Un 26 de agosto…

Pasé en el bus hacia el trabajo y recordé una actividad en la cual participé hace muchos años. Era una siembra de árboles en La Sabana. Fue duro. Cavar un espacio grande, al menos un metro de profundidad, para mover un árbol de unos dos metros de estatura de su maceta al hueco que yo le hice. Fue lindísimo.

Cuando terminamos yo quise hacer de ese árbol algo único, algo especial, mío. Entonces a una de las delgadas ramitas le dejé un pedacito de tela amarrado, a manera de pulsera, que claramente le quedaba enorme, pero cuando el árbol creciera pues le iba a ir quedando mejor.

Yo creí que con el paso del tiempo ir viendo crecer a mi árbol iba a ser lo máximo. Siempre iba a poder ir a ese parque y verlo todo crecido con su pulserita. Mi árbol especial dando oxígeno, sombra y refugio a tantas personas y animalitos. Creo que hasta un nombre le puse, no lo recuerdo.

Yo no entendía, a ese silencioso árbol le estaba haciendo un daño enorme. Entonces contacté a mi amigo Elías para preguntarle qué pasaba si uno le ponía un accesorio como ese a un árbol. Él me explicó que es como ponerle una horca. Uno no sabe si el árbol va a crecer más ancho que la pulsera y entonces, si la pulsera no cede y el crecimiento se detiene, ese árbol puede quedar inhabilitado para dar sombra, refugio y oxígeno.

Algo similar he hecho con vos. Te puse una soga al cuello pensando que si me apropiaba de vos, te iba a hacer especial, que te iba a hacer mía y que mientras crecieras y fueras tan super mujer, yo podría verte y saber que eras mía. Mi creación, mi objeto.

Ahí ya solo te quedaron dos opciones: o te deformabas e interrumpías tu crecimiento, o te hacías fuerte y crecías rompiendo la pulserita; te dejaba la marca, sí, pero no dejabas de crecer, porque ningún árbol es de nadie y ponerle una pulsera a algo que está destinado a crecer no hace más que limitar y herir. Yo a vos te herí.

Como pasó en esta ocasión, el árbol estaba destinado a crecer, no se dejó destruir, rompió el lazo que yo le impuse y siguió creciendo sin mí. Me rompe el corazón saberlo tan tarde, entenderlo tan tarde, porque yo hubiera querido ver a mi árbol crecer, y hubiera sido mío con solo saberlo y amarlo, sin ponerle adornos y sin poseerlo, solo amándolo y dejándolo ser. Me contamina el dolor un día como hoy. No hay sensación más espantosa que despertarme todos los días lejos del aire fresco. Nada en mi mundo se compara a estar a tu ladito, nada se le acerca. Tengo mucho que aprender. Tenías razón, cuando me dijiste que yo no sé amar sin desperdiciar todo lo que toco. Ojalá las cosas fueran diferentes. El día de hoy nunca se me va a olvidar.


Cuento corto #19: “Un 26 de agosto: carta a un árbol”.

Dedicado a todas esas personas que han aprendido algo demasiado tarde.