Fabian Pozo
Nov 8 · 4 min read

Muros mentales

El muro de Berlín cayó hace 30 años, en 1989, poniendo un simbólico fin a la guerra ideológica y geopolítica que se ha denominado ‘guerra fría’. Del lado de los defensores del mundo libre llegó a creerse que ese triunfo de las democracias liberales sobre el totalitarismo comunista marcaba el fin de la historia.

Sin embargo, el totalitarismo comunista se replegó en las Universidades, en el movimiento ecologista, el indigenismo supremacista, los rezagos del movimiento obrero y algunas ramas del movimiento feminista-LGBTI.

Mientras los defensores del mundo libre relajaron defensas y enfocaron su activismo en lo económico, los promotores del totalitarismo comunista continuaron trabajando en silencio. Desde entonces, han construido nuevos marcos teóricos en los que camuflan sus postulados.

La estrategia es siempre la misma: en toda relación en la que exista una asimetría de cualquier tipo, invocar la existencia de una ‘hegemonía’ reduciendo así toda situación a un conflicto binario (empresario/obrero, hombres/ mujeres, hetero/LGBTI, mestizo/indígena, profesor/estudiante) producto del ‘sistema’ y su ‘desigualdad’, sin que importen los datos ni los resultados, solamente importa estar del lado del que es aparentemente más débil, pues parece ser lo justo.

No importan los resultados, ni la pobreza ni alcanzar un futuro mejor. ‘Protestemos hasta que sean igual de pobres que nosotros’ decían en las huelgas de Octubre en Ecuador.

A la vez, si alguien se anima a contradecir, se anula al interlocutor apelando a su condición ‘hegemónica’ y no al argumento. Así, todo contradictor adolece de ‘falta de empatía’, ‘argumenta desde el privilegio’, hace ‘mansplaining’, o es ‘racista’. No se discute entonces sobre el argumento sino sobre el ‘standing’ del interlocutor, anulándolo por antipatía.

De esta forma se ha alcanzado lo que el neo marxista Gramci llamaba ‘el control de las superestructuras’: educación, medios de comunicación, instrumentos estatales de justicia.

Es en estos ejes de relación entre sociedad civil y sociedad política donde el neomarxismo post-muro centró sus esfuerzos.

Hoy la educación pública y los medios de comunicación son las mayores cámaras de eco de estos postulados, mientras que sus contradictores tienen pocos espacios y son tachados fácilmente de extremistas. Ejemplo: basta que una persona vaya a misa los domingos, se case y tenga hijos para ser tachada de ‘ultracatolica’, ‘facha’ o ‘curuchupa’. Otro ejemplo: decir que los indígenas deben responder por los delitos cometidos es suficiente para ser tildado de racista.

Son también algunas instituciones estatales los principales instrumentos de promoción de los nuevos totalitarismos. El rol de la Defensoría del pueblo y algunas organizaciones de ‘Derechos Humanos’ se percibe por algunos como de defensa de los delincuentes mientras guardan silencio sobre las afectaciones al ciudadano común y sus bienes. En especial, varias ONG operan articuladamente a nivel internacional, financiadas por ‘grants’ y becas de verdaderas transnacionales politicas.

Estamos entonces frente a la construcción de nuevos muros, muros mentales, que han encarcelado con barrotes ideológicos a la dirigencia de varios movimientos sociales, y amenazan con encerrar al resto de la sociedad tras ladrillos de corrección política.

Son también muros mentales los viejos dogmas y recetas económicas revanchistas (que no han dado resultado jamás) los que estos totalitarismos camuflados promueven: más impuestos, más burocracia, más tramitología. Para muestra un botón: En nada difiere el manifiesto comunista del programa económico de la CONAIE, o del Plan de Gobierno de Nicolas Maduro.

Los líderes de estos movimientos son incapaces de observar las evidencias del fracaso de estas ideas, pues los cimientos ideológicos de sus muros mentales son hondos y sus paredes tan altas que les impiden ver todos datos y evidencias que los han venido refutando desde 1917. Se trata de un verdadero sesgo cognitivo: quienes viven detrás del muro mental totalitario, solamente observan lo que valide sus convicciones.

En fin, romper estos nuevos muros que amenazan a las sociedades (medianamente) libres es la tarea de quienes creemos en la libertad individual como la única forma de convivencia civilizada y ética.

Pero para ello también debemos hacer un mea culpa y recordar que quienes vencieron al Muro de Berlín: Tatcher, Reagan, Juan Pablo II, lo hicieron no porque el sistema capitalista y la democracia liberal sean económicamente mejores (que lo son), sino porque son éticamente superiores y moralmente correctos. Como dijo Reagan: «Este muro caerá. Porque el muro no puede resistir a la fe; no puede resistir a la verdad. El muro no puede resistir a la libertad».

El Muro de Berlín cayó no porque la economía sovietica se desmoronaba (por su propia naturaleza socialista) sino porque -aún en su apogeo- las personas no dejaron de creer que tienen derecho a ser libres, a pensar por su propia cuenta, a ser propietarios de su trabajo y de sus frutos, y a que sus hijos tengan un futuro mejor gracias a ese esfuerzo.

Esos derechos naturales que preexisten a los Estados son la fuerza motor última de los defensores del mundo libre. Nos conviene entonces utilizar las mismas herramientas que Reagan, Tatcher y Juan Pablo II: recordar y recordarle al mundo que el libre mercado y la democracia liberal encarnan lo correcto, lo humanista, lo verdaderamente justo, y no solo lo eficiente. Que estas ideas se expongan libremente y sin tapujos en los medios, la educación, y todo el tejido social. Sin relativismos. Las raíces están presentes, especialmente en nuestros países occidentales.

El ciudadano común es más liberal de lo que creen los sociólogos filomarxistas y ciertos dirigentes alienados. Las bases, los verdaderos indígenas y campesinos, los estudiantes, los trabajadores, quieren trabajo y prosperidad, desean y tienen derecho a la modernidad, a dejar de ser tratados como museos antropológicos vivientes de un experimento socialista dirigido desde Cuba.

Es deber de todos quienes creemos en un mundo libre y próspero, recordarle al mundo que la defensa de la democracia liberal y el libre mercado va más allá de la economía y de la eficiencia.

Los muros mentales se tumban con herramientas mentales.

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