Monólogo sobre un hombre único

“Escucho los discursos de los políticos y me parece estar escuchando un disco rayado. Por eso me pregunto: ¿no será que de escuchar siempre el mismo disco los argentinos nos estamos rayando?”, con esa pregunta y en medio de una catarata de risotadas en el estudio, un hombre con atuendo singular abre su programa.

Vestido de frac negro, una peluca desajustada con un par de anteojos de marco grueso, montado en patines y sosteniendo un habano, el conductor comienza un hilarante monólogo de la realidad política nacional. Es Tato Bores el hombre que hipnotiza desde un archivo digital en internet, sobre una emisión de principios de la década del 90.

El Actor Cómico de La Nación, como se bautizó a sí mismo, habla de manera atropellada y con ademanes le pone elocuencia a su filosa crítica hacia los políticos y la manera de ser de los argentinos.

Desde la mediados de los 50 el hombre nacido como Mauricio Rajmín Borensztein venía marcando generaciones y dejando huella en la TV vernácula. “Supo utilizar su inteligencia para construir un personaje que decía lo que nadie se animaba a expresar, ensamblando su viveza con la crítica dura”, describe para La Nación la periodista Paula Martin, en el décimo aniversario de su muerte ocurrida el 11 de enero de 1996.

Nacido en Buenos Aires, el 27 de abril de 1927, en el seno de una familia judía de clase media, tal como lo consigna su biografía Tato (de Carlos Ulanovsky, en 2010), siempre demostró un escaso interés por los estudios, lo que lo llevó a ser expulsado de la primaria en Escuela Julio A. Roca. Ya con sólo 15 años decidió abandonar para siempre el colegio para ir en busca de su vocación artística.

Luego de sus intentos por convertirse en un músico de jazz y sus comienzos haciendo humor judío en la radio, le llegó su gran oportunidad en Radio Splendid y no se detuvo más. En sus múltiples facetas, además de radio participó en cine y teatro pero fue en la pantalla chica donde conquistó al público con su fina ironía.

Aunque, fuera del set del canal no derrochaba humor, remarcaba que por encima de todo él era un actor. “Malhumorado, chinchudo, siempre preocupado por todo. Eso era él. Lo preocupaba todo, la situación política, social, su trabajo. Se relajaba en cierta medida, pero igual él tenía siempre su carácter, su temperamento”, lo recordaba su esposa Berta Szpindler (a quién hizo personaje en sus monólogos) en la única nota que dio en su vida, para Página 12, el 19 de julio de 2002.

Menos aún, aprobaba que se consultara de la conyuntura política: “No me pregunten de política. Mis opiniones no le importan a nadie, si no llego a estar en la televisión se van a olvidar de mí a la semana siguiente, lo que importa es lo que hago”, eran sus rabietas ante los periodistas según reseña el periodista y crítico Ulanovsky.

Fue en la ficción, donde Tato supo unir humor y política y hacerlas inseparables. Allí, donde por teléfono fingía hablar con el presidente de turno, sin importar quien fuese, dando a la trágica o muchas veces absurda realidad nacional un giro cómico, para así hacerla quizá algo más aceptable. Porque como él decía: “Ser argentino mucho tiempo seguido es muy difícil”

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