos, cabello… Incluía lentes y siempre cargaba libros. ¿Qué pedo conmigo?

Fueron seis meses en los que diario tomaba valor para “ahora sí hablarle.”
Llegó el día. Ella leía, tan bonita. Estaba sola. Compré un cigarro para parecer cool… y me acerqué. Ella sintió mi mirada porque levantó el rostro y comenzó a mirarme. Yo, el hombre más galán del mundo me acercaba a conquistar a la chica de sus sueños. Ella me sonríe… Y James Bond hace una especie de curvita a escasos cincuenta centímetros de ella en forma de chanfle y sigue caminando hacia la cafetería. Pude ver su cara de desconcierto. A partir de ese momento ella comenzó e ignorarme. Dejé de existir.

Para el siguiente semestre, ella ya no llegó a Literatura Griega. Le pregunté a la adjunta, como aquel al que no le interesa nada una mujer, qué había pasado con la chica delgadita, de cabello negro, rizado. “Se cambió” de carrera contestó alguien como aquél al que no le importaba hacer mierda mi corazón. Las semanas y los meses me convencieron de que Ella ya no iba a regresar.

Ese año fue muy interesante. Aprendí que me gustaban las chicas guapas e intelectuales. Aprendí que puedo gustarle a ellas. Que las tareas son irrelevantes. Y que hay que confesar a tiempo las cosas del corazón.

+ + +

Recibe más artículos sobre desarrollo personal.

Sígueme en: facebook.com/fabianolivosautor