Terror de teatro
El circuito independiente atraviesa su peor momento en mucho tiempo. Por tarifazos, suba de alquileres, falta de habilitaciones y merma de público se cerraron varias salas y muchas más corren peligro.

Detrás de la gran puerta de chapa gris hay un largo galpón que está en la absoluta oscuridad. Ya no se escucha música ni las risotadas de los niños que acudían al taller de actuación infantil. Menos aún se observan las piruetas que hacían los más de 200 alumnos de acrobacia. Solo quedan las 80 butacas que en las penumbras parece un cementerio de lápidas, como la escenografía de una obra de terror.
La Nave, ese teatro referencial del circuito independiente, bajó el telón definitivamente y ya nadie concurre ni para reír, reflexionar o entretenerse. Ubicado en pleno corazón de Almagro, cerró sus puertas el año pasado ahogado por los aumentos de alquiler, servicios y la baja exponencial de público. Este combo fue un mazazo para las salas que albergan experiencias artísticas alternativas, donde todo se hace a pulmón y lejos están de las luces de calle Corrientes.
La actual crisis del teatro porteño es la peor que se recuerde desde el 2001, según la conclusión de los representantes de la escena under o también llamada off. Los testimonios son coincidentes, la problemática comenzó con la falta de habilitaciones desde 2013, siguió el año pasado con los tarifazos y ahora se profundizó con la suba de alquileres y merma de asistentes.
La mayoría de estos espacios recibieron hasta 500% de aumento en luz y también sufrieron el incremento indiscriminado de agua, ya que se cobra por m2 pero casi no la utilizan.
“Si esta situación sigue así, sin control del Estado, van a desaparecer muchas salas. Es la peor época en mucho tiempo”, se indigna Martín Ortíz, dramaturgo y docente. Es uno de los propietarios de El Crisol, otro lugar que anunció su fin y fue rescatado milagrosamente por un subsidio de último momento.
No corrió la misma suerte el Café Müller, aquel espacio de danza en Villa Crespo que creció vertiginosamente y llegó a tener reconocimiento nacional e internacional. Detrás de esa persiana baja y con un gran graffiti, hay un salón gigantesco con un piso parquet de lujo, donde hoy ya nadie pisa ni practica pasos o saltos.
Tampoco vive El Duende, renombrada escuela de actores, cuyo dueño y emblemática figura teatral, Agustín Alesso, se cansó de las exigencias, durante 10 años, de la Ciudad para habilitarlo y decidió él mismo su clausura.
Desde la voz oficial de ARTEI (Asociación Argentina de Teatro Independiente, que agrupa a 90 salas) presagian que el panorama es negro. “Frente a la suba de tarifas y la coyuntura recesiva hay riesgo de que cierran más teatros”, expresa Alejandra Carpinetti miembro de la comisión directiva y productora del espacio Carpintería, en el Abasto, cuya boleta de electricidad pasó de $1.200 a $ 7.500. Cifra leve, si se la compara, por ejemplo, con los $25.000 que recibió Timbre 4, otro recinto del círculo alternativo.
ARTEI actualmente está peleando ante los ministerios de Cultura y Energía por una tarifa diferenciada en los servicios. En el caso de la electricidad las salas no pueden vivir sin ese insumo ya que su actividad se desarrolla fundamentalmente de noche, momento en el que el kilowatt tiene un costo mayor que durante el día.
Aunque la polémica actualización del cuadro tarifario afecta al teatro en general, para el independiente es prácticamente mortal porque casi no produce ganancias y el costo no se puede volcar al espectador. Según los referentes del ambiente hay aproximadamente entre un 30 o 40% menos de recaudación en taquilla, con promociones incluidas, y subir la entrada sería precipitar bajar las obras en cartel. “Ante la recesión lo primero que se recorta es esta clase de esparcimiento”, expresa Carpinetti.
El otro punto crítico es la inflación galopante que se palpa en los alquileres. Debido al aumento del 100% para la renovación, con 30% de ajuste al año, que le pidieron a El Crisol es que optaron por tirar la toalla hasta que fue auxiliado por el Instituto Nacional del Teatro.
Chance que no tuvo La Nave que acumuló 4 meses impagos hasta que no aguantó más, si hasta vendió consolas, luces, sillas para saldar parte de la deuda. “Ahora voy a algunos teatros y las veo. Tuve que sacar un crédito de 100 mil pesos por la deuda, y lo pagaré por mucho tiempo”, relata con dolor José Arrué, uno de los dueños, actor y profesor de acrobacia.
A todo esto, se suma la negativa de otorgar habilitaciones por parte del gobierno porteño. Desde la Agencia Gubernamental de Control no hubo una respuesta concreta al ser consultada del porqué desde hace cuatro años sólo se dan permisos provisorios. “(…) La habilitación definitiva es un trámite riguroso y complejo que debe cumplirse por pasos y demanda un tiempo acorde a sus exigencias (…)”, se limitó a argumentar, vía mail, esa dependencia pública ante el requerimiento para aclarar la situación.
Más aún, en 2010 se creó la “Unidad de Proyectos Especiales (UPE) de Espacios Culturales“, justamente para agilizar los trámites de lugares como los teatros y sin embargo estuvo cerrada los dos últimos años, sin una explicación puntual. Recientemente reabrió ante la asunción del nuevo ministro de área, Angel Mahler.
“Es un tema netamente político, la mayoría de los teatros no son de riesgo ni para los actores ni para los asistentes, se cumplen con todas las normas y sólo te dan la provisoria”, precisa Carpinetti.
Buenos Aires históricamente fue una verdadera meca teatral, actualmente se ubica en el tercer lugar, detrás de New York y París, entre las ciudades con más salas del mundo. La mayoría de ellas son del círculo independiente que siendo el más vulnerable ante las reiteradas crisis siempre se caracterizó por su lucha y supervivencia. Es por eso que, ante la pesadumbre, las voces del entorno consultadas no piensan en bajar la guardia. Explican que ese ámbito es como un modo de vivir, una resistencia del arte, y siguen trabajando en la producción de nuevas obras.
Por Fabio Cavaliere (Leg.27999/6)
