El click de sol

La excusa era el eclipse. Pero la verdad es que nuestra decisión se asociaba con propósitos auténticamente subversivos: para 3 maes que se acercan peligrosamente a los 40, el hecho de derrochar un lunes en la montaña, en definitiva, constituye un acto de rebeldía infinitamente superior a usar camisa del Che durante las marchas contra El Combo.
Nos vimos en el Freshmarket que está cerca de mi casa. Compramos cosas para comer y beber y tomamos un taxi hasta la Ciudad de Los Niños.
A las 10:25 empezamos el ascenso hacia Navarrito. Pasamos esa ladrillera que cuestiona nuestras ideas sobre la carbono neutralidad y subimos por la cuesta que conduce hasta un raro hotel que, según dicen, pertenece a un iraní.
Decir que estaba caliente sería pecar de omiso. En realidad era un infierno. Por eso, cada parche de sombra que nos prodigaban los árboles al lado del camino era tan apreciado como un cruce de miradas con la mae rica del cole.
Hicimos una primera parada para beber agua y Cartago, como un reguero de cosas incomprensibles, se explayaba a nuestras espaldas.
Luego unos pinos.
El camino de lastre desnudo.
Botaderos de basura en los guindos.
Y un tajo donde yo solía ir a recolectar barro de olla: era el recuerdo de una infancia colmada de modelos de volcanes en cuyo cráter siempre había una flama azulada de azufre; era el recuerdo de mi abuelo.
Después, el inconfundible aroma a chanchera anunció la casa de “Los Cacariola”, una familia de dudosos hábitos de aseo que ha habitado esa zona desde mediados de siglo XX. Cuentan que en el 2003 “Los Cacariola” optaron por diversificar sus negocios. Montaron un burdel subrepticio que, muy a pesar de los adulteros de Aguacaliente, duró poco menos de 2 meses. Al parecer, todo se fue al traste luego de que el cura, que encabezaba una manifestación de ciudadanos ilustres, lanzara acres maldiciones contra la dichosa familia.
Una cosa es cierta: tomando en cuenta el calor y el diferencial de altitud que debe sortearse para llegar hasta la casa de “Los Cacariola”, cabe suponer que el cura y los feligreses tenían un férreo compromiso contra la concupiscencia.
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Tomamos el camino de la derecha, el que sube por la casa que embargó el Banco Crédito en los años 80. Pasamos la propiedad de Arturo, el misceláneo de la Muni que invirtió el dinero de su liquidación y pensión en una vida sin triunfos pero digna. Luego, la finca donde había un pozo que nunca fue capaz de proveer agua a los cultivos. Otra cuesta. Una curva cerrada. Y el viejo trillo que yo transitaba cuando iba a cazar conejos con mi papá y mi abuelo.
A sur se desplegaba una sucesión de pliegues boscosos que, más que orogenia, eran adjetivos. En la cresta de las montañas yo podía intuir el camino que va del Chiquizá (en la carretera Interamericana) a Navarro. Al sureste, la encrucijada de hondonadas y selvas que flanquea el Valle de Orosi. Y al este, en lontananza, la sospechosa planicie de Las Mesas y el borde del Caribe.

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- Maes, ahí en esa montaña, por las torres, hay una piedra. Antes podía verse desde acá. Lo que pasa es que ahora se tupió de bosque
Alguna gente decía que La Piedra era semejante a un iceberg; que sus 5 metros de altura eran nada comparados con sus raíces de más de 20 metros; que los indios la veneraban; que constituía una advertencia de tigres y coyotes; que alguien en sus alrededores una vez detectó perturbaciones en el campo magnético; que era un indicio de pirámides prehispánicas.
La verdad es que no existen registros de poblaciones indígenas en esa zona. Mucho menos de cosas tan absurdas como pirámides o perturbaciones del campo magnético. En las inmediaciones de La Piedra solamente había guatusas: un roedor diurno, muy semejante al tepezcuinte, que se caracteriza por huir de los perros de forma circular y por marcar su trayecto con un par de glándulas invertidas que tienen en el perineo. A pesar de que su carne, según dicen, es semejante a la del tepezcuinte, los cazadores sienten un profundo desprecio por las guatusas, ya que la secreción de esas glándulas provoca la acumulación de una suerte de humor viscoso en los ojos de los perros.
Poquito antes de las 12 nos instalamos en un sitio donde pudimos ver pavas y pajuilas. También, a lo lejos, escuchábamos el aullido de los congos, como una marea que se deslizaba por las copas de los árboles.
En un parlante sonaba El Equilibrio de Jaguares. Yo descorché un vino y mis amigos abrieron sendas latas de Cuba Libre. Sin duda, nadie diría que estábamos a poco menos de 4 años de nuestro primer examen de próstata.
- Mae, pero podríamos ver la vara en el celular, ¿no?
- Claro, ese es el toque. Le tomamos video o fotos y luego lo vemos.
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Yo no podía creer que bastaban apenas 5 años de la ley que prohíbe la cacería para que nuevamente fuera posible ver pavas y oír congos en ese lugar. Yo no podía creer que el camino por donde antes pasaba el Land Rover de mi papá, ahora fuera solo un trillo con ganado cimarrón, pajuilas y, probablemente, loras venenosas.
Pero bastaba recordar que apenas tras unas décadas del peor accidente nuclear de la historia, los lobos, alces y jabalíes volvieron a recorrer las inmediaciones de Chernobyl. Incluso hay investigadores que hablan de la reaparición de bisontes y linces. La llamada “zona muerta” consiste en 30 km alrededor del accidente de la planta nuclear, en los cuales está prohibida toda actividad humana. No se produjo ningún declive en la población de mamíferos desde la constitución de dicha zona. Es más, comadrejas, ratones y musarañas mantuvieron su presencia a pesar la radiación.
Todo esto, sin más, nos confirma que los humanos somos un asco.
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Mi amigo Manuel, de repente, hizo el mismo gesto que hace Jimmy Hendrix con la guitarra en la espalda. La diferencia: en lugar de una Stratocaster, él tenía un Samsung Galaxy. Luis Arturo, mi otro amigo, le dijo: “¡mae! pero hacete más para allá”. Y el resultado fue una pésima fotografía con una chorcha luminosa donde se suponía que estaría la imagen del eclipse.
Lo intentamos de nuevo. Bajamos el ajuste de brightness. Nos cambiamos de lugar. Y aun así solo captamos la insolencia del mediodía tropical.
No creemos en lo trascendente.
No creemos en lo invisible.
Solo creemos en nuestros ojos.
No creemos en los relatos que se sustraen de la mirada. Siempre queremos ser testigos de vista. Por eso, como dice Boris Groys, vivimos en un mundo donde los medios visuales triunfan sobre el lenguaje.

