QUISIERA EXPLICARME

No juegues con los sentimientos de los demás.

Fabián Olivos
Aug 9, 2017 · 4 min read

Eran las tres de la mañana:
-Tengo que llegar a mi casa.
-¿Qué? ¿Ya viste la hora?

Ella me echó esa mirada que ya conocía. No había nada qué hacer. Ella tenía que irse en ese momento.
Me levanté y comencé a vestirme; más como un gesto cordial y de caballerosidad. Sinceramente quería darle las llaves y decirle adiós. Salimos del cuarto. Ella tenía ese rostro tan inexpresivo. Esa mirada tan opaca pero llena de esperanza. Se veía tan viva, tan aburrida, tan desilusionada, tan deprimida… No me importaba. Yo quería seguir durmiendo. Estaba el loco con su loca.

-Ramiro ¿Me prestas el coche?
Su respuesta fue apuntar con su dedo, aún dormido, hacia la mesa. ¡Eso era un sí!
Encendí el auto y anduvimos hacia su casa. Puse la radio. Subí el volumen. Prendí un cigarro. Luego otro y otro. Ella me miraba de reojo, aún contenta. De repente le preguntaba cosas sin sentido para evitar que ella comenzara a preguntarme a mí: Que si ahora el frío estaba más cabrón. Que si había visto pasar la lechuza por el cielo. Que si era una buena rola la que sonaba. Que si la nube tenía forma de cheto.

Llegamos. Agradeció. Dije “de nada”. Se acercó para besarme… Coloqué la mejilla.
-¿Nos vemos luego?
Y ahí estaba yo. Repitiendo la misma puta frase enlatada de siempre. Aburrido. Vacío. Insensible.
-¡Claro! Ahí luego quedamos por Facebook, ves que no tengo celular.
-¿Sabes? Quizás lo mejor sería terminar. Dejarlo así.
-¿Eso quieres?
-Sí. Comienzo a aburrirme. Ya siempre hacemos lo mismo. y siento que estoy contigo por pura costumbre. Y eso es feo, para ambos.
-Claro. está bien.

Nunca la volví a ver. Ni a llamarle. Nunca le mandé mensaje. Y para ser sincero, nunca volví a pensar en Ella. Había sido la despedida de dos personas que se estimaban más fría y sin importancia del mundo. Y, siendo franco, fue cruda pero sin mentiras. Tonta, pero madura. Estábamos saliendo de los brazos de otras personas para caer ahora en nosotros. Habíamos desaparecido juntos del mundo y entramos a una cueva. Nos utilizamos… para desahogar nuestro instinto.

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Antes de Ella, me encontraba saliendo de mi última gran ruptura. Ya saben: El sueño de toda mi vida. La persona ideal, la media naranja, los dramas… lo que crees a los veinte años que es el amor. Y es que puede que fuésemos demasiado jóvenes o fue culpa de esa constante sensación de que si encuentras a la mujer de tu vida con veinte años, lo mejor es huir.

Y realmente quisiera explicarlo. Pero cuando trato de hacerlo se torna casi imposible.
Lo intentamos dos veces. La primera ocasión fue algo puro. Real pero intangible. Tras una serie de mal entendidos, tuvimos que separarnos. Esa “primera vez” fue difícil. Conocí alcohol, muchas drogas y muchas mujeres. Me percaté que no era necesario comportarte como Sir Lancelot para llevar a una chica linda a la cama; cosa que llevaba practicando desde siempre. Si quieres cerciorar, pregunta a esa chica que alcanzó a salir con Fabián, el victoriano romántico. Te lo juro: ¡Cursi, cursi!

Después de un tiempo, regresamos. Y ¡Oh, hermanos míos! No sé cómo empezar a explicar esa segunda ocasión. Era un jardín con flores bellas, que se fue llenando de hierba cuando otras faldas se meneaban y me hacían ojitos.
Y ahí me tienes con veintitantos años creyendo que no podría desnudar un cuerpo diferente. Mi mejor amigo, el más mujeriego se había reivindicado y seguía el camino de la monogamia. Traté de seguir sus pasos y los de otros grandes hombres que mantienen el instinto encerrado, bebiendo cerveza en el billar. Pero la piel. La piel me pedía delirio y yo estaba dispuesto morir joven con ella.

Esa segunda ocasión cambié los sueños por placer. Tenía ya un par de años conociendo a la Segunda. Caí en labios ajenos, engañándome que no lo eran y que podía regresar cuando yo quisiera. Siempre hay camino de vuelta. ¡Ja, ojalá!
Me tocó jugar a los dos Fabianes. Me sentía experto en las artes amatorias. Apagando sentimiento con sentimiento, sin poder decir NO en ningún momento. Era un hombre fragmentado en dos: Pidiendo seguridad de un lado y fuego por el otro.

Veintitantos años. No le pregunté a mi cerebro qué hacer. Pero sí bajé a mi cabeza, pero no hubo cabeza que pensara bien las cosas. De vez en cuando me preguntaba si lo mejor era regresar a ser lo que era antes. Al plácido lugar sin sobresaltos y mariposas. En la seguridad del calor de sus brazos.

Me decanté por el lado del fuego y la pasión.
Fue así como Ella y yo comenzamos a jugar el juego del disparejo, con la duda siempre pegada a los ojos. Ella dudaba por lo que yo había hecho y yo dudaba por lo que ella había sido. Fue un amor tan ambiguo, que tenía tiempos de todo pero ciclos de nada.
Nunca lo pudimos cerrar, y ambos nos quedamos como el perro de las dos tortas. Pero esa historia ya la sabes

Quisiera explicar por qué me encuentro solo ahora, no con mis palabras. Sino con la cita que me ha hecho escribir toda esta mierda:
“Lo más jodido de todo esto es no saber qué sucedería si volviera a sentir lo mismo y tuviera que escoger entre el cuerpo al que amo y el cuerpo que me hace arder. No sé, no lo tengo claro.”

Es verdad. A veces no quieres aprender la lección. Y yo tampoco lo tengo claro.

* * *

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Fabián Olivos

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